lunes, 22 de febrero de 2010

Ayer nomás.

El taxi, un Di Tella 1500, estacionó a la vereda de Cerrito y Santa Fe para dejar descender a la delgada y hermosa joven; vestida con jean clásico ajustado al cuerpo y doblado en los tobillos, polera rosa y vincha en su cabello haciendo juego. La adolescente observó con detenimiento el obelisco; emblema de un centro de Buenos Aires que muy pocas veces visitaba, cuando una voz a su espalda la estremeció. Se dio vuelta un poco temblorosa y ahí estaba, ese chico que había conocido la noche anterior bailando en Muni: Lacoste verde musgo, pantalón claro y mocasines de Guido. No era mucho mayor que ella, ese año lo iban a sortear para la colimba.
Caminaron por Santa Fe muy tímidos los dos mirando vidrieras casi sin mirarlas, a veces rozándose los brazos sin querer, logrando por eso que la joven se ruborizara un poco. La idea, pactada la noche anterior al ritmo lento de Paul Anka, era ir al cine. Había que llegar hasta el cine Grand Splendid, ahí nomás después de Callao, para ver "La Novicia Rebelde": la película que hacía furor en esos días.
Justo en el momento en que Julie Andrews abre sus brazos al sonido de la música en las montañas de Austria, él la tomó de la mano y sólo la soltó, casi con disimulo, cuando el The end hizo que se encendieran las luces de la sala.

Tomaron el té con masitas a la salida del cine entre gente grande. Vestidos de corbata los hombres y muy paquetas las mujeres, habitués de esas confiterías los domingos a la tarde. Se miraron a los ojos todo el tiempo sintiendo que nunca más en toda su vida iban a poder estar el uno sin el otro. El joven pidió la cuenta con un miedo terrible de que no le alcanzara el dinero, pero no, no fue para tanto, le iba a alcanzar para el colectivo y algo más.
Tomaron el 60 lleno de pasajeros como siempre, hasta Plaza Italia, para de allí caminar hacia los bosques de Palermo por la vereda del Zoológico; esta vez sí, tomados de la mano.
Llegaron a El Rosedal, testigo mudo de miles de hombres y mujeres que se juraron amor eterno porque ese lugar, todos pensaban, era para eso.
-¡Che pibe! ¿Te saco una foto con tu novia?
A él le gustó eso de tu novia y pasando el brazo por el hombro de ella, le dijo al fotógrafo de plaza que sí, está bien, saque nomás.
El hombre en un rato reveló la foto, la coloreó a mano respetando el rosa de la polera y la vincha, el azul del jean, el verde de la Lacoste y se la entregó a la joven.
Ella, caminó rodeada de rosas mirando esa imagen grabada en el papel, que le quedaría para siempre de ese domingo inolvidable. Con esa foto apretada contra su pecho, se dejó abrazar por el joven por primera vez, hasta sentir la humedad de sus labios besándola y transportándola hacia las estrellas que ya empezaban a aparecer en el cielo.

-¿Nunca más lo volviste a ver? Le preguntó, Mariela, a su mamá.
-Nunca más, se lo tragó la tierra, no se, el sábado siguiente mi amiga Mónica hizo una fiesta en su casa y habíamos quedado en vernos allí, pero él no fue; lloré durante días...
-¿Papá conoce esta foto?
-No, lo que pasa es que ese fue un día maravilloso para mi y lo quería conservar así, como algo mio.
-A mi me encantó esta historia, mamá, y me alegro de que me la hayas contado.

Esta vez el taxi es un Renault Megane y Susana junto a Mónica, su amiga de siempre, lo toman a la salida del Shopping Paseo Alcorta.
Conversan de las cosas que acaban de comprar y de alguna que otra pavada cuando de pronto pasan delante de un afiche que anuncia un: "Gran Baile Gran" de los años 60, allí en Muni, hoy Club Ciudad de Buenos Aires. Susana le pide al taxista que de la vuelta a la manzana para poder ver nuevamente el afiche ante el asombro de su amiga Mónica.
-Tenemos que ir a ese baile, Mónica.
-¿Te parece? Mis hijos me van a decir que soy una vieja.
Susana sin escucharla rápidamente se dirigió al taxista:
-Señor, por favor volvamos al Paseo.
-Pero, Susana ¿Para qué?
Consiguió esa polera rosa y la vincha haciendo juego, jean no le faltaba, y ya estaba lista para ese revival que de pronto la había puesto como una adolescente que actuaba por impulso; así, sin pensar.

-Mariela, tu madre está loca ¿Sabés cuanto hace que no me pongo mocasines? Y mira como se vistió, se cree que es una piba, ¡Dios mio con quién me casé!
La mujer no parecía una adolescente pero estaba hermosa.
-¡Mamá estás igual que en la foto!
-Perdón ¿De qué foto hablan?
-De ninguna- dijo Susana -y vamos que tenemos que pasar a buscar a Mónica y a su marido que nos están esperando.

Los Beatles, Tom Jones, Lito Nebia y Violeta Rivas convivían empapados de cuba libre y jugo de naranja con vodka en una noche en la que bailar agarraditos no era de estas noches de hoy.
Un animador anunciaba sorteos ridículos de discos de pasta, pasajes en ómnibus a Necochea y para la pareja más simpática un tour al otro día desde la avenida más linda de Buenos Aires: Santa Fe hasta llegar a El Rosedal. Susana realmente disfrutaba todo eso mientras saboreaba su tercer cuba libre. Su amiga Mónica prefería algo diet que en esos sesenta de esa noche si había y sus maridos habían tomado tantos gin tonic que ya no sabían si estaban en aquella época o en el siglo veintiuno.

Ya era tarde y los dos hombres no podían disimular algún bostezo cuando Susana lo vio venir. Entre las parejas que bailaban apretados con la voz de Doris Day, el joven con su Lacoste verde musgo, su pantalón claro y sus mocasines de Guido se acercaba con la mirada clavada en la mujer que se paró ante el asombro de Mónica y fue a su encuentro. Él la tomó de la mano y comenzaron a bailar muy juntos sin dejar nunca de mirarse a los ojos.
-¿Pero quién es ese pibe que está con mi mujer? Yo lo mato, no, mejor la mato a ella, pero quién me mandó a venir acá. -Dijo el marido de Susana y cayó sobre el hombro del marido de Mónica que a esta altura dormía plácidamente la mona.
Susana y el joven bailaron sin hablarse y sólo mirándose todo el tiempo hasta que el animador hizo parar la música para anunciar a la pareja más simpática de la noche. Eran ellos. Susana había ganado con el joven de allá lejos.
Todas las miradas se volvieron hacia los dos, un enorme silencio envolvió a la pareja que se abrazó acercando sus labios hasta sentir como aquella vez la humedad de un beso prolongado que transportó a Susana hacia una foto de ayer nomás.

Esa tarde de domingo bajó del taxi en Santa Fe y Cerrito; al fondo el obelisco ahora entre carteles luminosos que cambian de imagen parecía no haber cambiado nada.
Caminó por Santa Fe hacia Callao hasta llegar al cine Grand Splendid, hoy convertido en una gran librería, tomó el té rodeada de chicos bulliciosos que en sus I-Pod seguramente escuchan una música monótona e insoportable. Subió al 60 medio vacío en esa tarde de domingo y bajó en la Rural. Caminó hasta El Rosedal ahora cercado por una reja y se paró en el mismo lugar donde había estado con ese joven aquella tarde de los sesenta.
Una parejita que no pasaba de los 17 años de edad se le acercó.
-Señora, perdone que la moleste, ¿Nos sacaría una foto a mi y a mi novia?
-Si claro.
-Mire por aquí, apriete este botoncito y...
-Si ya sé.- Dijo apuntando con la cámara digital; los enfocó, esperó a que él le pasara el brazo por el hombro de ella y disparó.
Ya era tarde y Susana había disfrutado del premio ganado la noche anterior. Mientras se alejaba levantó su vista y vio que en el cielo comenzaban a titilar algunas estrellas. Sonrió, estaba segura de que la parejita de la foto se estaba besando.


miércoles, 3 de febrero de 2010

Niña a los 40.



Bañados de luz tus ojos oscuros. Atardecer en tus labios con sabor a cielo. Amanecer en tu piel con suavidad que eriza. El tiempo te envidia. Te ríes de él. El sol y la luna no existen sin vos. Caminas sin prisa. Con pausas que engañan. Ya tu primera mitad escribiste. Con pasos cortitos harás lento el futuro. Cruzarás tu océano una y mil veces. Entre blancos algodones, mujer, volarás. Eres niña con alas. Eternamente lo serás.



domingo, 24 de enero de 2010

La Soberana.

-My Lady, a tus pies... Tus órdenes cumpliré con mi vida... Es mi misión en esta y en todas las que vendrán...
-Sir Walter... Tu fidelidad siempre me ha conmovido...
-He templado el acero de mi espada con el fuego de mi corazón para defenderos de los que pretenden tu reino...
-La que pretendió mi corona, hoy se quema en el infierno...
-La que pretendió tu corona conoció antes mi ira.

-Sir Richard... Sé que habéis puesto a prueba tu fidelidad muchas veces por esta soberana, me sentiría defraudada si además quisierais sentaros a mi derecha...
-My Lady, no vine a este mundo para ser rey... Sólo seré tu escudo...
-Pues levantad tu escudo, tu espada y traedme un botín: La cabeza de Felipe II de Hispania...
-Mis barcos están listos... Mis hombres con hambre de gloria... Dios de nuestro lado. Partiré de inmediato.
-Estáis seguro... Sir?
-My Lady, cumplo con lo que me pides como siempre lo he hecho...
-Me abandonáis por un poco de gloria?

-Sir Walter, me abandonarías por la gloria de la conquista de Hispania?
-Jamás te dejaría a merced de tus enemigos que se esconden como ratas en este reino...
-Sir Walter... Tu obediencia puede tener un fin ambicioso...
-My Lady, mi único fin es serviros...
-No pretendéis acaso mi lecho?
-My Lady... No elijo... Tu elijes...
-Entonces, elijo.

-Sir Richard... Sabéis que tengo enemigos aquí mismo?... En este momento?
-Me quedaré aquí entonces, My Lady...
-Renunciáis a la gloria por tu reina?
-Renuncio...
-Seríais capaz de obedecerme sin importar la consecuencia?
-Con mi vida, My Lady.

-Sir Walter...
-My Lady...
-Conocéis a mis enemigos?
-Los conozco...
-Sabéis que están aquí... Muy cerca mío...
-Lo sé, My Lady...
-Por qué entonces siguen vivos? Acaso le temes al acero de estos malvados?
-No le temo a nada... Ni siquiera a la muerte...
-Seríais capaz, tu también, de obedecerme sin importar la consecuencia?
-Me arrodillo ante tí si creéis que no te obedecería...
-Pues hazlo... Sólo puedo confiar en uno de ustedes... Dos son enemigos.

-Sir Richard...
-My Lady...
-Desenvainad tu espada y cortadle el cuello... De un solo golpe y no fracaséis... Lo pagarías con tu vida.

sábado, 23 de enero de 2010

Mi cuento "La Villa Ilusa".

"En la inmensidad de la noche, con el canto de los grillos acompañándolos, cada pisada que daban era un triunfo, un metro ganado en su camino a la Villa. Miles de ojos los seguían, ojos de seres que viven en la naturaleza. Lejos del ruido los vigilan, para que no osaran destruir toda esa belleza acumulada en troncos, hojas verdes y amarillentas, nidos de pájaros multicolores e insectos propietarios del lugar con papeles que lo certifican en el cielo; elegidos por los dioses de todo el universo".

Este es un párrafo de La Villa Ilusa; mi cuento que publico en mi otro blog:http://lavillailusa.blogspot.com/

Es una historia llena de humor, magia, fantasías y sueños de un mundo mejor. Un cuento que escribí desde el corazón y con mucha ilusión.
Ya llevo 15 capítulos publicados, y serán 19 capítulos. Está llegando a su fin, y quería que los que leen este blog también sepan de su existencia, (algunos de ustedes ya lo conocen y lo leen).
Cada capítulo está acompañado con una ilustración de Berni Torre, un dibujante amigo que aceptó acompañarme en esto que es mi sueño de hace mucho tiempo.

La Villa Ilusa tiene también su página de fans en Facebook a la que pueden acceder y clickear en "Hazte fan": http://www.facebook.com/pages/La-Villa-Ilusa/155272763174?ref=ts

Serán bienvenidos. Muchas gracias.

domingo, 17 de enero de 2010

Tu cielo.

Pilares pintados. Cuatro esquinas coloridas. Retro. Pop. Vanguardia que se mezcla. Tu delgadez perfecta. Mannequin del Soho. Ojos achinados. Panorámica detallista. Limonada mentolada. Paladar verde. Luego, pasos distinguidos. Viejo adoquinado agradecido.

domingo, 10 de enero de 2010

Mañana será ayer.

Ramiro puede pasar horas deleitándose con viejas películas realizadas ayer por hombres que hoy son maestros. Sobre todo: "La máquina del tiempo". Sí, esa misma con Rod Taylor que están pasando este sábado a la noche, por el canal de cable favorito de un cinéfilo a veces aburrido y bastante solitario. El timbre del teléfono que se atreve a sacarlo de su atención, es actual. No forma parte del sonido de la película, indudablemente.
Cómo me gustaría ser guionista para escribir historias así de ingeniosas, piensa Ramiro, mientras estira la mano para levantar el tubo del entrometido teléfono:
¡Si, Hola!... Ah... Lucía, sos vos, ¿qué pasa?... Pará, no grites... Claro, tenés que salir... Está bien es tu vida pero si querés que vaya a buscar a Dieguito decímelo bien... ¿Qué te pasa mujer?
Como le gustaría a Ramiro tener una máquina del tiempo igual a la de la película, y volver el tiempo atrás lo suficiente como para no haber conocido nunca a su ex esposa. Pero claro, está Dieguito, que entonces no hubiera nacido y eso no estaría bien. Mejor cargar con esta desgracia.
Espero que repitan esta película así termino de verla, se dice a sí mismo Ramiro, apagando el televisor para ir a buscar a su pequeño hijo de cinco años, cruel espectador de un clásico que no tuvo éxito: El matrimonio de Ramiro y Lucía.

¡Papi, me viniste a buscar! grita Diego colgándose del cuello de Ramiro.
Qué alegría le da a este chico cuando me ve, ¿no? Le dice entonces con ironía a su ex mujer, ¿será porque aquí la pasa mal?
No seas estúpido, y no vuelvas a decir esas cosas delante del niño, ¿querés?
Ramiro, tomando de la mano al pequeño, se aleja de la casa observando con curiosidad a Lucía:
Qué sexy te vestiste esta noche, ¿acaso tenés algo importante?
¿Y a vos qué te importa, o estás celoso?
¡Antes muerto! le dice Ramiro frunciendo el ceño y subiendo a su auto. Pone primera y con mil ideas en la cabeza como por ejemplo: contratar un asesino a sueldo, o comprarse un revólver y hacer un curso de tiro al blanco, o aprender a lanzar los cuchillos como lo hacen en el circo pero con mala puntería, se aleja calle abajo de esa casa que tiene que visitar cada tanto para buscar a su hijo.
¿Ya comiste, Dieguito? le pregunta al niño y, ante la esperada negativa del pequeño, resuelve lo de siempre: ¿Qué te parece si nos vamos a comer unas hamburguesas, con unas ricas papas fritas?

Atestado de adolescentes como cualquier sábado a la noche se encuentra el lugar. Combo uno, combo dos, tres o lo que sea pero a los empujones. Olor dulzón a papa frita salada, controversia de una cultura llegada de ese país adorado por Ramiro gracias a su cine. Bandeja en mano, con Dieguito prendido de su pantalón, hay que buscar un lugar para sentarse. Estos chicos que no se van nunca, ¿qué se quedan haciendo si ya comieron? deberían echarlos si seguro que consumieron lo más barato.
¿Se van chicos? buenísimo, gracias, vení Diego sentate acá...
Es increíble, se supone que la gente habla normalmente pero es un griterío. Ramiro cree que Diego con su cajita feliz está feliz, y es probable, pero es tan pequeño que quién puede asegurarlo. Aunque no lo reconozca, porque quizás esté mal, el sueño americano de Ramiro hace que él sí esté feliz. En una de esas, Cary Grant en alguna película apareció en un lugar como éste, o Marilyn, vaya a saber.
¿A ver qué trae adentro la cajita? le dice a su hijito que mete su manita en ella para sacar el preciado juguete, personaje de la última película de la Disney.
¡Mirá qué bonito! Ahora vamos a tener que ir al cine a... ¿Qué pasa ahí detrás?

Todos se sobresaltan sorprendidos por el bochinche y los gritos que vienen de la entrada al local.
¡Quietos todos! ¡Nadie se mueva! ¡Los de la caja pongan toda la plata en esta bolsa y mucho cuidado, porque al que intenta algo lo quemo!
Dos jóvenes nerviosos y con aparente inexperiencia, encañonan con sus armas a los desprevenidos adolescentes, niños y no tanto, que gritan asustados. Algunos se arrojan al suelo o se abrazan de miedo, mientras los improvisados ladrones, completamente excitados, amenazan con sus revólveres a los cajeros para que se apuren. Pero claro, esos lugares de comida rápida siempre tienen un guardia armado. Lo que se pretende es seguridad aunque a veces es peor el remedio que la enfermedad.
Un disparo, dos, tres, como los combo pero sin que nadie los pida. El guardia que cae herido, los jóvenes ladrones que huyen con menos botín del que esperaban y todos pidiendo urgente un médico para el hombre que yace en el piso.
Ramiro reacciona luego de unos segundos del incidente dirigiéndose a su hijo, que para su sorpresa, no está en el lugar donde disfrutaba de su cajita feliz. ¡Diego, Dieguito! ¿Dónde estás? Por el amor de Dios, mi hijito...
Debajo de la mesa está Dieguito. El balazo le dio en el medio del pecho, certero, letal. El fin del mundo para él y para Ramiro. ¡Dios... Dios... Dioooos!

Un domingo terrible, triste, con los amigos que se acercan con las palabras de siempre en estos casos, pero sin remedio. No hay remedio para la muerte, pero sí hay culpas; una verdadera tortura para un padre que cree que se equivocó. ¿Por qué, por qué tuvo que ocurrírsele llevar a Diego a ese lugar? Y Lucía que jamás se lo va a perdonar. Si lo odiaba, ahora lo maldecirá el resto de su vida.
Lunes en el cementerio. El último adiós a Dieguito y todos con un dolor incontenible. No hay consuelo ni lo habrá nunca. Lucía llora acompañada por su novio de turno, ése con el que salió esa fatídica noche, esa maldita ocurrencia de esa maldita noche. Ramiro que quiere estar solo con su dolor, con ese sentimiento de culpa absurda que no merece.

Los días pasan lentos; cada segundo dura dos; el martes, el miércoles, el jueves, el viernes. En vez de cuatro días parecen ocho. Ramiro no come, no duerme, mira el techo desde su cama, lugar que ha hecho su morada porque de allí no se mueve. No va a trabajar, no atiende los llamados, no quiere hablar con nadie; sólo con el mismo. Te odio, Dios. Te odio y odio los días que pasan. Mañana es sábado y yo quisiera que no lo sea...
El tiempo es irreversible, si hoy es viernes mañana será sábado; siempre será así.
Ramiro cierra los ojos que miran el techo de su dormitorio como si en el mundo no hubiera otra cosa. Mañana será... Mañana será jueves... Mañana cuando despierte será jueves, yo lo sé, lo sé... Y por fin, después de varios días de insomnio, se duerme.

Se despierta después de diez horas. Está mejor. Dormir le hizo bien. Se prepara un café bien negro. El pan está duro pero perfecto para unas tostadas. Suena el teléfono y prefiere no contestarlo; su propia voz en el contestador dice que deje su mensaje.
Hola Ramiro... La voz es de un compañero de trabajo. ¿Estás allí?... Por favor, contestame. Todos en el trabajo queremos saber como estás. Además, acordate que hoy jueves almorzamos todos juntos. Te va a venir bien, ¡dale, Ramiro! ¿Estás allí?
Este mensaje ya lo escuchó. Sí, seguro que ya lo escuchó. Entonces... Entonces es jueves.
Ramiro enciende la radio, el televisor, sale a comprar el periódico; todo lo que pueda confirmarle que es jueves. Es jueves. Sólo hay que esperar a que el día pase y esperar la noche, cerrar los ojos y decir: Mañana será miércoles... Mañana será miércoles...
Volvió a dormir, y al despertar, Ramiro sabe que es miércoles, y no le importa pasarse el día mirando ese techo porque cuando llegue la noche cerrará los ojos y repetirá su deseo: Mañana será martes...

Abre los ojos con la luz del sol que se cuela por la persiana entreabierta y Ramiro ya sabe que es martes. Lo está logrando. No tiene una máquina del tiempo como la de la película pero él sabe que lo está logrando. Ahora resta esperar a que pase el día, con los mismos sonidos que el martes que ya vivió, con los mensajes dejados en el contestador que no atenderá y esperar nuevamente la noche, y cuando ésta llegue, cerrar los ojos y repetir varias veces hasta quedarse dormido, Mañana será lunes... Sí, mañana será lunes...
Despierta, es lunes. Ramiro se levanta y va al velatorio de su querido Dieguito y él está allí en el blanco y pequeño ataúd. Su cuerpecito dormido como un ángel se despide de todos. Luego el cementerio, el adiós, los pésames ya vividos y la esperanza de Ramiro porque está seguro de que mañana será domingo.

Los insultos de Lucía en el peor domingo de su vida no son como ese domingo ya pasado para él, pero nuevo para todos. Lo soportará todo nuevamente, hasta el dolor de ver a su hijo en ese pequeño ataúd. Para Ramiro ya falta poco, sólo unas horas más. Acepta los pésames, los abrazos de sus amigos, las acusaciones de su ex esposa; hasta el hombre que la acompaña intenta hacerlo sentir culpable y lo soporta también.
Antes de las doce de la noche de ese domingo, inventa una excusa para alejarse del velatorio y llegarse hasta su casa. Ramiro se acuesta en su cama mirando ese techo de siempre y lentamente cierra los ojos diciendo su último deseo, Mañana será sábado... Mañana será sábado... Se duerme.
El café humeante, las tostadas con manteca y dulce, el periódico que lo confirma, este sábado no será como otros, no será como aquel porque Ramiro éste sábado a la noche cambiará la historia. Hoy, Ramiro hará todo lo que ya hizo hasta la noche.

"La máquina del tiempo", ese clásico del cine amado por él ya está en la pantalla de su televisor. Rod Taylor viajando en esa extraña máquina lo vuelve a cautivar. Mientras, espera el sonido del teléfono que interrumpirá la película para que este padre desesperado termine su viaje al pasado.
Esta parte no la vi, estoy seguro de que no la vi... El teléfono sigue mudo, sin vida, parecería que no piensa interrumpir nada, ni siquiera a Rod Taylor. Ramiro comienza a preocuparse. ¿Lo habré soñado? se pregunta. No, no lo soñé, sé que no lo soñé.
Toma el teléfono y marca el número de su odiada Lucía. Espera... Una voz de mujer le atiende. No la reconoce.
Hola, soy Ramiro ¿Puedo hablar con Dieguito?... Cómo que allí no vive ning... Con Diego mi hijo... ¿Quién habla? Por favor deme con Lucía... Le cortan el llamado. Ramiro toma rápidamente la llave de su auto y sale para la casa de su ex esposa. Conteniendo la respiración espera expectante a que le abran la puerta de la casa que alguna vez fue suya. A la mujer que se asoma, jamás la había visto. Ramiro supone que debe ser una nueva amiga de Lucía.
Buenas noches... Le dice tratando de mantener la calma. Soy el padre de Dieguito y quisiera verlo, por favor, ¿Está Lucía?
Me temo que está equivocado señor, aquí no vive nadie que se llame Lucía, ni tampoco ¿Dieguito me dijo? Le dice la mujer muy segura de si misma.
Ramiro siente que algo no está funcionando bien, no puede ser que Lucía se niegue a atenderlo; si bien es cierto que lo odia jamás se negó a hacerlo. Después de todo, es el padre de su hijo. Insiste. Le cierran la puerta en la cara. Corre a su auto, lo pone en marcha y lo más rápidamente posible, sin respetar semáforos, se dirige hacia ese restaurante de comida rápida en el que empezó su tortura.
Allí está. Se baja del vehículo y vuela hasta la puerta de entrada. Se escuchan los tiros, gritos, alaridos. Los dos ladrones salen del local disparados hacia la noche huyendo con su pequeño botín. Ramiro desesperado entra al local sintiendo que llegó tarde, que no es justo, él hizo retroceder el tiempo, tiene que cambiar esta historia, el destino no puede jugarle esta mala pasada.

El guardia herido, la confusión, los gritos, todo igual a aquella noche. Ramiro corre a la mesa donde se encontraba con Dieguito. El amontonamiento de adolescentes confirma que hay alguien herido. Permiso... Permiso por favor... Al borde del llanto el hombre se abre paso. Llega y lo ve.
No tiene más de 17 o 18 años y toda una vida por delante. Bañado en sangre su pecho; los ojos vidriosos que ya no pueden ver el futuro. Su cuerpo no siente los brazos de la joven que lo rodean con un lamento lleno de angustia, Yo tuve la culpa, yo, él no quería venir, sólo quería ver una película por televisión y le insistí para venir aquí... ¿Por qué, por qué, Dios mío, por qué?
Y Ramiro que lo entiende todo. El odio hacia Lucía, el maldito odio por esa mujer que le acortó la vida con su obsesiva insistencia por unas hamburguesas con papas fritas ese sábado a la noche.

Ramiro, desde su muerte, viajó al futuro para saber como sería su vida con esa joven que llora desesperada y, que después de darle un hijo, lloraría más angustiada aún por la separación que ya estaba cantada, porque no sólo el amor lo pudo todo, sino también el odio que empezó esa fatídica noche. Ramiro de pronto se da cuenta de que la vida siempre tiene un futuro, aunque quede trunca. Y que ese futuro puede ser distinto.
Pero entonces... Entonces Dieguito nunca nació... Se repite a sí mismo saliendo del local, alejándose de su pasado, de su final.

La ambulancia llega ruidosa para llevarse el cuerpo sin vida del joven, su propio cuerpo adolescente. Y Lucía que se odiará a sí misma por el resto de sus días, porque se siente culpable. Su amado, Ramiro, sólo quería ver televisión en su casa. Ahora él siente pena por ella, ya no la odia. Sabe qué significa ese dolor. Casi no recordaba lo bella que era, su cara aniñada, su piel suave, sus ojos penetrantes y enigmáticos, esos labios que tantas veces besó. Y ahora la tiene otra vez frente a él y la ama; la ama como hasta el momento de ese disparo que le cambió el sentimiento.
Perdóname por odiarte tanto, no fue tu culpa, te lo juro, yo sé que no fue tu culpa... Ahora lo sé... Te prometo que nada será igual... Te lo prometo...
La joven no lo ve, no lo escucha. Sólo quiere subir a esa ambulancia e irse con ese joven que ama, esperanzada por un milagro si es que existe.

Ramiro mira el techo desde su cama como lo hizo durante tanto tiempo, casi sin verlo. Es gris, pero era blanco, el tiempo lo hizo gris, el tiempo que siempre pasa y yo no quiero que pase más... Mañana... Mañana... Se duerme.

Ramiro... Ramiro despertate, dormiste casi todo el día... Es sábado... Vamos, tenés un llamado en el teléfono...
Esa voz le resulta familiar, la escuchó siempre. Mamá... Se sorprende al verla... ¿Qué hora es?
Es tarde, levantate, Lucía está en el teléfono...
Hola... Sí... Estaba soñando con vos... ¿En serio esta noche dan "La máquina del tiempo"? ¡Qué bueno! La vemos en mi casa. Le digo a mamá que nos prepare algo rico para comer... ¡No! ¿Para qué vamos a ir a comer ahí? Si nadie hace las hamburguesas como mi mamá.







lunes, 4 de enero de 2010

El deseo de Juancito.

Su mamá no deja de sorprenderse al ver a Juancito intentando dibujar letras desde muy chiquito. Piensa que su hijito es un genio. Un ser distinto a los otros niños de su edad. Un privilegiado tocado por una varita mágica de algún hada escondida en la pequeña y humilde casa en la que viven. Pero no, él solo es un niño que quiere aprender a escribir. Copiando las letras que ella le enseña porque todavía es muy chiquito para ir a la escuela.
Hacerlo le fue resultando fácil. Lo complicado es armar palabras que dijeran algo, que expresaran lo que él quiere decir. La a, la b, la c, todas tienen nombre y sabe que si las une forman esas palabras. Y lo fue logrando; entendiendo como se hace. Con más tiempo del que su mamá pensaba, pero lo hizo.

Muchas tardes de mate cocido; pan duro tostado untado con un dulce de higos que cocina su mamá, y que por suerte, crecen esos frutos en el patio de tierra del fondo de la casa. Tardes viendo a su papá llegar con cara triste por no conseguir lo que fue a buscar. Y otras con cara alegre porque a veces lo encontraba. Juguetes de madera fabricados por las manos de su padre porque para comprarlos no alcanza el dinero. Pelota desinflada por el tiempo, regalo de algún cumpleaños, con la que Juancito le hizo mil goles a ese arco que forman dos plantas de tomates. En ese ámbito aprendió a escribir. Un poquito; lo necesario.

Llegó entonces el momento que el pequeño esperaba. Hoy escribiría una carta. Bajo la higuera del patio se sentó con un papel en blanco y un lápiz. Su mano comenzó a crear, a dibujar lo poco que sabe en ese papel. Despacito lo hizo, con tiempo, con mucho esmero y un poquito desprolijo.
Terminó, dobló el papel en cuatro y cuando su papá salía de la casa para buscar lo que tanto le costaba encontrar, le entregó ese papel doblado con un pedido: "Pa, es para los Reyes Magos, les escribí una cartita que quiero que lleves al correo".
El hombre salió de su casa con lágrimas en los ojos. Sabía que seguramente no iba a poder cumplir con lo que su hijo le pedía a los reyes. Supo que su enorme paciencia por aprender a escribir era por ese motivo: pedirle a los reyes el regalo que se merece. Como todos los niños.
Caminó una cuadras sin atreverse a desdoblar el papel y leerlo, pero tenía que hacerlo, ya vería después como se las arreglaría para cumplir con el deseo de Juancito. Leyó lo que el niño había escrito:

qer idos reye s mago
qiero qe me trai gan un traba jo para mi papa
Juan