domingo, 29 de agosto de 2010

Carta en Otoño.

Amado mío:

El ocre de los árboles que pinta nuestro pequeño pueblo, entristece aún más mi existencia, desde que te vi partir, por el camino que nunca deseaste volver a tomar. La alfombra que cruje bajos mis pies, hecha de hojas secas que el Otoño esparce como una lluvia, no produce el mismo sonido, la misma música celestial que sonaba a nuestro paso, cuando juntos, de la mano, solíamos caminar sintiendo el tibio sol de esta estación, en nuestros rostros iluminados por tanto amor, tanta ilusión por un futuro que soñamos construir hasta que la muerte nos separe.

Te extraño tanto, y es tan duro despertar en la mañana sintiendo que no estás a mi lado. Porque cada vez que abro los ojos, lo hago con la esperanza de que tu ausencia, haya sido sólo una pesadilla. Pero no estás y mi alma se desmorona. Cada noche cuando cierro los ojos, pienso, que un día más se ha ido, siendo entonces, un día menos para tu regreso.

La Familia, dueña de nuestras vidas, de nuestro presente y futuro, no tiene piedad cuando de intereses se trata, quitándote de mi lado una vez más, con la excusa de que eres el mejor, y eso no lo puedo contradecir, nadie como tú para hacer lo que hay que hacer.

Maldita guerra que parece no terminar nunca. Maldito presente que nos obliga a vivir separados, permitiendo que tu ausencia, parta mi corazón en dos pedazos iguales, dejando el más triste y doloroso dentro de mi pecho. Cada vez que te vas, renuevo este juramento: Que ninguna bala se atreva a tocarte, que ninguna daga cruce tu cuerpo, que ningún enemigo se quede con tu corazón y la mitad del mío, porque conocerán mi ira sin límites. Vivo por ti, amado mío, que te dejen vivir por mi, le advierto a quién sea. Tú sabes, que no les temo.

Las viudas, que lloran eternamente por sus hombres acribillados por las armas de las Familias rivales, serán siempre mal recibidas en el seno de nuestro hogar. Jamás un manto negro cubrirá mi cuerpo, que es tuyo; nunca mi esperanza me abandonará. Tú cruzaras nuestra puerta sano y salvo, te lo juro por Dios que me asiste. Hoy lloro tu ausencia, mañana no lo haré porque estarás conmigo hasta la eternidad.

El arma que pusieron en tus manos para matar, cumplirá con su cometido si es lo mejor para todos. No me importa cuantos caigan, no me importa si la guerra no termina nunca, no me importa si muchos no vean más el sol y sus viudas no vuelvan a sentir dentro suyo, el amor de un hombre. Yo lo sentiré: a ti, porque el día que dejes este mundo, lo harás muy dentro mío.

Me prometieron que en la Primavera, estarás de vuelta después de cumplir con tu misión, lo juraron todos cruzando sus dedos en sus bocas. Y yo les digo, mejor que sea así, porque si no, primero besaré sus mejillas, y luego, lo prometo, no volverán a pronunciar una palabra en sus vidas. Pobre del que se atreva a hacerte daño, porque después de ocuparme de la Familia, iré por él y, te juro, deseará no haber nacido nunca.

El Otoño, cubre nuestro querido pueblo con un manto de neblina en estos días. Ya no hay flores multicolores, ni pájaros que canten con la salida del sol. El frío se hace sentir y presiento que el invierno será duro, pero quiero que llegue pronto, así, la Primavera prometida que te regresará a mis brazos, será una realidad cercana.

Mi amado del alma, mi vida eterna, no ver tus ojos es una tortura, saber que existes es un alivio para mis heridas del alma. Cumple con tu misión y regresa; lavaré la sangre que manchen tus manos como lo he hecho siempre. Nadie lo puede hacer mejor que yo, por eso me llaman, la Reina de la Mafia.

Espero con ansias, la mitad de mi corazón.

sábado, 21 de agosto de 2010

Duendes de mi ciudad.

El ruido que produce el acero contra el acero, me inquieta, si cierro los ojos. Sé que viene subiendo con esfuerzo, trayendo su carga, esa que observo al abrir los párpados cada día, desde mi lugar. Mi visión es la misma, siempre. Desde mi ángulo perfecto, veo venir el tranvía que pasará a mi lado como cada vez, como cada amanecer. Veredas anchas y escalonadas al costado de las vías, esos surcos que marcan un camino que no ha de cambiar. Balcones vacíos a veces, con ropa colgada otras veces. Graffitis en las paredes, que uno nunca sabe quién los pinta, si es que alguien lo hace. Allá abajo: el río. Cruza todo un territorio, mi frontera, y desemboca en el mar. De allí, me imagino, llega la carga que transporta el tranvía.

El conductor fija su mirada al frente, ignorándome. Nunca he visto que me mire. Los pasajeros, distintos día a día no reparan mi presencia. Yo sí la de ellos. Los veo descender y volver a subir cuando el vehículo emprende el regreso bajando hacia el río, o, hacia otra ciudad que desconozco. Niños bulliciosos gritan y se ríen cuando el tranvía pasa frente a mí. Con sus juegos que envidio, porque los míos han quedado muy atrás. Ancianos silenciosos porque han vivido lo suficiente y, ya no tienen nada que decir.

Mi presencia inadvertida tiene un fin en este lugar: la espero. Como siempre lo he hecho, espero verla descender frente a mí. Así paso mi tiempo que no termina nunca, porque sé que vendrá. Cada día, cada noche, sueño con verla llegar, en el tranvía que ya es mío, si los sueños que sueño me pertenecen.

La larga espera tiene su premio por fin: hoy, el pequeño amarillo que le da color a mi visión, se detiene a pocos metros. Siempre observo con expectativa al que desciende. Es una mujer; ella, la más hermosa mujer que he visto en mi vida. No me ve aunque me mire; su mirada triste busca algo, o alguien que debería estar allí. Sólo yo estoy, pero no me ve. No puedo creer que no me vea. Intento llamar su atención; su teléfono móvil la distrae. Habla, nerviosa, preocupada. Quiero escuchar su voz y no lo logro, mis cinco sentidos alertas no me lo permiten. Apaga el teléfono en una actitud de rabia y tristeza a la vez. No puedo acercarme a ella. Lo intento y no puedo moverme. El sonido del acero de las ruedas del tranvía, me avisa que está volviendo y temo lo peor. Se irá en él. Deseo su número de teléfono, quiero llamarla, decirle que toda la vida la esperé aquí, en este lugar. Mil veces el tranvía llegó sin ella. Y ahora se va a ir con ella.

Quiero gritar, llorar, decirle tantas cosas. Ruego que el tranvía no se detenga. Lo hace. La veo subir sin haberme mirado ni una sola vez. Mi dolor no tiene cura. Es ella o nada. Dios, no me hagas esto. Se va, sólo alcanzo a ver su espalda, su cabello, en el interior del convoy amarillo. Maldita mi suerte, me digo, y noto que es la primera vez que hablo, que puedo decir algo.

El punto amarillo allá abajo, se hace cada vez más grande. Vuelve. Mi adorado tranvía regresa. Una esperanza me embarga, Una esperanza de vida me dice que no todo está perdido. Se acerca. Mis sueños me prometen que bajará frente a mi otra vez, reconociéndome, porque sabe que la espero. No se detiene… No se detiene, pasa frente a mi y esta vez sus ocupantes me miran, me ven, clavan sus miradas en mis ojos. Son extraños, caras extrañas que no he visto otras veces. Ellos saben de mi dolor, de mi soledad infinita, de mis sueños incumplidos. Ellos: los duendes de mi ciudad.

lunes, 16 de agosto de 2010

La ciudad dormida.

Para Lisa, la ventana de su cuarto es una pintura que va cambiando sus colores con cada pincelada diaria: Las ventanas de los edificios linderos, el sol que sale por el este, las pocas estrellas que la luz artificial le deja ver, el verde de los árboles, las nubes, la lluvia. Todo lo demás parece detenido en el tiempo. Para ella su casa es un mundo despierto porque Lisa vive alerta a todo lo que la rodea. El mundo exterior está lejos. Las cartas en las que con sus dedos dibuja palabras es lo que la comunica con gente que jamás ha visto. Con gente que tampoco la conocen a ella. No importa, a muchos los siente como sus amigos sin tener sus presencias nunca porque no son de su mundo.

Cuando sale a la calle, camina por el empedrado de su ciudad observando todo lo que se mueve aunque parezca detenido. Ya no busca un amor porque está convencida de que nadie lograría perturbar su corazón que late al mismo ritmo cansino desde hace varios años atrás. Un hombre que tenga los ojos abiertos, que duerma de noche, viva de día, no parece existir sobre las piedras que arman su poblado. Un hombre que le diga al oído lo que de muchos otros escucha con sus ojos. Lisa pide a gritos que su ciudad se despierte de una vez porque quiere amar y ser correspondida. La sensatez que la caracteriza no la conmueve con cada encuentro repentino del destino a su paso. Su taconeo no logra hacerles abrir los ojos a ellos, inmersos en un sueño profundo y vacío.

Mimetizada sin desearlo con sus coterráneos, el carruaje que se cruza en su camino la despierta de repente. Cae sintiendo que su tobillo se ha torcido y el dolor insoportable deja escapar una lágrima de sus ojos oscuros. Mi Dios, señorita, ¿está usted bien? Escucha decir a su espalda a una voz masculina y compungida. Lisa levanta la vista con odio en sus ojos encendidos y húmedos a la vez, chocando con dos faroles celestes que le ruegan una respuesta de alivio. Sólo me duele el tobillo, alcanza a murmurar confundida porque lo que tiene enfrente es un milagro del cielo.

Dónde estaba, se pregunta mientras él después de pedirle permiso, acaricia su tobillo cerciorándose de que está todo en su lugar. Hay ruidos en el aire, pájaros que cantan y el viento que le mueve su cabello tiene sonido. Hacía mucho que no lo percibía en su ciudad dormida. Hacía demasiado tiempo que su estómago no le avisaba que algo está sucediendo en su cabecita. Lisa se enamora.

De paso, es la frase clave en estos casos… Estoy de paso. Mi ciudad no es esta y mi vida tampoco, señorita. Es la frase odiosa que ella tampoco quiere escuchar. El té calienta sus gargantas y las masitas endulzan sus bocas. La charla es suave y pausada, sin histeria ni risas desmedidas. El hombre es un caballero que supera a cualquiera de esta ciudad que vive aletargada aunque para Lisa, todos griten y sin razón. Haré que su paso se detenga aquí, piensa y se propone. No habrá sensatez que me lo impida. Mis sentimientos han despertado, no volveré a mi vida anterior.

Se va, por donde vino se va. Ella sabe que no puede detenerlo aunque haga todo lo posible para que no quiera irse. El hombre se lo dijo, tiene otra vida y si no fuera por eso se quedaría con esta mujer que se cruzó en su camino por un accidente del destino que siempre sabe lo que hace. No despierta, su ciudad no quiere despertar y Lisa vuelve a percibir el sueño que parece eterno en sus vecinos. Su ventana que no cambia los colores del cuadro pintado por el señor de las alturas. Sus cartas al desconocido mundo que queda en algún lugar. La rutina a la que se ha acostumbrado y que pareció desaparecer de pronto, fue sólo un espejismo en un desierto que no lo es; esa rutina sigue para adormecerla en una tristeza que ya es costumbre.

Otra vez el mismo camino de siempre, los mismos olores a comida, la misma gente que nunca cambia sus hábitos, gritando cuando habla, y otro carruaje que al esquivarla la hace caer en el empedrado por su distracción culpa de un aburrimiento que a veces es insoportable.

Lisa, estás bien, te hice daño, escucha desde el suelo una voz que le parece conocida. Los colores de sus mejillas sonrojadas se intensifican al darse vuelta para ver con esperanza al que le habla. Lisa, te lastimé. Se queda mirando dos soles acaramelados que la observan con miedo. Dos ojos del color de la miel preocupados por su estado. No puede creer lo que está pasando. Tantas veces lo vio al comprar sus perfumes y sales de baño en la tienda de este joven que casi la atropella con su carruaje, y nunca se dio cuenta de lo que puede significar para ella. Sólo me duele el tobillo, le dice casi sin que se escuche su voz. Él le pide permiso para tocar su tobillo comprobando aliviado que está todo bien. Ella siente que el cielo le da otra oportunidad.

El zumbido de una abeja husmeando una amapola y el sonido de una hoja seca al rozar el empedrado, le abre los ojos. Su ciudad ya no duerme. Por fin se ha despertado.

domingo, 1 de agosto de 2010

Mensaje.

Los tres relatos que anteceden a este mensaje, escritos por mi como cartas, conforman una historia de amor, por eso, para entender cada una recomiendo leer las tres desde la primera carta.

La primera carta: “Estimada, Laura”.

La segunda carta: “Señor Alfredo”.

La tercera carta y cerrando la historia: “Querida, Señora Laura”.


sábado, 31 de julio de 2010

Querida, Señora Laura.

Querida, Señora Laura:

Quise dejarle estas líneas para que las leyera después de que me haya ido a cumplir con mi trabajo en otro lugar. Siempre habrá alguien que necesite de mis servicios y, con su carta de recomendación, no tendré ningún inconveniente en comenzar una nueva vida ayudando a una persona con un corazón tan noble como el suyo.

Fue para mi muy satisfactorio haber estado a su lado cumpliendo con mi deber. He recibido de parte suya el más cordial afecto, lo cual ha enriquecido mi espíritu nutriéndolo de una gran sabiduría. Usted es la culpable de contar con semejante fortuna a esta altura de mi vida.

Reconozco, y usted Señora Laura lo sabe porque se lo he dicho, que cuando el Señor Alfredo cruzó la puerta de su casa tuve mis reparos por su repentina presencia. Diez cartas en diez años, confesándole un amor tan grande, la insistencia con la que lo hizo, y en el marco de su soledad, me produjo temores porque sus intenciones me parecían altamente sospechosas. Usted comprenderá que me sentía responsable de su cuidado y de ninguna manera iba a permitir ningún tipo de arrebato hacia su persona, ya sea físico o espiritual. Si eso hubiese pasado no me lo perdonaría jamás.

El tiempo me enseñó cosas, momentos vividos en la casa que me tranquilizaron, que me dieron una luz de esperanza por usted. Ver al Señor Alfredo atendiéndola con tanto cariño; ver cuando en las noches la levanta de su silla de ruedas con un esfuerzo tremendo porque sus cansados brazos ya no dan más, para llevarla hasta su cama, acostarla, arroparla, besarle la frente y luego retirarse a su cuarto a descansar sin ninguna otra intención, es un acto de amor tan grande, que merece este señor, todo mi humilde respeto.

No cabe duda ya para mí de cuanto la ama. Y menos me cabe lo bien que le hace a usted, Señora Laura, este amor que llegó de pronto aunque diez años tardó, para enseñarnos a todos que siempre hay una luz de esperanza cuando ya todo parece perdido y, sólo el sufrimiento de lo perdido alguna vez, es lo que quedaría en lo más profundo del alma para siempre.

Mi querida Señora Laura, el Señor Alfredo es un hombre tan sencillo que yo me preguntaba cuando llegó, cómo haría usted para estar al lado de un hombre así siendo tan distinta a él culturalmente, en todo sentido. Esto también me dejó otra enseñanza; no hay barreras cuando el que habla es el corazón, no hay distancias cuando son los ojos los que hablan.

Desde la muerte de su amado esposo, en cinco años no la había escuchado reír como lo hace ahora. Éste hombre simple ha logrado que en esta casa hasta las paredes rían; pero mire usted que el color del empapelado parece más intenso, más vivo.

Me voy feliz, porque usted volvió a vivir y el Señor Alfredo empezó a vivir. Juntos tendrán una gran vida, se complementarán. Todo esto que empezó hace diez años en una estación de tren. Esto que comenzó con una apreciación de un hombre que se enamoró de alguien que ni siquiera lo miró. Esto que era un absurdo sin ningún sentido y que el destino, a causa de una tragedia que no debió ocurrir, hizo que una vida solitaria y otra llena de pena se encontraran para remediar dos situaciones tan distantes, no es otra cosa que una historia de amor tan grande como las más grandes que tengan razón de ser.

Querida, Señora Laura, la dejo en las mejores manos, las del Señor Alfredo que merece todo mi aprecio. Me llevo el recuerdo de estos años sirviéndola, ayudándola a sobrevivir sabiendo que di todo de mí y déjeme creer con modestia, preparándola sin querer, a encontrarse con la persona que la acompañará el resto de su vida.

La saludo desde lo más profundo de mi corazón. Sabe que si un día me necesita sólo tiene que buscarme y aquí estaré, aunque sé que ya no hará falta. Beso su frente y le ruego le de mis respetos al Señor Alfredo.

Nora, su fiel Ama de Llaves.

PD: ¿Qué? Siempre me sorprendió escucharlos reír a carcajadas cada vez que uno de los dos hacía esa pregunta. Supongo que será un código entre ustedes. Eso está muy bien y me alegra sobremanera.

sábado, 24 de julio de 2010

Señor Alfredo.

Señor Alfredo:

He recibido, le aclaro que con estupor, cada una de sus cartas en diez años y casi sin diferencia de fechas una de la otra. Digo con estupor porque las primeras me causaban gracia por su atrevimiento. Perdone, Alfredo, por ser tan auténtica en mi apreciación.

Le confieso que la primera carta la leí sin entender, preguntándome de quién era realmente porque a usted no lo recordaba. Luego, supuse que era el boletero de la estación de tren por lo que me decía en ella y la volví a leer. Claro que no le di importancia, pero, por suerte, por alguna razón del destino guardé su reseña olvidándome de ella hasta que un año después recibí la segunda. Y así sucesivamente a medida que pasaban los meses.

Señor Alfredo, quiero que sepa que yo jamás lo miré aquella vez en la estación, o si lo hice fue sin observarlo. Lamento desilusionarlo, pero no puedo mentirle ante semejante declaración de amor hacia mí durante diez largos años. Por eso, hasta hoy, jamás le contesté lo que me parecía un auténtico absurdo. De todos modos permítame decirle que me siento halagada.

Cuando usted me vio en la estación dispuesta a tomar el tren a mi ciudad, Cipolletti, mi vida era totalmente normal o más que eso. Casada con un hombre al que amaba más que a nada en el mundo. Ese mundo que me llenaba de felicidad a cada instante al sentirme afortunada por tener a mi lado a una persona maravillosa, un ángel que me cuidaba y respetaba como a una princesa. Sólo nos faltó un hijo que lamentablemente yo no pude darle. Así y todo nada ni nadie podría cambiar mi destino de luces; sin sombras, sin pesares.

Seguramente esto que está leyendo en este momento rompa su corazón, pero, Alfredo, no todo en la vida se perpetúa hasta el infinito, no, a veces el destino de luces se ensombrece y el Universo parece conspirar contra uno. Contra mi lo hizo.

Hace cinco años, viajando con mi esposo a Neuquén en nuestro auto, tuvimos un terrible accidente. Mi adorado esposo que conducía el vehículo murió en el acto. Desperté en un hospital después de varios días de coma y, le juro Alfredo, hubiera deseado no hacerlo jamás. No sólo por enterarme de que mi esposo ya no estaría más conmigo, sino al descubrir que ya nunca volvería a caminar. Sí, Alfredo, y además sin volver a pararme. Mis piernas quedaron totalmente inutilizadas.

Tres años de tristeza infinita me sucedieron, con un dolor en el alma que me es imposible relatarle. Mi Ama de Llaves, Nora, una alemanota rígida, fuerte de carácter pero con un gran corazón, me ha acompañado desde entonces. Ayudándome, siendo mis piernas inútiles, atendiéndome sin descanso, dándome de comer y levantándome el ánimo a cada minuto. Por ella he vivido y vivo, además Señor Alfredo, por sus cartas cada año.

He leído cientos de veces cada una porque en mi condición inválida, sentir que alguien me ama tanto es una bendición. Nunca me atreví a contestarle e imaginará el motivo, pero creo que usted, Alfredo, por su insistencia incondicional, lo merece.

No puedo decirle que siento lo mismo por usted que lo que siente por mi, no, sería una ridiculez de mi parte, pero sí, cada carta que he leído y releído me ha hecho soñar. Soñar con correr por la playa con un hombre que me acompañe, compartir cenas y charlas, ver las estrellas acostados en el césped sintiendo la frescura de la noche en nuestra cara. Desde mi silla de ruedas, mirando desde mi ventana el verde de los árboles y el color de las flores, me permito pensar en lo que ya no podré hacer físicamente como si realmente sucediera. Esto tengo que agradecérselo de corazón. Sus diez cartas, que para mi fueron cien, me ayudan a darme cuenta de que la vida continúa.

Estimado, Señor Alfredo, sepa usted que los trenes siguen llegando todos los días a Cipolletti. Atrasados porque no salen a horario, cancelados vaya a saber por qué, pero llegan. Sepa usted que de aquí no me moveré, como verá. Sepa usted también que las puertas de mi casa están siempre abiertas aunque ya hace años que nadie las cruza. Sólo mi querida Nora y yo estamos aquí.

Alfredo, agradeciéndole sus cartas un millón de veces, desde lo más hondo de mi corazón lo saludo con todo mi afecto.

Laura.

PD: ¿Qué? A mi también me resulta graciosa esa pregunta, aunque no la recuerde, pero si usted lo dice debe haber sucedido así.

domingo, 18 de julio de 2010

Estimada, Laura.

Estimada, Laura:

Esta es mi décima carta en diez años; una por año y en la misma fecha cada vez. Desde hace 365 días hasta aquí mi vida no ha cambiado mucho, sólo lo ha hecho mi cabello que cada vez es más blanco y mi cuerpo que ya no resiste ciertos tirones.
Como siempre le digo por este medio, no hay un solo instante en que no la recuerde. Cada hora, cada minuto, usted, mi estimada señora, está en mi mente.
Recuerdo los momentos vividos juntos como si hubiesen ocurrido ayer; usted es la mujer más bella que mis cansados ojos han visto en toda mi existencia. Y sólo fue un día en nuestras vidas.
A veces me pregunto, al no recibir nunca una respuesta de su parte, si leerá estas cartas que le envío. Si llegan a su buzón. Si usted vive todavía donde me dijo aquella vez. Quiero creer que si, ansío que mis letras sean palabras que usted escucha cuando las lee, deseo que no haya olvidado mi voz.
La suya me dice, "hasta pronto, Señor Alfredo" todas las noches cuando me voy a dormir. Como aquella vez en la estación de tren al despedirnos. Fue lo último que escuché de sus labios. El timbre de su voz quedó para siempre grabado en mis oídos y eso es lo mejor que me pasó en la vida.

Fue mi culpa, hablo de dejarla ir como lo hice. Debí seguirla en su camino para no separarme más de usted, pero, mis temores a una vida en compañia de una mujer me lo impidió. He tenido siempre ese miedo a compartir mi soledad y no he dejado de arrepentirme una y otra vez en estos diez años. Estoy solo como lo he estado siempre. Me lo reprocho a cada instante, y ahora, cuando el tiempo de la juventud y la fuerza a pasado, quisiera vivir lo que me he perdido por un tonto capricho.
Ya es tarde. Muy tarde. ¿Será así, Laura? Seguramente recomenzó su vida olvidándose de un pobre hombre que una vez la dejó ir en ese tren sin el más leve intento de detenerla, y sé que esperaba que lo hiciera. Lo sé; jamás me lo perdonaré.

¿A qué hora parte el tren a Cipolletti? Me dijo esa tarde que fue para mi tan importante. ¿Lo recuerda? En una hora y treinta y seis minutos, le dije después de mi estupor al quedar fascinado con sus ojos que me miraban interrogándome.
Deme un boleto, por favor, me dijo usted y yo le pregunté ¿Qué? Hoy lo recuerdo y me siento tan tonto. Qué habrá pensado de mi al verme como hipnotizado por su belleza.
Alfredo, recuerdo que le dije, y usted me preguntó, ¿qué? Ay mi Dios, pienso en ese momento y me resulta graciosa la situación. Cuando le entregué el boleto, apenas rozé sus dedos con los mios y fue mágico, supe que era usted, Laura, la mujer de mi vida, de mis sueños, después de años vividos como un ermitaño estaba frente a la mujer que, en esa hora y treinta y seis minutos hasta que el tren partiera, iba a cambiar mi vida para siempre. Y vaya que lo hizo; diez cartas escritas en diez años es todo un récord para mi.

Mi momento sublime llegó cuando me dijo que al otro día alguien traería una encomienda que yo debería enviarle a su casa, allí en Cipolletti. Sí, porque anotó su dirección en un papel y su nombre, su maravilloso nombre: Laura. Nada más que Laura. El nombre más dulce que mis, hoy más sordos oídos, han escuchado jamás.
Laura, soy Alfredo, le dije. Sí, ya me lo dijo, me respondió yéndose a sentar a un banco frente a la boletería para esperar el tren. En ese momento, supe que usted no me olvidaría. Supe que usted, mi estimada Laura, sentía al conocerme lo mismo que yo sentí. Fue suficiente nada más, fue todo lo que necesité para saber que debía quitarme el delantal gris que usé en mi trabajo durante 40 años (ya no lo hago porque me jubilé) y tomar ese tren que, el muy maldito, llegó y salió en horario. Justo en este país que nada sale a horario, ese día, ese odioso tren fue puntual.
Pero, mis miedos a una vida juntos impidió que tomara la decisión de dejar todo y seguirla para siempre. Sé que usted, a esa altura, querida Laura, fue lo que más deseó, por eso y como lo hice en las nueve misivas anteriores, le ruego infinitamente que me disculpe. Soy, sin dudas el hombre más tonto del mundo. Sí, sé que lo piensa y está en su derecho. Puede gritarlo a los cuatro vientos ¡Qué imbécil es este hombre! Lo merezco.

Nunca olvidaré el instante en que se levantó de su asiento para abordar el tren después de tanto tiempo de estar allí en silencio y yo la saludé con la pena que me embargaba: Adios, Laura... Usted me miró con la vista perdida, pero sé que era de una inmensa tristeza, para decirme aquél inolvidable para mi: Hasta pronto, Señor Alfredo.

Ay, Laura, después de diez años de escribirle si sólo me contestara una carta, solo una para saber que está bien, que me recuerda, que siente lo mismo que yo por usted. Que no me ha olvidado aunque se haya ido aquella vez muy enojada conmigo porque no la seguí. Diez veces le he pedido que me perdone. En diez cartas como esta. Sólo le pido una de su parte y subiré ese tren que hoy, seguramente no saldrá a horario y quizá hasta lo cancelen. Si así fuera, no se preocupe, una señal de su parte y llegaré a su ciudad como sea (caminando no porque ya las piernas no me dan).

Laura, querida mujer de mis sueños, he vivido con usted y por usted todos estos años, esperando el momento de verla otra vez, esperando el instante de decirle como aquella vez: Alfredo. Y usted me dirá, ¿qué? Será tan gracioso y maravilloso que vivirá el resto de su vida riéndose de mi y me sentiré afortunado por saber que usted, Laura, tiene tan saludables sentimientos hacia mi persona.
Esperando, como siempre, una contestación que me de una esperanza, la saludo muy atentamente desde lo más profundo de mi corazón.

Alfredo.

PD: ¿Qué? ¡Que gracioso! No me haga caso, Laura, es sólo un tonto chascarrillo de mi parte. Ya sabe que no puedo con mi genio si de humor se trata.