lunes, 13 de diciembre de 2010

El renacer.

Estoy en el cielo. Toco con mis manos las nubes. Desaparezco en ellas. Me oculto de mis enemigos y de las mujeres que he besado porque a una sola amé. Pero no es mi época. Las paredes que me rodean son de toda mi vida. La vida que viví y que vivo ahora, que no es mi hoy. Los muros están tal cual los he dejado. Bañados por el sudor de las nubes que siempre están tapando el sol que también está. La gente no es la misma, son extraños, me miran con temor, como si les fuera a hacer daño. Las mujeres no suspiran por mí. Se alejan. Si las miro a los ojos bajan la vista y huyen. No me gusta este tiempo. Quiero volver.

Allí adentro está mi tumba, dicen los extraños que la visitan; lo escucho de bocas que hablan distinto a mi; igual los entiendo. Qué ha pasado, mi Dios de las alturas, qué aberración cometió el tiempo para que usen ese irrespetuoso lenguaje. Allí, detrás de esos muros está mi reina en su ataúd. Como la dejé; yo a su lado, como lo ordené. Estamos acostados uno al lado del otro con los ojos cerrados durmiendo un sueño en paz, que no será eterno. Mi espada en mis manos sobre mi cuerpo tendido, siempre lista para luchar en las tinieblas si fuera necesario defender a la mujer más hermosa que ha existido y que sólo a este rey ha amado. Mi fiel perro guardián a nuestros pies, con los ojos bien abiertos cuidando atento nuestra supuesta eternidad.

Por qué si estoy aquí viéndolo todo, hoy, en este tiempo que no me agrada, ella no está a mi lado, observando lo que yo veo. Alentándome en mi guerra contra la Francia, como siempre lo ha hecho. Curando mis heridas después de cada campaña de meses, años. Amándome intensamente hasta agotar mis fuerzas. Reponiendo mis flaquezas con alimentos a mi alma. Veo en cada mujer que baja la vista ante mí, que ninguna se le parece, ninguna la iguala. Soy el rey, señoras, el rey de esta nación que está para servirme y yo para serviros. Acaso no lo entienden. No, no lo entienden. Yo tampoco. Mi vestimenta son harapos que no me puedo quitar para no mostrar mi desnudez. Qué puedo hacer para vestirme como lo que soy y que nunca dejé de ser.

Ahí está otra vez esa florista que no me teme. Me observa con una sonrisa, siempre. Me acercaré para verla mejor. ¡Mi Señor! Esos ojos oscuros ya los he visto, me han mirado con amor en aquél tiempo que no es este. Señora, que huele a sus flores con miles de colores, usted me conoce. Sabe de mis penas, mis sinsabores y mis dolores. Acaso mi ropa hecha jirones no la asustan ni a usted ni a sus flores. Temo se marchiten con mi aliento de siglos, quizá deba retirarme de su vista sabia.

No me reconocéis, mi amado Señor. Me dice con su voz que no he podido olvidar. Me lo prometiste, mi rey, en nuestro lecho de amor: Te reconoceré en otra vida mi amada Señora, me decías, y soy yo quien debo recordártelo. ¡Por las barbas que me asisten! Si es ella y no tengo perdón. Me inclino ante ti, mujer de ojos pardos, ridículo me siento con ropa de harapos. Es la mejor que podéis vestir, me dice mi reina, no está tu pueblo para venerarte, pero sí estoy yo para siempre adorarte.

Este tiempo es otro, no importa el pasado, no cuenta el futuro, sino este presente. Viviremos amándonos, sin espadas ni lujos, sin guerras absurdas, con reverencias si así lo queremos. Con flores que comprarán nuestro alimento. Serás mi reina como siempre lo fuiste. Seré tu Señor como tú lo sentiste. Y cuando llegue el momento de nuestro descanso, detrás de esos muros está nuestro lecho. Quién sabe, mi Señora, cuándo será el próximo renacimiento. Sea cuál fuere el siglo que venga, tenemos un pacto que nunca olvidaremos y siempre cumpliremos: en todos los tiempos seremos, amantes eternos.

domingo, 28 de noviembre de 2010

Balcones soñados.

Su Excelencia:

En cada uno de los balcones de mi pueblo, he tenido un amor distinto, único. Caminar estas callecitas angostas y serpenteantes ha sido a lo largo de mi vida como recorrer el mundo. En cada balcón he dejado una flor y cada flor ha sido testigo de un gran amor. Hoy le escribo a usted y a todas las damas que desde allí me vieron pasar, simplemente porque jamás con ninguna, definitivamente, me quedé. Mi camino de ida y vuelta nunca tuvo un final, sólo un momento, un instante de paz, de pasión y entrega total para luego seguir recorriendo cada callecita soñando con el próximo balcón que habría de visitar. Fui un marino navegando sobre un empedrado de adoquines sin tiempo. Mis velas al viento siempre desplegadas, despertó en cada puerto, un suspiro de admiración que me atrajo tal cual sirenas a Ulises. Para mí, la tentación fue un arrecife que no pude salvar. Con nada me ataría para evitar abordar cada uno de esos balcones de madera antigua, y dejar allí todo el amor que tuve hacia cada una de las bellas mujeres que desde la altura, me llamaban con su canto sensual. Por ellas he vivido y por ellas ya llega mi final.

A veces pienso que la mujer que no me ha tenido en sus brazos no fue afortunada. Se ha perdido de algo que sólo yo le pude dar. Las que si me han tenido, pueden dar fe de ello. No lo digo por vanidad, sino porque ellas se encargaron de decírmelo, y les creo. A todas siempre les creí. Quizá por ingenuo, o por bondad hacia las más bellas criaturas de Dios, y de eso mis ojos se encargan de dar fe. Recuerdo cada instante en sus lechos como si ninguno fuera distinto al otro, pero lo fueron. Cada una de ellas dejó su sello en mi piel, en mis labios, en todo mi ser. Cada mano que me acarició provocó una vibración especial en mis entrañas, en mi mente, en mi corazón. Cada boca que me besó, un sabor inolvidable en mi paladar experto en catar lo suave y lo dulce de toda mujer.

En mi niñez la vi, en ese balcón sin flores, a ella, la que sería mi primer amor. En mi adolescencia recién la amé, en ese mismo lugar, pero con flores que yo mismo le llevé. Fueron los ojos azules más azules que besé. Esas calles sin fin me llevaron de regreso a otros amores, a otros balcones que como islas aparecían ante mi vista que nunca dejó de visualizar el horizonte. Sirenas que me cautivaron sin piedad y a ellas me entregué. Escape una y mil veces de todas, me entregué una y mil veces a todas. La última fue la que no era de este lugar, sino del otro lado del mar. Ojos negros, más negros que el océano. Pura pasión, acento distinto con logros impensados para mí, cautivándome como todas, aunque sé, que como ninguna.

Unas me tuvieron más tiempo que otras, otras me tuvieron el tiempo que yo quise para ellas. Pero todas, en sus balcones rústicos, fueron lo más hermoso que me quedó de esta vida. Esta vida que ya no quiero transitar porque mis pies no dan más. Si no puedo recorrer mis callecitas como siempre lo he hecho, lo haré con mi espíritu. Los balcones no se irán, las almas de las que lo habitaron y habitan tampoco y, a cada una le llevaré una flor trepando hasta sus brazos, hacia sus besos, hacia sus sábanas de seda que otra vez me recibirán.

Sin ya más nada que decir en esta carta que le dejo, Sr. Juez, clavo entonces en este final, un puñal en mi vientre como un samurai que da la vida por su Emperador, dando de esta manera la mía por ellas y por mis balcones soñados.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Mi inocente, Weena.

Weena, los Eloi, los Morlocks, el Viajero y la Máquina del Tiempo: personajes, elementos, vida que enriqueció mis sueños con letras que me hablaron alguna bendita vez. Imaginación que despertó en mi, ilusiones de mundos futuros o de un ayer que no he vivido.

Pienso, existo de aquí en más observando con mis ojos cerrados a esa mujer que he de amar. Dulce, inocente, desprotegida, sin conocer el pasado. Es Weena, tal cual con sus ojos celestes, su vestido rosa, su cabello ondulado y rubio. Es ella que me necesita, que me mira sin temor porque no sabe lo que es el miedo. A mi no me teme y quizá debería. Llego de lejos, de un mundo extraño, convulsionado, agresivo, sin convicciones. Su mundo es el que deseo para compartir con ella todo el amor que tengo para darle. Pero no es el mío.

He cruzado el espacio para estar aquí. Luchando contra monstruos iluminados por el otro lado de la luna. Seres oscuros que trataron de impedir mi llegada a vos. Estoy en este lugar para que confíes en mi corazón abierto que te ha buscado por los siglos y siglos que han quedado atrás, en mi viaje interestelar a través del tiempo. Sólo tienes que amarme y seguirme como lo deseo.

¿Qué dices, Weena de mi alma? ¿Qué no te dejan viajar a mi pasado conmigo? ¿Quiénes? Ah, ya sé, son ellos, los malditos Morlocks que no te quieren perder. Los que no dejarán jamás que expreses tus sentimientos. Ellos que no te dejan crecer para que ames como tu corazón te dice que ames: A mí, tu vida de allá lejos. A mí que he venido de quién sabe dónde a traerte el futuro desde mi pasado violento. Tú que no has nacido en mi mundo, estás frente a mí en este y no te atreves a ir conmigo más atrás de tu nacimiento que alguna vez ocurrirá.

No he llegado hasta aquí para volver solo, no, nadie impedirá que subas a mis sueños y atravieses el espacio infinito hasta mi morada. Te llevaré aunque tenga que matar por ello. Perdóname, mi amor, no debí decir eso, no, saco a relucir la miseria humana que otros me han enseñado y yo he aprendido con dedicación absoluta. Es que no conoces mi mundo. No temas, no soy como todos, tengo al alma llena de amor que a ti te daré porque no quiero regresar con esta carga hacia el pasado que es mi presente.

¿Un Eloi? ¿Existe un Eloi que te pretende? No, no lo permitiré. Tú eres mía, te he soñado en la oscuridad de mi cuarto durante años. Tu piel virgen de manos extrañas será recorrida por mi nada más. Tu desnudez tímida y escondida me pertenece. Te enseñaré a amar como nunca lo has hecho, Weena, mi amor esperado, soñado. Maldito Eloi que me molestas, no lo hagas, vengo de allá lejos y no sabes de lo que soy capaz. Puedo retroceder en el tiempo e impedir que nazcas. Desaparece de mi vista, de la de Weena, o lo hago. Aléjate de nuestras vidas. Te lo ordeno. ¿Me enfrentas? ¿Te atreves? Desaparece.

Weena, sube ya a mis sueños, no pierdas tiempo con quienes no dejan que seas mía. Vamos, te enseñaré mi mundo, aprenderás a respirar en él, te haré feliz, te lo prometo. El tiempo se acaba, se va como el agua entre mis dedos. Ya debo irme porque mi sueño se diluye. Sube por favor, ven, no podré vivir sabiendo que aquí vives, sintiendo que allá no vivo. Me estoy yendo, me esfumo de tu mundo mujer del futuro. No te dejaré aquí. Debo irme, no es este mi lugar. Weena, mi sol, mi amor, mi cielo, no destruyas mis sueños. Te lo suplico. Ven. No me obligues.

Lo siento mujer que ya no serás mía. No deberías nacer nunca. Está escrito en mi mente que con mis manos allá en el futuro y porque así lo querrás, te quitaré la vida. Tu inocente y adorable vida.

lunes, 1 de noviembre de 2010

Carta entre el Viejo y el Nuevo Mundo.

Esta es la tercera y última carta de la historia de amor que comencé con: "Carta desde el Nuevo Mundo" y continué con: "Carta desde el Viejo Mundo". Aquí termina este cuento.


He decidido escribir cada tanto las penurias de este viaje que con mis niñas he emprendido para reencontrarme con mi esposo, en Lima, la Ciudad de los Reyes, en el Nuevo Mundo, gracias a la buena voluntad del Capitán del barco que me ha proporcionado papel, tinta y una pluma. Lo hago porque realmente, este viaje, es de los mil demonios. Ya me había advertido el buen misionero que me trajo noticias de mi esposo: No hagáis semejante travesía con las niñas, os lo ruego, me había dicho. Es tarde, aquí estamos y ya no podemos volver atrás, pero, ¡ostia! que es para morirse este balanceo permanente del barco que me tiene de mal en peor.

A catorce días desde que partimos de España: Es casi de no creer que la única que no siente mareos, ni tiene vómitos desde que nos adentramos en el amplio mar, es la más pequeña de mis niñas. Sí, ella, que siempre ha sido tan delicada de salud, se ríe de nosotras. Mi hija mayor y yo no podemos probar bocado porque enseguida lo lanzamos por la borda. La Peque, como la llamo, va a engordar en este viaje porque come por las tres. Creo que si no fuera mujer, su futuro sería en una goleta para conocer todos los mares del mundo. Mi pequeña más mayor y yo estamos tan pálidas que el capellán del barco se ha preocupado mucho por nosotras. Le he dicho: Usted, sólo haga su trabajo rezando como corresponde, que le aseguro que con eso y la ayuda del Señor, al Nuevo Mundo llegamos como está planeado.

Un mes de sólo ver olas y más olas: Por suerte ya nos hemos acostumbrado un poco con mi hija mayor y podemos comer algo sin que nos haga mal. La más pequeña come menos porque no sobra nada, es mejor, no quiero que llegue rodando a tierra. Tierra, es lo que desearía ver de una vez por todas, aunque el Capitán dice que no nos impacientemos, falta una eternidad todavía para que la divisemos. Mientras, no me gusta como nos miran los marineros, con esos ojos que parecen de fuego por ser mis hijas y yo las únicas mujeres aquí. Qué cosa los hombres, siempre con el deseo a flor de piel. Por suerte el capellán nos cuida bastante y no deja que se acerquen los muy malditos. Me he procurado una daga que llevo todo el tiempo escondida en mi vestido -en realidad se la robé al cocinero- así que al primero que se atreva a tocarnos lo atravieso de lado a lado. Uno me sorprendió hace dos días y me dijo algo horrible acercando su boca tan cerca de mí que pude oler su aliento putrefacto, ¡qué asco, por Dios!

Cincuenta interminables días ya: De tierra ni noticias. El Capitán ha empezado a racionar la comida y el agua. Aunque sabe que esto es largo, no es la primera vez que cruza este ancho mar, me ha dicho que a esta altura del viaje lo tiene que hacer siempre. Eso si, el ron para los hombres no falta nunca. Más de uno, borracho, se ha quebrado una pierna o herido en una pelea y ¿a quién le a pedido el Capitán que lo cure? A mi, sí, porque el médico toma más licor del diablo que estos marinos imbéciles. Le he pedido al Capitán, ron para cauterizar y darles a los pobres infelices cuando tengo que poner un hueso en su lugar, y por suerte eso sobra en este barco del infierno. De vez en cuando me tomo un trago a escondidas de las niñas que se escandalizarían si me ven; es que termino tan agotada que merezco un poco para reponerme.

A ochenta días de viaje: Mi pequeña ha cumplido diez años. Gracias al cocinero que me proporcionó harina, azúcar y un poco de miel, pude hacer un pastel que me dejó cocer en el horno a leña de su cocina. La Peque, no ha tenido el cumpleaños que debería si estuviéramos en Extremadura, pero se ha sentido muy feliz. Las tres hemos disfrutado del pastel acompañado con leche caliente endulzada, que por suerte es fresca gracias a una de las vacas que llevan en la bodega junto a los caballos. Los hombres se acercaron atraídos por el olor dulce del pastel y, les he prometido que les cocinaré a ellos si se mantienen lejos de nosotras. Parece que el hambre de estómago es más poderoso que el otro; ya no nos molestan, por suerte.

A más de tres meses: Gaviotas sobrevuelan el barco. Es buena señal me ha dicho el capellán, eso quiere decir que pronto veremos tierra. No creo que haya en el mundo una palabra más bonita: tierra. El mar es más calmo, y la travesía en las noches estrelladas es de poesía. Mirar el cielo es lo más hermoso que nos ha pasado desde que partimos. Me recuerda las noches en mi pueblo cuando con mi esposo, antes de casarnos, nos escapábamos al campo y nos acostábamos en la hierba de cara al firmamento. Nos amábamos bajo la mirada de Dios como único testigo sin importarnos el pecado. Esposo mío, cómo te amo y extraño, cuánto deseo estar contigo, seguramente el cielo de La Ciudad de los Reyes será tan bonito como este, y nos amaremos noche tras noche como aquella vez en que éramos tan jóvenes.

En el Istmo de Panamá: Ya dejamos el largo mar. Estamos cruzando tierra hacia otro mar que queda lejos todavía por una especie de río. Antes de divisar tierra, el mar se hizo más azul, como el cielo, transparente y bellísimo. Los hombres, casi desnudos, nadaban en él junto a delfines y peces multicolores. Mis niñas inocentes querían zambullirse allí por el intenso calor que hace, pero, Dios me libre y me guarde si las iba a dejar arrojarse en esas aguas infectadas de tiburones, con esos hombres libidinosos y quién sabe con que intenciones. Vemos selva a cada lado del buque. Los marinos desembarcan para buscar agua fresca y comida y, a veces alguno no regresa u otros vuelven con una flecha clavada en la pierna o en el brazo. Es terrible. Las niñas están muy asustadas y yo también. Nunca creí que fuera así la vida en esta nueva tierra. Ya nos atacaron con flechas y lanzas, indios que no vemos por la espesura. Gritan como marranos y el terror que sentimos es espantoso. Ni me imagino cómo serán esos indígenas porque nunca alcanzamos a divisarlos bien.

Cuatro meses y medio: Esto es casi insoportable, estamos navegando por otro mar interminable pero gracias al Señor más calmo que el anterior. El Capitán dice que pronto llegaremos a El Callao, así llaman al puerto de Lima. Ruego que mi amado esté allí esperándonos porque si después de semejante travesía tenemos que buscarlo en esa ciudad, creo que moriré de cansancio y vejez. Mis dos maravillosas niñas que todo lo han soportado, me mantienen en pie con su fortaleza que ya es admirable. Se alimentan con frutas sabrosísimas, para ellas, desconocidas y exóticas para mi, que los marinos recogieron en tierra y que a mi me cuesta probar por miedo a envenenarme. Creo que comenzaré a comerlas porque si no, no cumpliré mi sueño de morir en mi vejez en brazos de mi adorado esposo.

En la Ciudad de los Reyes por fin: No se como explicar lo caótico de este lugar. El puerto lleno de españoles que van y vienen. Cientos de indígenas cargando bultos, -por fin vimos como son- gritos, suciedad, hombres asquerosos y mutilados por largas luchas en la conquista de esta tierra y, mi esposo: Se me cayó el alma a los pies cuando lo vi. Por suerte él me reconoció porque a mi me costó hacerlo. Un hombre avejentado, flaco y desgarbado. Las pobres niñas se quedaron paralizadas al verlo. No dijeron una palabra por varios días. Yo me fundí con él en un abrazo interminable.

Estamos en casa: En lo que pretendo sea un hogar. Este lugar se va pareciendo a un palacio porque así me lo he propuesto. El padre de mis niñas es otro hombre gracias a nosotras. Volvió a ser el gallardo hidalgo que fue cuando lo vimos por última vez en España. Las niñas se van acostumbrando y juro que serán felices aquí. Hemos recorrido un largo camino para estar todos juntos y no voy a dejar que esto se desmorone. Si alguien me preguntara, qué hicisteis por amor, le diría: Recorrí el mundo entero, ¿os parece poco? Les daremos nuevos hijos a esta Nueva Tierra, si mi esposo y yo no podemos lo harán ellas, las pequeñas que ya no lo son tanto porque han crecido mucho con semejante viaje. Por fin en casa, por fin todos juntos. De aquí en más será otra historia.

Arancha, con mi familia, juntos para siempre.

domingo, 24 de octubre de 2010

Carta desde el Viejo Mundo.

La historia de amor que comencé con: "Carta desde el Nuevo Mundo", sigue con esta segunda carta.


Mi amado, esposo:

Seis meses después de escrita tu carta, la he recibido de manos del noble misionero, con la esperanza intacta de que estuvierais vivo. Jamás dude de eso y, por lo tanto, el negro no ha sido mi vestido durante estos cinco años y medio de tu ausencia. Mi vida y la de las niñas, no fue fácil sin ti, ni tampoco lo será en los próximos meses. No importa cómo ni el tiempo que tarde, sólo te pido una cosa a partir de que leas estas líneas: No os ocurráis morirte porque vamos por ti.

Sí, con nuestras dos hijas que te extrañan como yo, nos embarcaremos al Nuevo Mundo, a La Ciudad de los Reyes, para que nunca volvamos a separarnos. Cuando recibáis esta carta de manos del buen misionero que regresa con la orden de evangelizar allí, ya estaremos viajando. No te asustes por nuestra travesía, ni por los pesares que viviremos en meses de viaje, nada superará la angustia de los años que no te he tenido en mis brazos. Ya me ha contado este servidor de Dios de lo duro que será cruzar el inmenso mar que nos separa y, del recorrido por tierra que tendremos que hacer a través de lugares inhóspitos; es más, por las niñas me rogó que no lo hiciera. Imposible, no me conoce, a mi nada me detendrá, te devolveré la vida que crees se te está yendo de las manos. Por ti he vivido y contigo moriré.

Nuestra más pequeña, que gracias al cielo ya está mejor de su delicada salud, cumplirá 10 años durante el viaje, su hermana mayor ya está en los 12 y ambas son preciosas, lo verás, estarás orgulloso de tus hijas y de mí que tan bien las he criado. La pequeña sólo necesita abrazarte para terminar de curarse, no hay un solo día que no me haya preguntado por ti, tu calor de padre le dará lo que le falta para tener una larga vida. Y no os preocupéis por lo que vivirá ella en este largo trajín que nos espera, lo soportará todo porque lleva nuestra sangre; la mejor de toda España.

Tú no eres un hombre vencido para mi, sólo eres alguien que fue en pos de un sueño, como muchos de esta tierra lo han hecho, y te encontraste con la realidad que no esperabas. Hicisteis lo imposible, mucho más de lo que la mayoría de los hombres hacen; fuisteis a enfrentarte con lo desconocido por nosotras, por darnos una vida de princesas. Yo te digo, mi amado, que la tendremos. Contigo seré una reina, la de esa modesta casa en la que dices que vives y que convertiré en un palacio.

Te quitaré cada insecto, larva o lo que sea que se haya metido debajo de la piel. Lameré tus cicatrices hasta que no te queden huellas en el cuerpo. Haré que tu cabello recupere el color y la fuerza que tenían; te alimentaré de tal manera que volverás a ser fuerte como el toro que fuisteis. Todo lo haré con mis caricias, en noches interminables de amor. Nuestro encuentro será como la primera vez que fui tuya. Volverás a ser el hidalgo caballero que se fue de aquí hace tantos años. Me envidiarán las mujeres del Nuevo Mundo por tener a semejante hombre en mi lecho. Te envidiarán por tener a una mujer con mi fuerza y belleza que aún conservo. Conquistaremos el Perú, te lo juro por el santísimo.

Todos estos años de soledad he lamentado que no me quisierais llevar contigo; quizá fue lo mejor, no lo se, seguramente no era el momento para nuestras pequeñas, pero todo llega. Hoy es el tiempo de nuestra conquista, de empezar a construir el futuro. Dios sabe por qué tuvimos que pasar tantas tristezas, seguramente nos preparó para lo que vendrá, eso que será la buena vida que soñamos tantas veces cuando estábamos juntos aquí. No estoy dispuesta a dejar pasar esta oportunidad.

Resiste, se fuerte, allá vamos. Te amo como si me hubiera enamorado ayer de ti. Comienza a mirar el horizonte con fe, en cualquier momento me verás llegar con nuestras pequeñas y nos fundiremos en un abrazo que será eterno, sólido, para siempre. Así viviremos, como si fuéramos uno, hasta que el Señor nos reciba.

Arancha, tu luz que no se apagará nunca.

miércoles, 20 de octubre de 2010

Carta desde el Nuevo Mundo.

Con esta primera carta, comienzo una nueva historia de amor. Muy pronto, la segunda carta.


Mi adorada, Arancha:

Nunca me arrepentiré de no haber permitido que me siguierais en esta locura, esta fiebre que padecemos los hombres por ir detrás de un sueño dorado, que hoy, reconozco imposible. Las Indias, es la tierra más inhóspita que un cordero de Dios pueda pisar. Miles de peligros acechan agazapados en cada rincón de un lugar en el que me siento un usurpador. Si muriera hoy aquí, y de hecho lo haré alguna vez, sería el mejor castigo que pudiera recibir, como todos los españoles que hasta esta tierra llegamos con el fin de conquistar. Tanta ambición desmedida me asombra en mi mismo.

Mi cuerpo, ese que tú has conocido joven y hermoso -esas eran tus palabras cuando lo recorrías sin vergüenza y tanto amor- es ahora un pedazo de carne infectada por toda clase extraña de alimañas y ponzoñas que se han alojado en él. No hubiera soportado tu piel blanca como el mármol, lo que aquí hubiese sido un manjar de los dioses para insectos y larvas que no me atrevo a describir con precisión, porque no se como hacerlo para que entiendas sin que te cause repulsión.

Este Nuevo Mundo es el infierno. Para ti y las niñas que extraño hasta enloquecer, sería un calvario. Ustedes no merecen semejante suplicio, no, por eso mi negativa a que viajaran conmigo fue la mejor decisión de mi vida.

Arancha, amada mía, no queda oro en las paredes ni en las piedras; no he visto ni una onza en los cinco largos años que llevo recorriendo cada palmo de este lugar. He caminado selvas escondiéndome de animales salvajes y carnívoros, durmiendo con los ojos abiertos por el insoportable temor a ser devorado en las noches. He cruzado ríos llenos de peces que pueden dejar de un cristiano sólo los huesos en menos que canta un gallo. He subido y bajado montañas con un frío que hiela la sangre, viendo con horror a hombres sin fortaleza, quedarse sentados y duros como gárgolas con los ojos clavados en el horizonte mirando el otro mundo. Luché contra criaturas desnudas, como Dios las trajo al mundo, más feroces que todo el ejército francés. -lo digo con conocimiento por haberlos peleado reconociendo su bravura- Estos indígenas de aquí no conocen el poder del fuego, pero sus lanzas y flechas envenenadas, al menor roce matan, no sin antes sufrir uno, una tremenda e insoportable agonía.

Tengo suerte de estar vivo, pero hoy, si me vieras, moriríais de tristeza. Envejecí diez años por cada uno que llevo aquí. Parezco un anciano con el cuerpo cansado, herido por mil cicatrices que lo cruzan, deteriorado, con el cabello largo, blanco y sucio. Por eso, mi vida, sólo quiero que me recuerdes como me has tenido en nuestro lecho de amor, allí en mi entrañable Extremadura: fuerte y sano como un toro, como supe ser antes de embarcarme en esta aventura llena de sueños estúpidos de mi parte.

Tú y nuestras dos preciosas niñas merecen otra vida, la que allí tienen, y no esta que alguna vez pensé para vosotras. Merezco el más bajo lugar del infierno, por eso en él estoy. Sufriendo con tu recuerdo que es una tortura de dolor en el alma. Ningún metal precioso que vine a buscar, vale más que tu rostro que es lo más hermoso que mis cansados ojos han visto.

Me he instalado en la Ciudad de los Reyes, en Perú, aquí esperaré el final de mis días, solo e imaginando que ustedes estáis conmigo. Hablándole a las paredes de mi modesta casa, pero a ti, porque estás en cada rincón cuidándome, como siempre lo hacéis con nuestra más pequeña que es tan delicada de salud –Dios quiera que ya sea una niña fuerte como lo eres tú.- Con este pensamiento me basta para soportar lo que me quede de vida.

Saber que tu alma no me deja es suficiente para sobrellevar mis pesares. Mientras, te ruego mi bella Arancha, que si usas luto por mí, te lo quites, que no llores mi ausencia, que comiences otra vida con un hombre que no te abandone como yo lo he hecho; un hombre que te de, a ti y a las niñas, lo que yo no supe darles. Que te merezca.

Esta es mi última carta, que seguramente leerás cuatro meses después de escrita. Un buen misionero que regresa a España me prometió entregártela en mano. Él te contará más de mi en esta tierra que vine a conquistar y en la que terminé siendo prisionero.

Viviré hasta que el señor lo disponga; no volveré a España porque no tengo recursos para hacerlo y además me avergüenza que me veas vencido. Resistiré contigo en mi corazón porque eres lo mejor que me pasó en la vida. Nunca dejaré de lamentar lo tonto que he sido; tuve en mis manos el tesoro que aquí vine a buscar, y mi arrogancia y mala sed, no me lo dejaron ver.

Tu luz me iluminará siempre.

jueves, 14 de octubre de 2010

Mis ojos empañados.

Elijo este medio para escribirle, sabiendo de antemano su predilección por las letras. Cada palabra elaborada por mi puño, llegará mejor a su corazón, supuestamente herido, por sinsabores que le he causado casi involuntariamente. Digo casi por no sentirme injusto como alguna vez le he parecido. Déjeme decirle mi querida señora, antes de seguir con mi elocuencia, que usted ha sido también causante de mi arrogancia sumada a mis penas.

Todo tiene un comienzo que el destino de antemano ha trazado en el tiempo, hablo de ese espacio que nos envuelve y que a veces se hace insoportable. Si por equivocación repentina usted no se hubiese cruzado en mi vida un tanto solitaria, hoy no verían sus ojos esta carta sentida y por sus manos, sostenida.

Fue ayer o antes de ayer, casi no lo recuerdo, es que a veces mi memoria que los años deterioran, no me deja un espacio en el cerebro para no olvidar lo que olvido. No importa el momento, sólo sé que la vi de repente, haciéndose presente con tanto desparpajo que, hoy de mi asombro no salgo. Es que a veces peco de ser bastante inocente, como un niño de pecho para dar un ejemplo, y termino sufriendo porque estos acontecimientos, seducen hasta un ciego que ve lo que no debería ver ni por asomo, pero sí, lo ve, y con asombro.

Por Dios que bonita es, me dije en silencio aunque rogaba que hasta mis amigos me escucharan. Tengo que reconocer con temor a ofenderla, que pensé sin reparo lo que ya le relato: “Qué jamoncito me voy a comer dentro de un rato”. Sabe usted que ese rato se convirtió en semanas para mí interminables, y para su merced, inagotables.

Necesito ver más que esta foto que mi pantalla muestra, le pedí con insistencia, es importante para mi saber como es su existencia. No hubo caso, que pena, por más que yo le rogara, ni un llamado, ni nada, hasta que terminé llorando su ausencia.

Pero tomando las cosas con calma, esperé el momento oportuno, sabiendo de antemano que la vida da revancha, cosa que usted a sus anchas, ya había hecho sin apuro. Fue así que descubrí con tan hondo pesar, que usted, señora que lee, no parece ser la que a mi me enamora, y es por eso que ese jamón del medio que iba a comer sin empacho, es sólo una imagen de vaya a saber quién y de cuándo.

Con mis ojos empañados, de tristeza permanente, le digo a usted que la extraño a pesar de mis pesares que por otra parte no me dejan ver la luz en mi ventana. Con sol o con luna llueve. Las gotas se deslizan por el cristal que separa mis ojos de esa vida que allí afuera queda, tan lejos de usted o tan cerca.

Hoy le puedo decir con franqueza, que en mis sueños ha pasado que he desnudado una diosa, acariciado el firmamento para luego entrar en el misterioso cosmos, que por otra parte, quizá sepa usted cómo besa.

Mis lágrimas no se secan, mi inocencia me vale, mi ventana sigue húmeda, aunque mis sueños intactos, no descansarán nunca.