viernes, 23 de abril de 2010

Regreso a casa.

-Corte por favor. -Le dice el tarotista al hombre sentado frente a él en la plaza de la que es habitué los fines de semana.
El cliente, dispuesto a escuchar al adivinador de manos mágicas, aparenta unos 55 años y se lo nota con mucha ansiedad por lo que espera vivir en ese momento. -Todavía no le dije lo que quiero de usted. -Lo sorprende.
-Se entiende, mi amigo, que lo que usted espera de mi es lo que yo puedo hacer con el tarot: decirle que puede pasar con su futuro, de qué deberá cuidarse y... mire, si veo algo muy malo, muerte o algo así, perdóneme pero eso me lo guardaré.
-Es que, yo no quiero que me hable del futuro, sino que me lleve al pasado.
-¡Ah! Claro, ya entiendo. Por supuesto que puedo ver en las cartas cómo es usted, la gente que lo rodea y cómo se relacionó con ellos, su familia etcétera, etcétera, pero le aclaro que en ese caso puedo fallar, porque yo...
-­No, no me interesa eso porque ya lo sé, en realidad espero otra cosa de usted.

El tarotista, acostumbrado a los días tranquilos de la plaza, con clientas dispuestas a escuchar lo que ellas quieren, porque en eso el hombre es un experto, tiene un momento de desconcierto y desea que este improvisado y molesto cliente se vaya por donde vino. Después de todo, el dinero que se pierda de ganar con él, llegará de la mano de algún otro desprevenido paseante en esta mañana de sábado. Pero no puede ser descortés y pedirle que se vaya así porque sí, entonces le pregunta ya un poco irritado:
-¿Y qué es lo que espera de mi?
-Que me transporte al pasado. -Le ruega el cliente.
-Bueno, señor, ya le dije lo que le puedo decir con las cartas, usted corte de una buena vez. -Le suplica.
Entonces el hombre, sin mirar las cartas e inclinándose hacia el experto adivinador para mirarlo fijo a los ojos, le dice, -que me transporte literalmente... Eso quiero... A 45 años atrás...
-¡Ehhh! Señor, este... Creo que estamos perdiendo el tiempo ¿sabe? Y hay otras personas dispuestas a...
-Hágalo y le pagaré bien, pero muy bien, espero mucho de usted y será beneficioso para los dos.
-¿Pero cómo quiere que lo haga hombre? ¿Con una máquina del tiempo... En un OVNI...? ¡Es usted muy gracioso!
-Ni en una cosa ni en la otra, ¿por qué no, en un tren?... Piénselo por favor. -Dicho esto, se levanta de su silla y comienza a alejarse entre la multitud de curiosos que miran artesanías, toman gaseosas y comen pochoclos, dejando atrás al perplejo adivinador tarotista que recién cambia su expresión molesta y pensativa cuando una cincuentona se le sienta enfrente, -hola guapa, ¿qué puedo hacer por ti?

El tren salió de la estación central en perfecto horario. El hombre recordó aquellas viejas épocas en las que pasaba hasta media hora esperando la partida del convoy después de un largo día de trabajo, allí en la ciudad, para llegar a su pueblo, cansado, con ganas de cenar y luego derechito a la cama. O cuando de pequeño iba al colegio, recorriendo kilómetros de vía férrea con el "tracatrá, tracatrá" incorporado a sus oídos para siempre. Las estaciones, que con el tiempo no parecían haber cambiado mucho fueron pasando una a una, mientras su pensamiento viajaba hasta allá lejos, adonde él quería llegar.
Al cabo de una hora de viaje, las estaciones siguientes comenzaron a ser distintas; como las recordaba. Los pueblos más pequeños. La gente quedada en el tiempo, en un tiempo añorado por él. Pasajeros que suben y bajan. Bocadillos para matar el hambre, con olores a jamón y queso que llenan el alma de sabores inolvidables. Griterío de charlas abiertas para todo el que desee participar, con risas penetrantes, desmedidas, sin ninguna vergüenza. Mujeres hermosas como lo fue su primera novia, María Julia, aquella niña de ojos azules y rubios bucles que volviendo del colegio se convirtió en su compañera de viaje con arrumacos incluídos hasta que el destino, que a veces no tiene piedad, se encargó de separarlos.
Hasta creyó reconocer a alguien sentado dos filas adelante, "Daniel, ¿sos vos?" estuvo a punto de preguntarle. Pero no, aquellos fueron otros tiempos, otro lugar, y sólo se limitó a observar.
¡Manuel, el guarda! Pero es que no ha cambiado nada, como si el tiempo no hubiera pasado, -hola niño, ¿cómo estás? Hace mucho que no te veía por aquí -lo saluda agujereando su boleto. Él lo miró y solo atinó a sonreírle, asombrado. Y por fin su destino. Su pueblo y su vieja estación tantas veces transitada. El tañido de la campana, "talán talán", que escucha nuevamente como una música celestial le nubla la vista con lágrimas que se escapan de repente de sus ojos bañados. Le tiemblan las piernas al descender al andén de la estación que lo vio crecer. Tantas cosas vividas allí; nada más y nada menos que su historia.

Caminó por la calle como un caballo que vuelve a su establo, sin esperar una orden, sólo por inercia. Cada centímetro, cada pedazo de tierra, de pasto, cada árbol le resultaron conocidos, como si el tiempo desde que él se fue, ya muchos años atrás, se hubiera detenido esperando su vuelta. De las casas salían las mismas voces, los mismos olores sabrosos de siempre, los mismos ruidos que lo acompañaran en su memoria toda su vida. Dio vuelta en la última esquina, ya estaba a una calle y comenzó a sentir que su corazón estallaba, que le latía a mil, que llegaba en el momento justo. Sintió que ese viaje en tren hasta allí era el mejor de su vida.

Lo vio, era inconfundible. Pasó delante de él corriendo con otros niños con una meta fija: esos árboles eternos como una escenografía puesta especialmente para ellos. Todos arriba, a lo más alto, desafiando a las ramas más débiles que no se atreven a romper para no lastimar a los pequeños aventureros que luego cabalgan en corceles imaginarios, disparando balas inexistentes que impactan en indios con cara de niños y que se desploman en una muerte eterna, si es que la eternidad dura nada más que diez segundos. Los ojos del hombre fijos en el niño que corre, salta, se trepa con su sonrisa que no sabe ni entiende del futuro y tampoco le importa, porque si pudiera adivinarlo no dudaría un instante en dejar de crecer.
La pelota de goma que rueda endiablada y a los saltos por los pocitos del terreno, un verdadero paño de billar para los niños, porque para ellos no hay campo de juego mejor ni lo habrá jamás. El grito de gol que seguramente viajará hacia el universo entero y más allá, donde Dios lo anotará en su libreta como el mejor de este planeta tan lejano y perdido en el espacio. Y luego el hoyo hecho en la tierra con el talón de la zapatilla de ese niño observado por el hombre, para embocar allí esa bolita preferida que le ayudará a ganar otra y que será el mejor trofeo del día.
Ese día que parece eterno no lo es. Termina con el atardecer, como terminan los sueños, pero esos sueños al otro día se vuelven a repetir.

Todos los pequeños pasan delante del hombre que observó cada momento vivido por ellos como si fuera propio. Cada uno toma diferentes direcciones hacia sus hogares para reponer energías porque mañana, todo, aunque parezca igual, será distinto. El último es ese niño al que llegó para ver desde tan lejos, en su añorado tren. El pequeño se detiene frente al hombre que lo observó durante todo el día, sin ningún temor.
-Estoy aquí porque quería verte jugar -le dice el hombre. -Estás aquí porque yo quería que me vieras jugar -le dice el niño.

Los domingos no son muy distintos de los sábados en la plaza. La gente parece ser la misma: la máquina con los pochoclos tostándose, los artesanos, los que pintan retratos o paisajes ya pintados mil veces, los que bailan el tango y, el tarotista que juguetea con las cartas esperando a ese o esa que se siente frente a él para escuchar de sus labios lo que vendrá.
Otra vez el hombre extraño con un pedido como jamás le habían hecho es el que se atreve a sentarse: -Vine a pagarle por su trabajo.
Hubo sorpresa en el tarotista pero, cortésmente intentó seguirle el juego, -muy bien, ¿y cómo va a hacerlo?
-Con esto. -Le dice el hombre colocando encima de la mesita donde el adivinador despliega sus cartas, la bolita gastada ganada el día anterior.
-¿Con ésta bolita vieja? -Se sorprende el tarotista -creo, mi querido señor, que usted está intentando burlarse de mi.
El hombre poniéndose de pie le dice entonces: -Está equivocado, esa bolita es lo más valioso del mundo, y usted se la ganó haciendo que mi ilusión se hiciera realidad.
-Mire señor, para ser sincero le aseguro que no hice nada. Vivo de esto pero es imposible que pueda trasladar a alguien al pasado. -Le asegura el tarotista intentando devolverle la bolita.
El hombre, se aleja unos pasos, se da vuelta y le dice por último al tarotista que observa todavía extrañado esa pequeña esfera de colores en su mano.
-Siempre tuve un sueño. Creer en usted fue suficiente para que se haga realidad. Y ahora perdóneme pero ya me tengo que ir, mi tren sale en 20 minutos.

domingo, 11 de abril de 2010

Vi una duendecita.

Cuatro vueltas al sol pasaron desde ese milagro.
La vi en unas callecitas, lisboetas y pequeñitas.
La vi subir y bajar con sigilo por veredas multicolores.
La vi dormir acurrucada y a palomas despertarla.
La vi esconderse en las noches y a las farolas delatarla.
Vi su desnudez de Venus, su sonrisa y sus lágrimas.
Vi su luz y su aura, entre vinos, velas y fados.
Era abril en Portugal. Primavera en mi alma.

jueves, 1 de abril de 2010

Curupaytí.

Dicen que esto que voy a contar ocurrió cuando había una guerra, esa que llamaron de "La Triple Alianza" y fue allá por el año 1864. Dicen que en esa época en la Santa María de los Buenos Ayres vivía una niña blanca como el mármol, hermosa como una virgen. No más de quince años de vida, pretendida por los jóvenes de la mejor sociedad de la ciudad. Dicen que ella era culta como pocas; aprendida en Londres. Dicen que su padre, Don Antonio Mendoza, era un hombre rico, amigo de políticos a los que manejaba a su antojo, muy déspota y que le había elegido a su hija el hombre con el que viviría el resto de su vida, asegurándole un futuro auspicioso por la unión de dos familias muy pudientes. Dicen que la niña odiaba a ese español mucho mayor que ella impuesto por su padre.
María de los Ángeles era su nombre y dicen que lo que más deseaba era tener un caballo. Su padre se lo regaló a cambio de la promesa de que se casaría con ese español de nombre Fernando de Levalle. Dicen que ella lo aceptó porque sabía que el destino de muchas de las damas de la sociedad era ese; el de la sumisión y caprichos de las familias Patricias. Dicen que el caballo llegó de la mano de un hombre de campo; joven, fuerte, de piel mate, con ojos oscuros que penetraron la piel de la niña hasta su corazón. Ezequiel era su nombre. Dicen que ella sintió algo que no entendía, porque nunca lo había sentido. Dicen que desde ese momento odió su propia clase social.

Dicen que todas las tardes el joven Ezequiel le enseñaba a cabalgar a María de los Ángeles fuera del poblado. Hacia los campos verdes y bañados cercanos se alejaban. Más de una vez volvían muy tarde montando sus caballos, por eso dicen que Don Antonio Mendoza obligó a su hija a que ya nunca más viera a ese joven de campo de una clase social menor que la de ella.
Dicen que ya era muy tarde para eso. El joven Ezequiel la había poseído. Dicen que la amaba con locura. Dicen que María de los Ángeles ya llevaba en su vientre el fruto de ese amor que no podría traer buenas consecuencias. El español, Fernando de Levalle, decidió hacer justicia con sus propias manos ante tanta humillación. Dicen que Ezequiel lo atravesó con su cuchillo quitándole la vida y luego huyó al noroeste. Dicen que se unió al ejército que peleaba en Paraguay, con el deseo de que algún perdigón enemigo terminara con su vida por el dolor que sentía al saber que había perdido a su pequeña amada para siempre.

Dicen que el padre de la niña obligó a su esposa, sumisa y complaciente, a que sacaran de ese vientre el feto que se estaba gestando. Dicen que luego sobrevino una terrible infección en María de los Ángeles a consecuencia de tan aberrante hecho. Dicen que la niña hermosa como un virgen supo que el cielo la recibiría. Dicen que lo único que pedía era tener a Ezequiel a su lado para que la tomara de la mano en sus últimos momentos.
Dicen que Ezequiel marchó al campo de batalla en Curupaytí con la imagen de María de los Ángeles en su memoria, sin saber que ocurría con ella, ni de su embarazo frustrado por el odio de su padre. Dicen que la contienda fue terrible y las tropas argentinas derrotadas. Dicen que Ezequiel después de pelear bravamente ayudó a un capitán del ejército, herido, cargándolo en su hombro, a retroceder ante el fuego enemigo que destruía cuerpos y pertrechos.
Dicen que en ese mismo momento, María de los Ángeles moría en brazos de su madre llamando a Ezequiel a viva voz. Dicen que Ezequiel, entonces, soltó al capitán herido abandonándolo y corrió hacia las lineas paraguayas gritando con esperanzas ¡María de los Ángeles!
Dicen que fue acribillado por la metralla, cayó de rodillas, abrazó algo imaginario en el aire y de bruces clavó su cara en el barro de Curupaytí.

Años más tarde, dicen, ese capitán que Ezequiel salvó ayudándolo con valentía, inmortalizó a pincel y oleo aquella batalla. Dicen que uno de esos cuadros mostraba a un soldado corriendo por el campo con su brazos abiertos y a una niña bellísima viniendo a su encuentro para fundirse los dos en un abrazo eterno. Dicen, que ese capitán pintor, aseguró siempre que eso fue lo que vio aquél fatídico día en el campo de batalla de Curupaytí.
Dicen, los que dicen, que así fue como sucedió.



domingo, 21 de marzo de 2010

Cómo será.

Cómo será caminar sobre las aguas.
Cómo será que ya no haya distancia.
Cómo será la suavidad de tus dedos.
Cómo será sentir tus latidos.
Cómo será temblar con los míos.
Cómo será ver abrirse tu boca.
Cómo será la humedad de tus labios.
Cómo será desnudar a una diosa.
Cómo será que me quites la ropa.
Cómo será recorrer tus poros.
Cómo será que no me tengas piedad.
Cómo será besarte cada rincón.
Cómo será que tus labios se atrevan.
Cómo será tu intimidad cuando me reciba.
Cómo será transformarnos en uno.
Cómo será ese instante final.
Cómo será de allí para siempre.

domingo, 14 de marzo de 2010

La decisión de Alina.

El poderoso ejército alemán, comenzó la invasión de Rusia. Como Napoleón lo había hecho un siglo y medio antes, pero con la absoluta convicción de Hitler de lograr la conquista que el pequeño gran hombre francés no había podido llevar a cabo. El pequeño gran hombre alemán se siente superior a todo y a todos.
Entre los miles de soldados que marchan a las estepas rusas se encuentra Erik. Un granito de arena entre tanta maraña de hombres altaneros, fuertes e invencibles, que se llevan el mundo por delante porque sienten que la raza Aria no tiene igualdad con el resto de las razas del planeta.
Cerca de Berlín se quedó Alina. La mujer que Erik ama más que a nada en el mundo. La mujer que ama a Erik por sobre todo lo que existe.
Cuando él se fue a la guerra, despidiéndose de su amada en la pequeña granja en la que viven cerca de Berlín, lo hizo convencido de que pronto volvería. "El tiempo no será nada, el mundo se rendirá a nuestros pies" le dijo a Alina que, desde ese momento, comenzó a contar los días esperándolo.
Pero la guerra no es lo que ambos esperaban, no, la contienda se convirtió en lo que el pueblo alemán no esperaba. Larga y cargada de muerte y más muerte. La Alemania de Erik y Alina descubrió que el enemigo tiene recursos y los usa. Ciudades enteras son bombardeadas provocando el pánico y la desazón en la gente que había escuchado de boca de su lider que serían intocables.

Alina vive con su madre, solas, trabajando en la granja y manteniéndose con algunos cerdos y gallinas que alimentan y que son su alimento. Alina, allí, espera un milagro; ver al hombre de su vida aparecer en el horizonte para no irse más de su lado y seguir construyendo su pequeño mundo, juntos, con esperanza de criar a sus hijos que llegarán para alegrar sus vidas doloridas por la separación, por una estúpida guerra que nunca desearon vivir.
Para Erik, el tiempo que no sería nada es demasiado. Pasó más de un año, mucho más de lo que pensaba desde que se fue y ahora se encuentra en Rusia; avanzando, cansándose, comiendo mal. Cargando con la pesadez de su fusil, su casco, su mochila y mucho abrigo encima. "Por Dios tanto frío puede hacer" se pregunta lamentándose. El barro, la nieve, el cuerpo húmedo, la ropa siempre mojada y el frío insoportable que se cuela por todos lados hasta calar los huesos es su rutina. Erik, sabe lo que es el frío porque en su tierra los inviernos son duros, pero esto... Esto supera todo lo imaginable.

Los cañones rusos disparan y disparan. Día y noche lo hacen impidiendo avanzar rápido al temible ejército alemán que ahora teme lo que se le viene encima: el invierno. El invierno más cruel de todos los tiempos. Ya no matan solo las bombas rusas, sino el frío glacial. Quizá para muchos soldados sea una bendición ante tanto sufrimiento. Para Erik, el recuerdo de Alina es suficiente incentivo para resistir. Él lo logrará, se lo ha propuesto. Vivirá para volver a sus brazos tan cálidos y fuertes que protegerán su debilidad por la falta de alimento, por sus pies congelados e hinchados que ya casi no lo dejan caminar aunque no le importe; no hay adónde ir. Un pozo en la tierra cubierta de nieve y hielo es su lugar hasta que todo termine de una vez.

El tiempo ha pasado. Demasiado tiempo ha pasado. Alina sabe que el poderoso ejército de su patria a sido aniquilado en Rusia hace más de dos años y que miles de soldados han muerto y ya no volverán. Alguien le dijo que los pocos que sobrevivieron fueron hechos prisioneros y enviados a Siberia. Ruega que Erik sea uno de ellos. Mientras, resiste criando sus cerdos y gallinas para poder seguir comiendo con su madre.
Alemania está destruída. Los aliados ya están en todas partes y el tan temido ejército rojo a las puertas de Berlín. Una ciudad que dicen los que saben, es el lugar en el que resiste el Fhurer que los llevó a esta guerra con un final anunciado. Berlín, defendida por un puñado de niños con uniforme arremangado por lo grande que les queda, está por caer.
Los rusos son despiadados. Son los primeros en llegar y arrasan con todo; matan a quienes se interpongan a su paso, sean niños o ancianos. Violan a las mujeres sin importarles la edad.

A su paso, la granja de Alina es un objetivo para ellos sin darles una mínima esperanza a las dos mujeres y las violan como a todas. Con violencia, una y otra vez sin descanso para ellas. Matan a los animales para comérselos. Cuando se cansan siguen su camino dejándolas vencidas, humilladas, sin lágrimas porque se han secado después de tanto dolor. La anciana se suicida colgándose de una viga del granero y Alina se queda más sola que nunca.
Cuando poco después la guerra termina, una semilla de alguno de los soldados rusos que la violaron quedó en su vientre que se ha hinchado convirtiéndose en una carga demasiado pesada para ella.

Lilí ya tiene doce años. Es hermosa como su madre: el pelo casi amarillo, la piel muy blanca, los ojos oscuros. Es lo único que la diferencia de Alina porque sus ojos son celestes, como los de Erik. Ojos rusos, piensa Alina que no ha podido demostrarle nunca una pizca de cariño a su hija bastarda. La pequeña no sabe lo que es el amor porque jamás recibió un abrazo, un beso, el calor de su madre que con un dolor en el corazón trata de sobreponerse trabajando con dureza reconstruyendo su granja. Con la ayuda de Lilí vuelve a criar sus cerdos, gallinas y alguna que otra oveja.

Un mediodía de primavera, Lilí llama a su madre. Alguien se acerca. Un desconocido vestido con el viejo uniforme del ejército alemán pero sin casco ni fusil; solo con un pequeño atado de ropa sucia. Alina espera a que se acerque para observarlo: alto, flaquísimo, su cabello casi blanco y el rostro y las manos arrugados y ajados como los de un anciano. Alina conoce esos ojos que la miran resignados y tristes por una vida vivida casi sin vida. Sin pronunciar una palabra, la mujer se da vuelta encaminándose hacia la casa permitiendo que el hombre la siga junto a Lilí que no deja de observarlo con curiosidad.

El hombre se sienta a la mesa; Alina le sirve un tazón con un guiso de cordero y papas además de una copa de vino. Él come con ganas, casi con desesperación. Las dos mujeres lo observan en silencio; sólo se escucha el sonido de la cuchara en el plato. Termina de comer y clava su vista en la niña que no ha dejado de mirarlo. Alina le vuelve a servir. El hombre sigue comiendo más lentamente sosteniéndole la mirada a la niña, dejando que la cuchara adivine el lugar donde se encuentra la boca. Entonces, Alina rompe el silencio. Lo hace con decisión, para que su hija y él entiendan como serán sus vidas de aquí en más: "Lilí, el es tu padre que regresó y te amará como yo te amo a tí".
Luego, por primera vez en doce años, abraza fuerte a su hija besándola en la frente, descargando su ternura acumulada por toda una vida de sufrimiento.


sábado, 6 de marzo de 2010

Esos pájaros sin alma.

John se fue a la guerra. En la vieja estación, Ellen lo despidió. Lo vio irse entre cientos de soldados asomados a las ventanillas del tren; rostros de jóvenes que se evaporarían en el horizonte que limita la vida de la muerte.
Su amado, el hombre con el que proyectó una vida allí en su pequeña casa londinense, se fue. Ellen se quedó sola. Con la esperanza que puede dar una guerra que se está haciendo cada vez más terrible allá en el continente; la esperanza de ver nuevamente a John asomado a la ventanilla del tren regresando para no volver a irse jamás. Promesas de cartas que desea se cumplan pronto la mantienen soportando su soledad como a casi todas las mujeres de Londres. Ese lugar en el que vivió toda su vida. Allí nació, creció, se educó y conoció al hombre de su vida. A John, para morir con él algún día; y así debe ser, por eso él volverá —Volveré, mi querida... Pronto volveré...

Las noticias son cada vez peores. Europa vive bajo fuego. El enemigo avanza y toma cada vez más posiciones y el hambre predomina en cada lugar donde las armas son implacables. Dónde estarás mi vida que me has dejado. Quién te cuidará en las noches frías.
—Avanzamos, no sé donde estamos, dicen que en el Sahara, sólo veo arena y arena que se mete en mi garganta y en mis ojos. El calor es insoportable en el día y las noches son tan heladas que me doy calor imaginando que estás tú cobijándome en tus brazos. Tú me cuidas como siempre lo has hecho...

En Londres las cosas no están mejor. Aviones del Tercer Reich lanzan todas las noches cientos de bombas sobre la ciudad destruyendo edificios, hogares. Las sirenas se han convertido en una música nocturna para Ellen que con ese compás se dirije al primer refugio. Allí pasa la noche. Escuchando en esos cinco minutos eternos explotar las bombas que incendian, matan, destruyen. Todas las noches. Ni una sola de respiro. Rutina nocturna que tiene que ver con la sobrevivencia de cada uno; de Ellen que espera leyendo una y mil veces las poquísimas cartas que recibe de su amado, a veces con minúsculos granitos de arena desde un lugar tan lejano para ella.

—He adelgazado. No es que no me alimente pero a veces comer es una tortura. Todo lo que mastico es como si se quebrara en mi boca. Sólo el agua me sostiene. El enemigo a veces acecha desde lugares impensados. Dispara sus cañones sin piedad, pero nosotros avanzamos, nada nos detiene. Nos enseñan que es la única manera de vivir. Para mi hay otra más; tu recuerdo, tus ojos, tu piel, tu boca, tu cuerpo blanco y suave...

El día se hace corto para Ellen, trabajando; haciendo las mujeres el trabajo que hacían los hombres que se fueron. Procurándose el alimento que le toca en suerte. Su ración diaria. Las noches son interminables allí abajo, en alguna estación del metro refugiándose del fuego que cae del cielo lanzado por esos aviones que no descansan nunca. Cuando sale a la superficie con la primera luz del día camina hasta su casa rogando que esté en pie. Todos los día el panorama ha cambiado. Las casas de sus vecinos han sido destruídas y ellos lloran su pérdida abrazados a los escombros. Mi casa no será derribada, no, John volverá y viviremos hasta que seamos ancianos en ella, lo sé, mi Dios... Lo sé.

—El Alamein es nuestro destino, los tanques se dirijen hacia allí y nosotros vamos detrás sin saber que existía en el mundo ese lugar. Las piernas se me han endurecido por la arena, las siento de hierro y me pesan. Estoy seguro de que esta vez veré al enemigo cara a cara. Por ti los arrasaré, porque quiero que esto termine de una vez y volver a ver tu belleza, tus lágrimas de alegría que me bañarán. Te prometo que pronto estaré allí contigo y será para siempre... —Lee una y otra vez oliendo la pólvora que ya es el único perfume que ha impregnado la ciudad. Intenta dormir en ese refugio de todas las noches para soñar con él y para que los días pasen cada vez más rápido. Maldita guerra, termina de una vez...

John ya no le escribe. Han pasado semanas, meses y la mujer del correo no aparece por su casa. Mi Dios, la espera es insoportable. La rutina es insoportable. El estruendo de las bombas en las noches es insoportable. Estás bien, estás bien, yo sé que estás bien pero necesito que me lo digas, que tus letras me hablen. Necesito que me digas una y mil veces que volverás a mi. Dime que me deseas, que no me tendrás piedad porque yo no la tendré contigo. Por favor escríbeme... No puedo más con este dolor en el pecho...

La mujer del correo ya se ha ido hace una hora. Hizo su trabajo y se fue a otros hogares a cumplir con su misión. Ellen estruja en su mano lo que recibió: Un telegrama. Dio su vida por la patria... Dice. Dio su vida... Su vida. Como si la vida no fuera nada y los es todo, absolutamente todo. Si las flores están es porque las vemos con los ojos.. Y eso es vida. Si tienen aroma es porque las olemos y eso es vida. La música la escuchamos con nuestros oídos y eso también es vida. Si no tuvieramos vida nada existiría. Cómo entonces me dicen que dio su vida. No la dio, ¡no! Malditos, se la quitaron. Me lo quitaron. Con su vida por la patria me destruyeron la mía, un futuro que ustedes no pueden imaginar porque no saben lo que han hecho.

Ellen, esta noche no escuchará las sirenas. No correrá al refugio para ponerse a salvo. Saldrá a la calle, extenderá sus brazos al cielo y esperará el fuego sagrado que caerá de esos pájaros sin alma.





lunes, 22 de febrero de 2010

Ayer nomás.

El taxi, un Di Tella 1500, estacionó a la vereda de Cerrito y Santa Fe para dejar descender a la delgada y hermosa joven; vestida con jean clásico ajustado al cuerpo y doblado en los tobillos, polera rosa y vincha en su cabello haciendo juego. La adolescente observó con detenimiento el obelisco; emblema de un centro de Buenos Aires que muy pocas veces visitaba, cuando una voz a su espalda la estremeció. Se dio vuelta un poco temblorosa y ahí estaba, ese chico que había conocido la noche anterior bailando en Muni: Lacoste verde musgo, pantalón claro y mocasines de Guido. No era mucho mayor que ella, ese año lo iban a sortear para la colimba.
Caminaron por Santa Fe muy tímidos los dos mirando vidrieras casi sin mirarlas, a veces rozándose los brazos sin querer, logrando por eso que la joven se ruborizara un poco. La idea, pactada la noche anterior al ritmo lento de Paul Anka, era ir al cine. Había que llegar hasta el cine Grand Splendid, ahí nomás después de Callao, para ver "La Novicia Rebelde": la película que hacía furor en esos días.
Justo en el momento en que Julie Andrews abre sus brazos al sonido de la música en las montañas de Austria, él la tomó de la mano y sólo la soltó, casi con disimulo, cuando el The end hizo que se encendieran las luces de la sala.

Tomaron el té con masitas a la salida del cine entre gente grande. Vestidos de corbata los hombres y muy paquetas las mujeres, habitués de esas confiterías los domingos a la tarde. Se miraron a los ojos todo el tiempo sintiendo que nunca más en toda su vida iban a poder estar el uno sin el otro. El joven pidió la cuenta con un miedo terrible de que no le alcanzara el dinero, pero no, no fue para tanto, le iba a alcanzar para el colectivo y algo más.
Tomaron el 60 lleno de pasajeros como siempre, hasta Plaza Italia, para de allí caminar hacia los bosques de Palermo por la vereda del Zoológico; esta vez sí, tomados de la mano.
Llegaron a El Rosedal, testigo mudo de miles de hombres y mujeres que se juraron amor eterno porque ese lugar, todos pensaban, era para eso.
-¡Che pibe! ¿Te saco una foto con tu novia?
A él le gustó eso de tu novia y pasando el brazo por el hombro de ella, le dijo al fotógrafo de plaza que sí, está bien, saque nomás.
El hombre en un rato reveló la foto, la coloreó a mano respetando el rosa de la polera y la vincha, el azul del jean, el verde de la Lacoste y se la entregó a la joven.
Ella, caminó rodeada de rosas mirando esa imagen grabada en el papel, que le quedaría para siempre de ese domingo inolvidable. Con esa foto apretada contra su pecho, se dejó abrazar por el joven por primera vez, hasta sentir la humedad de sus labios besándola y transportándola hacia las estrellas que ya empezaban a aparecer en el cielo.

-¿Nunca más lo volviste a ver? Le preguntó, Mariela, a su mamá.
-Nunca más, se lo tragó la tierra, no se, el sábado siguiente mi amiga Mónica hizo una fiesta en su casa y habíamos quedado en vernos allí, pero él no fue; lloré durante días...
-¿Papá conoce esta foto?
-No, lo que pasa es que ese fue un día maravilloso para mi y lo quería conservar así, como algo mio.
-A mi me encantó esta historia, mamá, y me alegro de que me la hayas contado.

Esta vez el taxi es un Renault Megane y Susana junto a Mónica, su amiga de siempre, lo toman a la salida del Shopping Paseo Alcorta.
Conversan de las cosas que acaban de comprar y de alguna que otra pavada cuando de pronto pasan delante de un afiche que anuncia un: "Gran Baile Gran" de los años 60, allí en Muni, hoy Club Ciudad de Buenos Aires. Susana le pide al taxista que de la vuelta a la manzana para poder ver nuevamente el afiche ante el asombro de su amiga Mónica.
-Tenemos que ir a ese baile, Mónica.
-¿Te parece? Mis hijos me van a decir que soy una vieja.
Susana sin escucharla rápidamente se dirigió al taxista:
-Señor, por favor volvamos al Paseo.
-Pero, Susana ¿Para qué?
Consiguió esa polera rosa y la vincha haciendo juego, jean no le faltaba, y ya estaba lista para ese revival que de pronto la había puesto como una adolescente que actuaba por impulso; así, sin pensar.

-Mariela, tu madre está loca ¿Sabés cuanto hace que no me pongo mocasines? Y mira como se vistió, se cree que es una piba, ¡Dios mio con quién me casé!
La mujer no parecía una adolescente pero estaba hermosa.
-¡Mamá estás igual que en la foto!
-Perdón ¿De qué foto hablan?
-De ninguna- dijo Susana -y vamos que tenemos que pasar a buscar a Mónica y a su marido que nos están esperando.

Los Beatles, Tom Jones, Lito Nebia y Violeta Rivas convivían empapados de cuba libre y jugo de naranja con vodka en una noche en la que bailar agarraditos no era de estas noches de hoy.
Un animador anunciaba sorteos ridículos de discos de pasta, pasajes en ómnibus a Necochea y para la pareja más simpática un tour al otro día desde la avenida más linda de Buenos Aires: Santa Fe hasta llegar a El Rosedal. Susana realmente disfrutaba todo eso mientras saboreaba su tercer cuba libre. Su amiga Mónica prefería algo diet que en esos sesenta de esa noche si había y sus maridos habían tomado tantos gin tonic que ya no sabían si estaban en aquella época o en el siglo veintiuno.

Ya era tarde y los dos hombres no podían disimular algún bostezo cuando Susana lo vio venir. Entre las parejas que bailaban apretados con la voz de Doris Day, el joven con su Lacoste verde musgo, su pantalón claro y sus mocasines de Guido se acercaba con la mirada clavada en la mujer que se paró ante el asombro de Mónica y fue a su encuentro. Él la tomó de la mano y comenzaron a bailar muy juntos sin dejar nunca de mirarse a los ojos.
-¿Pero quién es ese pibe que está con mi mujer? Yo lo mato, no, mejor la mato a ella, pero quién me mandó a venir acá. -Dijo el marido de Susana y cayó sobre el hombro del marido de Mónica que a esta altura dormía plácidamente la mona.
Susana y el joven bailaron sin hablarse y sólo mirándose todo el tiempo hasta que el animador hizo parar la música para anunciar a la pareja más simpática de la noche. Eran ellos. Susana había ganado con el joven de allá lejos.
Todas las miradas se volvieron hacia los dos, un enorme silencio envolvió a la pareja que se abrazó acercando sus labios hasta sentir como aquella vez la humedad de un beso prolongado que transportó a Susana hacia una foto de ayer nomás.

Esa tarde de domingo bajó del taxi en Santa Fe y Cerrito; al fondo el obelisco ahora entre carteles luminosos que cambian de imagen parecía no haber cambiado nada.
Caminó por Santa Fe hacia Callao hasta llegar al cine Grand Splendid, hoy convertido en una gran librería, tomó el té rodeada de chicos bulliciosos que en sus I-Pod seguramente escuchan una música monótona e insoportable. Subió al 60 medio vacío en esa tarde de domingo y bajó en la Rural. Caminó hasta El Rosedal ahora cercado por una reja y se paró en el mismo lugar donde había estado con ese joven aquella tarde de los sesenta.
Una parejita que no pasaba de los 17 años de edad se le acercó.
-Señora, perdone que la moleste, ¿Nos sacaría una foto a mi y a mi novia?
-Si claro.
-Mire por aquí, apriete este botoncito y...
-Si ya sé.- Dijo apuntando con la cámara digital; los enfocó, esperó a que él le pasara el brazo por el hombro de ella y disparó.
Ya era tarde y Susana había disfrutado del premio ganado la noche anterior. Mientras se alejaba levantó su vista y vio que en el cielo comenzaban a titilar algunas estrellas. Sonrió, estaba segura de que la parejita de la foto se estaba besando.