Las
cosas sucedieron más o menos así. Con muchos mensajitos por una red social nos
conocimos virtualmente. Siguieron más y más mensajitos que no terminaban nunca hasta que un día se
cansó de esperar a que yo la invitara a conocernos personalmente y se vino a la
ciudad. Aclaro que ella vive en Villa Lu… Bueno no me acuerdo bien, pero para mí queda muy lejos. Después me explicó por qué tomaba esa decisión de venirse a las luces
del centro; me lo dijo de una, sin vueltas y de esta manera coloquial: “Si yo
no tomaba la iniciativa vos seguirías poniendo excusas y rehuyendo la situación”.
Tenía razón, si fuera por mí nunca hubiera llegado a escribir esto. La cuestión
es que me puso la soga al cuello y no tuve más remedio que conocerla. La vi
aquella tarde a finales del último Septiembre entrando al café de Corrientes y
Talcahuano en el que me dijo que la esperara y, listo, ya está, qué bueno que
vine, me dije. Y le dije, mientras ella no paraba de hablar y hablar, ¿cenarías
conmigo?
Unos
días después cenamos en un restaurant de la calle Juncal, allí en el barrio de
Recoleta donde todo estuvo muy bueno: la comida, el vinito que nos tomamos, la
charla y…, muy bueno estuvo también lo que hicimos después; debo decir que fue
algo que yo nunca me hubiera atrevido a hacer o nunca lo había hecho en un
lugar público, con comensales cenando y charlando animadamente, mozos que iban
y venían con manjares rociados con un buen vino y un cajero que nos miraba
estupefacto. Me invitó a que me sentara a su lado y me comió a besos. Literal. Digamos
que nos comimos a besos. Después de todo era en un restaurant con un buen
servicio; pero esto fue auto service. Qué papelón. Gente grande.
Así
empezamos. Porque ella no pierde el tiempo, y no es que sea una mujer que de
pronto se le ocurra algo y enseguida quiera saber cómo es el tema…, este, bueno,
para qué les voy a mentir, un poquito sí…, o mucho sí. Dice por ejemplo, voy a
hacer esto y va y lo hace al toque. Dice, me voy de viaje y va ¡y se va! (Desde
que la conozco ya se fue tres veces). Por eso hoy, con ella del otro lado del
mundo, rodeada de gente con ojos rasgados, escribo este relato para que todos
ustedes sepan cómo la conocí. Porque un día vino a la ciudad y yo estaba acá.
Estaba más tranquilo que agua de tanque y ella hizo que en ese tanque se
formaran olas de tres metros de altura.
Hola,
me dijo aquella tarde en la que la conocí, ¿hace mucho que esperás? No sé, le
dije, tenía la mente en blanco, pero ahora empiezo a pensar que perdí el
tiempo, esto debió ocurrir antes. ¿Dónde era que vivís?
No
es todo color de rosa como en las películas, no, no vayan a creer, una vez nos
peleamos tan mal que yo me asusté. Conocí la furia cara a cara. Con mi mano
derecha, que sé usar en algunas circunstancias, fui a mi casa con la cola entre
las patas y la dibujé. Me salió bien la idea y con eso compré mi perdón. Menos
mal porque su caracter de origen siciliano a veces me da cada sobresaltos que
ni les cuento.
El
tema por ahora sigue. Uno nunca sabe hasta cuándo pero sigue. Con pasión de
todo tipo, no escatimamos ningún esfuerzo. Si dejara de seguir les prometo que
lo escribo también. Qué le vamos a hacer, las cosas son así en la viña del Señor
(frase que en algún lado escuché). Ocurrió cuando el destino lo dispuso (esto
también alguien ya lo había dicho). O pensándolo bien, y esto sí que fue por su
ocurrencia, pasó porque ella vino a la ciudad.