sábado, 26 de marzo de 2011

Amazona.

Laura, vas a tener que aprender a convivir con esto, hay tratamientos, terapia, te aseguro que no es la muerte de nadie…

En este momento deseo morir, doctor, no cumplí 40 todavía… No es justo… Toda mi vida me sentí hermosa…

Lo sos, y lo seguirás siendo, conozco muchas mujeres que superaron este trance.

Sentada frente a su tocador, desnuda de la cintura para arriba, se mira al espejo recordando el momento tan trágico que ha vivido cuando su médico le dio la noticia. Es una mujer con un cuerpo envidiable, sus pechos armados, duros, no se han caído a pesar de haber tenido a su única hija hace sólo 4 años. Todo le llegó tarde en la vida: el amor más grande, su esposo Lucas unos pocos años mayor que ella; su pequeña hija a los 35. Pero esto le llega temprano, en la flor de su vida. Se tapa su pecho derecho con la mano imaginando cómo se verá sin esa parte de su cuerpo, cómo se verá con una cicatriz allí y no puede evitar las lágrimas, el llanto desconsolado, el grito de dolor del alma que será otra alma cuando todo haya terminado en la maldita sala de operaciones.

Lucas lo sabrá esa noche, por eso ha preparado la cena que más le gusta, abrirá el champagne que sólo descorchan en las noches de aniversario, le hará el amor como nunca se lo ha hecho y luego le hablará de su cáncer de mama. Laura imagina que puede ser su última noche de amor con el ser que más a amado porque cree que él, ya jamás la volverá a tocar. Lo siento mi amor, lo siento, puedes huir si prefieres, correr en busca de hermosas mujeres porque yo ya no lo seré. Y luego vendrá la quimio, la maldita quimio que me dejará sin mi cabello, blanca como la luz, ojeras que harán tristes mis ojos; no podré volver a sonreír para vos.

Siempre son un éxito las operaciones; para los cirujanos lo son, para Laura, no. Ha perdido una parte importante de su cuerpo que por más implantes o cosa que se le parezca no la recuperará. Bombones, flores, familia, sus amigas, su hijita que no entiende qué pasa ni por qué está en una cama que no es la suya y, su amado esposo que sólo acaricia su mano diciéndole cosas que ella no sabe si son ciertas: te amo, te amo, sos mi vida y siempre lo serás. Nada cambiará.

El pañuelo de seda que envuelve su cabeza le da un atractivo especial. Seguramente nadie se da cuenta de que debajo de ese pedazo de tela el cabello no existe. Su mejor amiga que nunca se ha despegado de ella desde que le extirparon el pecho, le cuenta de todos los hombres que la observan porque Laura no mira a nadie, se siente horrible, como si estuviera desnuda mostrando su torso provocando a que le sientan lástima. Sigue siendo tan bella como siempre aunque intente disimular su verdad.

Sabés, Laura, leí por ahí que las amazonas se extirpaban un pecho para usar mejor el arco… En serio, así de esa manera eran más efectivas con las flechas. Ves, a veces los dos pechos molestan…

No me hagas reír, querida amiga, no es lo mismo, ellas no amaban a los hombres, sólo los usaban para procrear… No me toca, él me trata como si fuera una enferma incurable…

Pues entonces, Laura, usá tu encanto que no perdiste para hacer el amor con Lucas. Provocalo, demostrale que no cambiaste nada… Si no, yo tengo un par de amigos que…

La llamada que temió muchas veces le llega al fin: volveré tarde mi amor, tengo mucho trabajo así que no me esperes despierta, ceno algo por acá, no te preocupes. Está con otra mujer, tiene otra mujer, no me cabe duda. Me quiero morir… Por Dios por qué me pasa esto a mí. El mundo se derrumba para Laura. Hasta se imagina a ella misma haciendo el amor con el par de amigos de su amiga, de rabia, de pura rabia. Lo escucha llegar de puntillas cuando está amaneciendo, porque no durmió en toda la noche, acostarse a su lado y dormir profundamente creyendo que ella no lo nota. Huele a perfume de otra mujer, sí, apenas me levante revisaré sus ropas, buscaré marcas de rouge, cabello... Odio a las mujeres con cabello lacio, ondulado, abundante… Las odio…

Lucas, mi amor, lo hablé con un cirujano plástico, no me digas nada, lo decidí, me haré un implante, me dijo que no es igual a mi pecho pero quiero verme bien para vos... No quiero que sientas vergüenza de mí… Lucas la mira sin entender muy bien, están sentados a la mesa de la cocina, desayunando, observa su pañuelo colorido sobre su cabeza, su torso con un top ajustado disimulando la falta de un pecho. Se levanta de su silla, se acerca a Laura y la toma obligándola a pararse frente a él. La besa con ternura, le acaricia el cuerpo, le quita el pañuelo de la cabeza y acaricia su calvicie. Laura no deja de mirarlo asombrada con los ojos bien abiertos, esperando algún desenlace. Él la lleva hasta el dormitorio y le quita toda la ropa, la aprieta contra su cuerpo y ella siente su dureza no pudiendo evitar que una sonrisa ilumine su cara: lo ha excitado. Mientras hacen el amor, Lucas no deja de decirle que no quiere que se ponga algo en el cuerpo, que la quiere así, que la ama. Le pide perdón por no haberla tocado, por lo que pudo haber hecho por temor a que no fuera lo mismo con ella. Le dice que es la mujer más hermosa del mundo una y otra vez.

Parada, totalmente desnuda, se mira al espejo de su tocador, estira su brazo izquierdo a la altura de sus ojos como sosteniendo un arco tenso, acerca su mano derecha a su pecho liso, siente la cicatriz en su dedo pulgar, y abre su mano soltando la cuerda disparando la flecha que se clavará en los corazones de todos los hombres. Ella, ahora sabe que es una mujer entera y nadie se resistirá a sus encantos.

lunes, 14 de marzo de 2011

Así como se lo cuento. 7º y último capítulo.

Después de Lisboa vivimos días de vino y rosas en Madrid y Toledo. Mi vuelta a Buenos Aires fue tan triste como la despedida en Ezeiza cuando ella viajó a verme aquí, en mi ciudad. Volví a Madrid nuevamente unos meses después para seguir con este loco amor que sentíamos y, hoy, después de tanto tiempo, recuerdo su última imagen despidiéndose de mi en aquella Terminal 1 de Barajas con su cara desencajada por el llanto. Así como la había visto venir tan resuelta con esa sonrisa-sandía la primera vez, ahora la veía irse llorando desconsoladamente, como presintiendo que sería nuestra última vez.

Esta historia ya es historia, con todo el dolor del alma lo digo. Sé que me amó con la misma intensidad que yo a ella. Fue, es y será el amor de mi vida, y sé también que se entregó a mí con todo lo que tiene en su corazón porque realmente así lo hace, pero, a veces pienso que a todos nos amó por igual. Siento que estuve de pasó en su vida y me duele terriblemente imaginar que hoy a otro hombre le estará diciendo las mismas cosas que a mi me decía. Me lastima imaginar que estará en los brazos de otro. Extraño su acento mexicano mezclado con el madrileño; su voz por teléfono diciéndome: “Hola mi amor… Te amo tanto, pero tanto…”

De todos modos ningún pacto se ha roto: Seremos amantes eternos y cumpliremos el otro después de irnos de este mundo, un pacto que nunca romperemos. De mi parte juro que si me voy primero, como debe ser, lo cumpliré. Ella, que me reconoció cuando me vio la primera vez después de haber estado conmigo en otras vidas, siempre me decía: “Júrame que me buscarás en nuestra próxima vida.” Lo haré, porque esta vez me toca a mí, pero también sé que cada vez que nos veamos será para vivir un gran amor y luego sufrir por eso, fue así en los siglos anteriores y lo será por los tiempos de los tiempos.

Nunca perderé las esperanzas de volver a verla, aunque, quién sabe cuando será que veré su rostro sonriendo de oreja a oreja o su labio inferior temblando cuando está a punto de llorar. ¿Se colgará de mi cuello diciéndome: te extrañé? ¿La veré venir hacia mí con sus pasitos cortos y rápidos, e irse con sus rodillas rozándose y su cuerpo divino contoneándose mientras se aleja? Deseo verla comer otra vez con tanto placer que da placer de sólo observarla. Disfrutar al verla sufrir por sus mofletes doloridos de tanto reírse. Qué placer al descubrirla leyendo a escondidas y en silencio cualquier libro que cayera en sus manos, como lo hacía en mi casa. Quiero volver a escucharla cantar cuando se ducha y meterme bajo el agua con ella. Ruego que me pida otra vez angustiada que no la deje porque tiene miedo de quedarse sola. Hoy, quizá, otro hombre tendrá toda esa suerte que una vez fue mía.

Ese hombre, ¿la hará reír hasta que le duelan los pómulos? ¿Jugará con ella en la cama como niños? ¿Le escribirá todos los días e-mail largos que a ella le encanten? ¿Le hará dibujos y dibujos de su rostro? ¿Le hará caritas apagando y encendiendo la luz para que se ría como una niñita pequeña? ¿Escribirá la novela de un gran amor si es que viven juntos un gran amor? Ella: ¿Le dirá qué tiene un esposo loco como a mí me lo decía? ¿Se divertirá con su torpeza susurrándole: Me encantas, mi amor?

Ella y yo, vivimos desde que nos vimos por primera vez la noche en que murió mi madre, una gran historia de amor. Con cartas durante dos años, con intermitencias, sí, pero siempre retomando el hábito de contarnos cosas, soñando con algo que finalmente pasaría. Luego los llamados hasta vernos nuevamente, pero esta vez para amarnos como los grandes amantes de la historia.

Hicimos el amor en cinco ciudades: Madrid, Lisboa, Toledo, Buenos Aires y Salamanca; tres países y dos continentes separados por un gran océano, a pesar de que si cuento los días en que nos vimos, desde mi noche triste hacia acá, no superamos los dos meses de nuestras vidas. Me siento muy afortunado de haber vivido algo tan maravilloso y ruego que ella sienta lo mismo. Le pido que me recuerde siempre; me moriría si supiera que me olvidó, aunque no lo creo, lo que realmente creo es que en algún rinconcito de su corazón estoy y allí me quedaré para siempre, y ruego también que cuando a ella le toque dejar este mundo y al final de la luz me vea esperándola, no se sorprenda; se me acerque como en la Terminal 1 de Barajas con su sonrisa-sandía y me diga: “Holaaaaa…” La voy a abrazar tan fuerte como la primera vez y de la mano la voy a llevar conmigo al infinito, a la eternidad, con los dioses.

Por último, en este relato en el que he contado lo que ella y yo vivimos, tengo que decir casi como una súplica, que doy la mitad de lo que me queda de vida, y que no es mucha ya por cierto, por volver a vivir juntos los cinco maravillosos días en Lisboa y aquél 11 de abril.

“A Fernanda”

martes, 8 de marzo de 2011

Así como se lo cuento. Capítulo 6.

Lisboa, diminuta e infinita. Descubríamos cada lugar con asombro; hacia allí íbamos, nos internábamos, como una vez en la Catedral de la ciudad que se nos antojó el mejor lugar para pedir por un buen futuro de nuestro amor, y lo hicimos, rogándole al Señor que nos diera una señal: Dinos que lo que estamos viviendo no se terminará nunca. Y, en el silencio del inmenso recinto, de pronto, sonó un celular; nos reímos y dijimos: No, esa no puede ser la señal que nos da el Señor, volvamos a pedírselo otra vez. Luego de unos segundos de paz la ansiada señal llegó, desde mi estómago por el hambre. Salimos de allí riéndonos como locos, divertidos, con ella tomándose las mandíbulas por el dolor en sus pómulos de tanto reírse.

Un mediodía, muertos de hambre después de caminar y caminar contando retacitos que forman baldosas, nos metimos en un restaurante hindú, pero no comimos nada típico sino unas lagsañas que estaban sabrosísimas. Charlábamos y charlábamos en ese lugar sin que nada nos distrajera. De pronto nos dimos cuenta de que había vida a nuestro alrededor, aunque no quedaba nadie, habían comenzado a cerrar y nos tuvimos que ir después de cuatro horas sin parar de conversar, comer y tomar vino. El tiempo se había detenido para nosotros.

Un día, vimos una cantina perdida en una de esas callecitas que subían y dijimos: Este debe ser un buen lugar para comer algo rico de Portugal. Era pequeñita y sin turistas, sólo parroquianos, bien lisboeta, sin otro idioma que el portugués, con nuestro español rompiendo la monotonía. Comimos como los dioses una cazuela de pulpos con un vino tinto que nos puso soñolientos. La panera que a ella le encantó y que quiso saber dónde poder comprarla, terminó en su cocina mexicana por la amabilidad del señor regordete que nos atendió con su delantal blanco atado a la cintura; seguramente era el dueño del lugar.

Otra noche fuimos a cenar a los Altos de Lisboa, así se llama la zona, y queda en plena ciudad. Para llegar hay que subir por calles empinadas y veredas de escaleras; es el lugar de la noche en la ciudad donde van todos los que quieren divertirse y pasarla bien. Hacia allá fuimos por recomendación de un conserje del hotel, un señor mayor que le confesó a ella con lágrimas en los ojos, que cuando era joven se enamoró de una chica mexicana, pero, cuando la joven regresó a América jamás la volvió a ver. Creo que se lo contó porque también se enamoró de mi mexicana tan amada. Me causó mucha pena esa confesión y miedo a la vez por el futuro que nos esperaba a los dos.

Esa noche, paramos a un señor en una plaza de los Altos, para pedirle que nos recomendara un buen restaurante allí para comer bien y escuchar fados, la música portuguesa tan melancólica que, creo, por la melodía triste supera al tango en eso. Este señor, habló y habló mirándome a mí como si yo le entendiera perfectamente, explicándonos como llegar al mejor restaurante, y se fue deseándonos suerte. No entendí ni jota. Ella no sólo comprendió todo, sino que hasta se enteró de como estaba compuesta su familia y en dónde vivía. Luego me guió feliz al lugar recomendado, un restaurante que para los dos sería inolvidable: El Café Luso.

Caminamos por callecitas angostas, flanqueadas por casas de dos o tres pisos, con balcones de madera y en ellos la ropa lavada colgada esperando el día para secarse al sol. Llena de jóvenes y turistas, esas calles sin vereda, que se amontonaban en la entrada de cafés, bares, restaurantes, de los cuales se escuchaba toda clase de música y ruido. Todo el mundo hablando a los gritos, riéndose y nosotros juntitos, callados, observando cada detalle, felices y afortunados de estar allí. Nos dieron una mesa en el restaurante a media luz, una vela iluminaba cada una de las mesas; pedimos nuestra comida, un vino tinto que nos iba a calentar la garganta, y disfrutamos del show que dos hombres y una mujer daban cantando esa música triste, melancólica, acompañados por una guitarra y una mandolina. Todo era más que perfecto: el vino, la comida, la música y ella casi en penumbra sentada frente a mí en la agonía de mi vida; esta vida que me daba la oportunidad de vivir algo que hubiera soñado en otro momento y en otro lugar.

La cantante, recorrió luego cada mesa ofreciendo su disco, se lo compré pidiéndole que nos lo dedicara; lo hizo con nuestros nombres deseándonos suerte. Le dijimos que ella era de México y yo de Argentina, y la mujer, Elsa Laboreiro era su nombre, nos miró con un quedo de tristeza como presintiendo un futuro nuestro si esperanzas por la enorme distancia que nos separa. Nos deseo suerte de corazón.

Salimos de allí ya tarde para volver al hotel, besándonos en cada farola, preparándonos para hacer el amor como todas las noches antes de que el sueño nos venciera, y luego, casi sin darnos cuenta, dormirnos abrazados como siempre. Despertados todas las mañanas por unas palomas que llegaban a nuestra ventana, nos perdíamos el desayuno del hotel por hacer el amor nuevamente, y meternos juntos en la ducha dejando que el tiempo pase sin prisa; éramos dueños de la vida, de todo lo que nos rodeaba.

Los cinco días pasaron porque el tiempo no existe, el tiempo es el momento en que uno vive y al minuto siguiente cambia. Y cambió para mí en ese aeropuerto a la hora de volver a Madrid. Todo había salido soñado, único, sin nada que entorpeciera ni un instante lo que vivimos en esa ciudad, pero un empleado de la aerolínea, allí en el mostrador de ese caótico aeropuerto, me exigió mi boleto de vuelta desde Madrid a Buenos Aires, si no, no me dejaba entrar a España. Un imbécil con todas las letras ese joven portugués, que en su primitivo español trataba de explicarme lo que no tenía ningún sentido. Por supuesto que mi pasaje electrónico impreso de una computadora había quedado en Madrid. No me dejó embarcar. No hubo caso, ni las consultas a sus compañeros en el mostrador, que creo, ni ellos entendían lo que me pedía hizo que me diera el lugar que me correspondía en el vuelo. No viajé. Fue para ella y para mí la primera despedida en un aeropuerto. Llorando se fue casi sobre la hora de embarcar después de abrazarnos desesperados por tener que separarnos involuntariamente, luego de haber vivido días y noches maravillosas. El autoritarismo estúpido de un chico, porque era muy joven, me dejó solo con mi maleta y mi cámara de fotos, viéndola perderse entre la gente para tomar el avión. Fui estafado por Vueling (así se llama esa compañía española) porque me obligaron a sacar otro pasaje para dos días después, no había lugar para el otro día. Volví a la albergaria rogando que hubiera un lugar para mi; por suerte me dieron la habitación 15, justo debajo de la que había sido nuestro nido de amor. Allí me quedé, solo en Lisboa, una ciudad que ya amaba mucho pero que en un pequeño momento odié por la ineficacia de un empleado portugués. Dos días después, en ese mismo mostrador de la aerolínea, no me exigieron nada de lo que ese joven me había pedido, sólo me dijeron: “Buen viaje.” Eso lo entendí perfectamente.

Lisboa fue mágica y de ensueño para nosotros, nos lleno de ilusiones futuras difíciles de concretar, pero nuestra inconciencia por un amor tan grande, no tenía límites a la hora de hacer planes. Ella soñaba con tener una vida conmigo, lamentaba realmente no haberme conocido antes, e hicimos dos pactos en nuestra locura, dos pactos de amor: Nos propusimos ser amantes eternos pasara lo que pasara en nuestras vidas futuras. Si no podíamos estar juntos, siempre buscaríamos la manera de volver a vernos y hacer el amor. Con viajes de uno o del otro, a Buenos Aires ella o a Madrid yo, pero amarnos hasta que uno de los dos no pudiera más porque la vida se le acabara. El segundo pacto se cumplirá después de la muerte, después de irnos a otra vida. El primero que se vaya esperará al otro en la luz, para que no tema nada, y tomándolo de la mano lo guiará hacia los dioses. Seré yo esa vez el que estará allí esperando porque me iré primero, es la ley de la vida, como debe ser, ella es muy joven y tiene mucho por hacer todavía en este mundo.

jueves, 3 de marzo de 2011

Así como se lo cuento. Capítulo 5.

A la mañana siguiente me despertó el canto de una sirena, o de una alondra, no sé; era algo cautivante que venía de lejos, de otro lugar, e imaginé a los marinos de Ulises poniéndose cera en los oídos para no ser atrapados para siempre, e ir a parar al fondo del mar con una de esas mujeres con cola de pez. No me puse cera ni me até a la cama; me levanté y seguí el sonido de ese canto hasta meterme en el cuarto de baño y descubrirla a ella, con un duchador, arrodillada en la bañera dejando que el agua tibia se deslizara por su cuerpo desnudo, cantando con una enorme dulzura algo muy suave en francés, para mi más dulce que el gorrión de París. Me miró sonriendo de oreja a oreja, sonrisa sandía como les conté que la llamé, y me dijo con ternura, a la vez con picardía: “¿Qué pasa mi amor? ¿Te desperté?... Perdona…” Me metí en la bañera inmediatamente. Todas las mañanas que estuviéramos juntos, la escucharía cantar en la ducha; ahora sé que es uno de los momentos que más disfruta en el día.

Nos fuimos al aeropuerto, a la Terminal 4 de Barajas, para abordar el avión que nos llevaría a Lisboa. No habíamos completado ni dos días de vernos cara a cara y ya partíamos de luna de miel, sí, porque lo que vivimos el día y la noche anterior fue nuestra noche de bodas. Sabina canta: “Que todas las noches sean noches de bodas, que todas las lunas sean lunas de miel.” Así sería cada minuto que pasara con ella; pegados, juntitos disfrutaríamos cada momento como dementes, inconcientes y a la vez inolvidable.

A la hora de vuelo, Lisboa se presentaba bajo nuestro como una gran maqueta de color uniforme: con sus puentes que cruzan el río Tajo, ese río que desemboca en el Atlántico y nos puede llevar a Toledo sin escalas. Lisboa maravillosa, tan pequeña, se la veía toda mientras alcanzaba el avión el aeropuerto, un lugar, ese aeropuerto, caótico como cualquiera de ciudades latinoamericanas o, me imagino, asiáticas. No lo sé, simplemente se me ocurre que es así por la cantidad de gente yendo de un lado a otro con sus equipajes, nerviosos y apurados, atropellándose con un perdóneme usted dicho en mil idiomas. Se me hizo una verdadera Torre de Babel con todo el mundo sin saber qué hacer. Una hora y media hicimos la cola para tomar un taxi que nos lleve a la albergaria que ella había reservado por Internet, y al llegar, el taxista dándose vuelta nos preguntó si estábamos seguros de que ese era nuestro hotel; ni a él le gustó. Entramos preocupados, las fotos decían otra cosa, no nos gustó ni siquiera la habitación de tres por tres; la número 25 que nos tocó. Salimos corriendo al centro de la ciudad buscando otro hotel después de dejar nuestras maletas allí, y de paso comernos una tosta de jamón y queso por el hambre atroz que teníamos, pero la proximidad de los días de pascua tenía a la ciudad atestada de turistas; no quedaba nada más. Resignados, volvimos a nuestra albergaria, nos acostamos sobre la cama observando cada rincón de la número 25, e hicimos el amor como ya habíamos aprendido, como nadie lo puede hacer salvo nosotros, para luego darnos cuenta de que amábamos a ese cuartucho de hotel con tan poco espacio para movernos. Éramos los seres más felices de la tierra.

Lisboa, hermosa y eterna ciudad del amor, así la siento y la recuerdo, con su gente amable hablando un idioma incomprensible; todos lo son para mí porque salvo el que hablo, nunca tuve facilidad de comprensión con otras lenguas. Para ella es fácil, enseguida entiende todo y por eso habla francés e inglés perfectamente. El portugués de mis vecinos brasileños no me resulta difícil de comprender, será porque viven rodeados de países de habla hispana; algo de influencia tuvimos en su idioma, pero el portugués de Portugal, aunque están pegados a España, creo que sólo lo entienden ellos. Ella, preguntaba lo que queríamos saber para llegar a tal o cual lado y hacia allí me guiaba risueña, feliz, diciéndome por mi torpeza: “Me encantas, mi amor”.

Fueron cinco días maravillosos los que vivimos allí, paseando por sus callecitas pequeñas, empedradas, con vías de los tranvías que circulan y en los que viajamos. Balcones de madera perfumados por las macetitas llena de flores de todos los colores. Cantinas parecidas a algunas de la Boca, pero con el aroma a las delicias de esa ciudad diminuta para mi y por eso, imagino, llena de duendes. Caminábamos kilómetros por día, cansándonos, porque en Lisboa todo baja y sube. Íbamos hacia arriba por veredas con escaleras o bajábamos por otras casi deslizándonos. Juntitos siempre, tan pegados que era como si su brazo izquierdo no existiera y mi brazo derecho tampoco, o viceversa. Muertos llegábamos a la albergaria después de un día descubriendo cosas con la intención de descansar antes de salir a cenar, pero nuestra pasión podía más, y uníamos nuestros cuerpos exhaustos porque siempre les quedaba un resto para hacer el amor.

Nos reíamos mucho; a ella le divertía mi torpeza de poco viajado, como la vez que quise tomar un tranvía parado y resulta que no se movía porque no tenía ruedas; era simplemente una oficina de turismo. “Me encantas, mi amor” me decía.

Un niño en una calle peatonal, llena de gente, tocaba el acordeón con un perrito a su lado que sostenía un sombrero para que depositaran unas monedas los transeúntes, a la media cuadra vimos a otro y yo creí que era el mismo que rápidamente se había cambiado de lugar. “Me encantas, mi amor” nuevamente como burla risueña salía de sus hermosos labios. Hay chicos con acordeones y perritos por toda la ciudad. Salíamos de un restaurante y si había que ir hacia la izquierda yo encaraba a la derecha; suficiente para escuchar el “Me encantas, mi amor” que me obligaba a volver sobre mis pasos. Ella, se orientaba perfectamente, mientras para mi Lisboa era un laberinto. Como lo es Madrid, ciudad en la que me cuesta saber hacia donde está el norte, o el sur. En Buenos Aires, el Río de la Plata al este, me resuelve rápidamente el problema.

Me decía: “Estoy en la gloria” cuando le preguntaba como se sentía en esos días conmigo, allí en Portugal. “Es la luna de miel que no tuve, son los días más gloriosos que he vivido.” También para mi era así, felices, únicos, con una intensidad absoluta. Cada segundo sería inolvidable luego cuando partiéramos de allí, por eso cada instante lo vivíamos como si fuera el último respiro en esta vida. Guardábamos en nuestras retinas todo lo que observábamos para que nos quede para siempre y desempolvarlo alguna vez como yo lo estoy haciendo ahora. Mi enorme cámara de fotos colgada de mi cuello, que me doblaba un poco hacia delante por el peso, registraba cada rinconcito en donde ella se parara y, hoy, impresa en un papel, me queda como recuerdo de ese instante de la vida tan maravilloso que pasó ante mis ojos.


sábado, 26 de febrero de 2011

Así como se lo cuento. Capítulo 4.

Salí del baño, sólo con la toalla a mi cintura, ella, en su cocinita se preparaba un té. Me acerqué y me miró sin dejar de sonreír, aunque un poco sorprendida por mi atrevimiento porque esperaba, verdaderamente, que me fuera a dormir. La besé nuevamente. La tomé de su mano y la llevé sin decir nada a su dormitorio, recámara para ella, le saqué suavemente el pañuelo del cuello que ni siquiera se había quitado. Le desabroché los mil botoncitos perlitas de su suéter, desnudándola muy despacito mientras la acariciaba y besaba. Ella, se quitó las medias que siempre usa hasta sus muslos, y ya, sin la toalla, me acosté sobre su cuerpo desnudo en la cama. Con mucha dulzura nos besamos, acariciamos en silencio, y me metí en su intimidad hasta que no pudo más y murmuró un ‘’te amo’’, largo, sentido. Pronuncié entonces lo que esperaba decir desde tiempos inmemorables: ‘’Por fin…’’

Estuvimos horas en la cama desnudos, ella de espalda, yo casi encima, dando vueltas como las agujas del reloj, hablando, riéndonos mucho y haciendo el amor una y otra vez. Me dijo que jamás le había pasado algo así con nadie, ni con su ex esposo. Nos besamos infinidad de veces durante largo rato sin parar; era también nuestra manera de hacer el amor. Nos acariciábamos mirándonos, como no creyendo lo que estábamos viviendo, y de hecho era muy extraño que nos estuviera pasando eso después de habernos visto sólo una vez durante una hora y media de nuestras vidas. Yo le decía que no llevábamos ni un día entero de conocernos pero que éramos amantes eternos. Ella me aseguró que venía de nuestras vidas pasadas. Estábamos viviendo lo que seguramente ya habíamos vivido a través de los siglos, pero que no recordábamos, por eso todo era nuevo para nosotros. Luego de horas de amor, el sueño me venció y quedé profundamente dormido, desnudo en su cama. Ella se quedó sentada en el piso, con su espalda contra la pared, observándome dormir durante un largo rato, feliz de tenerme allí y agradeciendo a los dioses que eso sucediera.

Los miedos desaparecieron para los dos, los sueños se hacían realidad y para mi esa mujer era lo más bello que existía sobre la tierra. Para ella, yo era muy guapo, me lo decía todo el tiempo. Descubrí que usaba lentes de contacto, era por eso entonces que me creía guapo, pero yo con mis anteojos veo perfecto, lo suficiente para saber que es hermosa. Su cuerpo desde ese momento no tuvo secretos para mí y el mío para ella tampoco; nos recorrimos cada poro de nuestra piel, cada lugar íntimo fue descubierto el uno del otro. Éramos un sólo ser, con los mismos pensamientos y los mismos gustos al hacer el amor. No nos tuvimos piedad.

Dormí sólo una hora y media. Cuando desperté, en la posición en la que estaba en la cama, traté de ubicarme: me encontré en un lugar desconocido por unos segundos hasta que me di cuenta de que era su recámara. La puerta estaba cerrada, ella no se encontraba a mi lado. Me levanté, salí del cuarto y la vi de rodillas en el piso de espaldas hacia mi, con sólo su ropa interior puesta. Buscaba algo, pensé en atacarla pero se dio vuelta y me dijo: “Holaaaaa, se me cayó una perlita de mi aro…¡Acá está! ¿Dormiste bien mi amor?” Es una mujer que tiene la gran virtud de enamorar a todos y cada uno de los hombres que se cruzan por su vida, eso hoy lo sé después de conocerla bien. Es muy inteligente, dulce, cautivadora, seductora y enigmática. Esa actitud desinhibida buscando su perla, fue una constante en nuestra relación. Con cada cosa que hacía lograba que me volviera loco de amor. Sentía ganas de morderla, hacerle daño, quería oírla gritar, pero no soy violento entonces mi actitud era la de estar acariciando absolutamente todo su cuerpo el tiempo que me fuera posible.

En nuestras charlas por teléfono nos decíamos que cuando estuviéramos juntos, por la magnitud de la distancia que nos separaba, viviríamos pegados como abrojos. Así estuvimos ese 11 de abril y en los días siguientes. No podíamos separarnos más de algunos pocos centímetros uno del otro, por temor a que volviera a existir la distancia de continentes que era nuestra realidad física. Desnudos como estábamos, sólo con nuestra ropa interior, comimos algo, es decir lo poco que tenía para hacerlo porque al otro día viajábamos, sólo quedaba algo de carne para cenar esa noche. La comida que sirven en el avión siempre tiene gusto a poco y yo tenía hambre.

Ya era la tarde. Debí salir un rato para visitar a una persona a la que le prometí parte de los alfajores y el dulce de leche que tanto habían pesado en mi bolso. Me cambié para irme y nos despedimos con su súplica de que volviera pronto. Después de cumplir con esa promesa, volví a su casa en el Metro haciendo combinación en Plaza de Castilla, allí mismo donde dos edificios se miran inclinados uno hacia el otro como desafiándose. Ese martes 11 de abril, con mucha gente en las estaciones, el viaje de vuelta se me hizo interminable, tedioso, más que las doce horas que había volado. La extrañaba como loco, no veía la hora de llegar y me parecía que el tren tardaba más de la cuenta. La extrañé como la habría de extrañar siempre que me separara de ella, sin tener conciencia en ese momento de cómo sería después la dolorosa realidad que me tocaría vivir cuando volviera a Buenos Aires.

Bajé en Cuzco, caminé esas dos calles que tantas veces recorrería después, subí a su piso y ella me recibió tirándose a mi cuello casi con desesperación y diciendo: ¡Te extrañe, te extrañé tanto mi vida!.. No podía más, mientras preparaba mi maleta para mañana casi lloraba porque no estabas aquí, ¡te amo, te amo, te amo! Nos quedamos varios minutos abrazados porque a mi me había pasado lo mismo ¡Por Dios como la amaba! ¡Cómo nos amábamos!

Ya eran más de las nueve de la noche, preparó la cena: una carnita como la llamó, no quiero compararla con los bifes nuestros de cada día. Acompañada por unas verduras con guacamole, más alguna cosita mexicana que estaban muy ricas. Abrimos un vinito francés que tenía en su despensa y pusimos a Piazzolla para que nos acompañara con su música mientras cenábamos. Todo era perfecto; la mesa decorada con delicadeza, ella es experta en eso, las miradas, dos velas encendidas, el sabor de la comida que disfruta siempre; eso lo iba a comprobar yo cada vez que comíamos en algún lugarcito de donde estuviéramos. El vino tinto que nos calentaba hasta el alma y los tangos que nos llegaban al corazón. Luego, en su sillón del living, nos quedamos pegados como abrojos escuchando la música mientras mirábamos la luna rodando por Callao. Metió su cara en mi pecho de tal manera que le pregunté si estaba cómoda así porque ni respirar la oía; me dijo, sin abrir los ojos, que estaba muy feliz.

Luego de no sé cuanto tiempo de estar extasiados y viajando por las estrellas hacia otros mundos, quizá a alguno de esos en los que habíamos vivido esto en otras épocas, nos fuimos quitando la ropa para hacer el amor allí, en ese silloncito de estilo que está en su living que amo tanto, para seguir en su cama hasta quedarnos profundamente dormidos abrazados, “cucharita”. Al otro día, un avión, esta vez en la terminal 4 de Barajas, nos esperaba para llevarnos directamente a nuestra luna de miel, en Lisboa, después de haber pasado el mejor día de nuestras vidas: aquél 11 de abril.

martes, 22 de febrero de 2011

Así como se lo cuento. Capítulo 3.

Aquél 11 de abril, yo era un “hombre solo” en la inmensidad de ese aeropuerto. Parado al final del largo pasillo de la Terminal 1, observé hacia mi derecha todo el camino que lleva a las Terminales 2 y 3 pasando por la estación Aeropuerto del Metro de Madrid. Como a doscientos metros, o más, el pasillo toma una curva, por eso, más allá no se ve que pasa. Cuando salí de la zona de arribo, vi poca gente esperando a los pasajeros: dos o tres hombres, una pareja, alguna mujer y nada más. Todos los mostradores de las aerolíneas estaban cerrados y sólo se veían persianas bajas en una auténtica soledad. La busqué mirando hacia todos los lados posibles y no la veía, aunque ella, no podía haber dejado de verme cuando salí porque los pasajeros lo hacíamos con intermitencia unos de otros. Pensé que me estaría observando desde un escondite detrás de una columna; busqué algún hombre con los brazos en jarra y a ella mirándome desde el otro lado: no había nadie así. Me invadió la incertidumbre. Miré hacia fuera, sólo un taxi estacionado, o pasaba de pronto un bus con el logo de algún hotel.

Todavía no amanecía; hacía frío. Esperé unos minutos, bajé la vista hacia el piso y me di cuenta de que ella no estaba de verdad, no había ido a buscarme, se arrepintió, me dije a mi mismo. Alguna vez en mi vida alguna chica me dejó plantado en una cita, ¿pero esto? Esto no tenía sentido. Hice 10.000 kilómetros para que me dejasen plantado como a un tonto. Pensé que ella tomaba conciencia de toda esa locura y decidió quedarse en su casa dando por terminado el romance platónico que hasta ese momento habíamos tenido. Me quedé allí inmóvil unos minutos más esperando, perplejo, a que algo sucediera. Revisé mis bolsillos y encontré unas monedas de euros, céntimos para los españoles, que me quedaban del viaje anterior, busqué algún teléfono público y descubrí, como a cincuenta metros, una hilera de ellos, hacia allí fui. Metí no sé cuántas monedas en la ranura porque no sabía cuánto costaba llamar y marqué el número de su móvil; me atendió y le dije: ‘’Hola… Llegué… Estoy aquí en…” ¿En la Terminal 1?’’ me interrumpió… ‘’Quédate ahí que estoy llegando en diez minutos, me quedé dormida, no te muevas de ese lugar’’. Cortó.

Volví a mi lugar en el pasillo con la cabeza gacha y pensando: “Se quedó dormida, no lo puedo creer. ¿Cómo se va a quedar dormida? Yo no hubiera dormido en toda la noche… es inadmisible, ¡no…lo puedo…creer! Me apoyé contra una columna, con mi equipaje delante mío, metí las manos en los bolsillos del jeans gris oscuro que llevaba puesto, además de una remera fucsia de la que apenas se veía una línea del cuello porque tenía encima un suéter negro liviano, mis zapatillas Nike clásicas negras con el iso blanco y una campera corta de cuero marrón gastado. Así estaba, con el pelo corto y más gris que dos años y medio atrás, con alguna arruga más en mi rostro que ella no había visto, esperando el momento de verla aparecer.

Pasaron veinte minutos y, allá a doscientos metros, al fondo, donde la curva del pasillo dejaba ver lo que iba o venía, observé la figura de una mujer con el pelo castaño claro venir muy derechita caminando con pasitos rápidos. Miré al piso como pensativo y dejé que se acercara; cuando la imaginé cerca, levanté la vista y la vi como a veinte metros encarando muy decidida hacia mí con una enorme sonrisa de oreja a oreja, “sonrisa sandía” la llamé desde ese momento. Era tal cual la había visto la noche que murió mi madre. Esa era ella, la verdadera, y no la de las fotos distintas para mi que me confundían. Llevaba puesto una falda gris cuadrillé, tacos bajos, un suéter muy liviano beige también clarito ajustado al cuerpo con mil botoncitos perlitas abotonados y un pañuelo de seda al cuello que la envolvía hasta el mentón. Su bolso azul oscuro que siempre la acompañaría en su mano derecha, iba casi lustrando el piso. “Debe estar muerta de frío”, pensé.

Se puso a centímetros de mí y en una actitud valiente, lanzó un “holaaaaa” largo y madrileño como acentuando la “a’”, me besó en la boca apenas sin tocarme con sus manos, yo la abracé muy fuerte contra mí, me quedé así unos segundos, pensando en que si lo que estábamos haciendo estaba bien. Luego la miré cara a cara a diez centímetros, ella seguía con su sonrisa que era la primera vez que veía porque aquella noche no la había visto sonreír; y la besé dos o tres veces en su boca roja que me dejó huellas en mis labios. Cuando hablábamos por teléfono, en esas largas charlas que teníamos antes de que yo viajara, nos decíamos de los miles de besos que nos daríamos en el aeropuerto, pero los nervios nos traicionaron. Nos separamos. Sugirió que nos fuéramos en taxi, pero para mí, 25 euros hasta su casa era un dinero que lo aprovecharíamos mejor en Lisboa, así que le propuse tomar el Metro. En Madrid, “vaya donde vaya, el Metro lo deja” y de su casa sólo estaba a dos calles. Caminamos unos diez minutos, yo no dejaba de mirarla, lo que hacía que se pusiera cada vez más nerviosa, pero para mi era increíble estar con esa mujer que sólo había visto una vez y hace tiempo, y ahora la había besado como viejos amantes que se encuentran después de una larga separación. Tomamos el Metro sin hablar casi, o diciéndonos pavadas como: “Viaje bien… Estuve leyendo anoche hasta tarde y me quedé dormida… En el avión no duermo así que llevo horas despierto… Cuando me di cuenta de la hora salí volando para acá… Creí que te habías arrepentido… Bueno, si me arrepentía seguías la flecha hacia el Metro y te ibas a algún lado… ¡Ah! qué bromista sos… ¿Cómo piensas eso?”

Bajamos en la estación Cuzco del Metro; ya amanecido, caminamos por la calle Sor Ángela de la Cruz. El barrio me gustó mucho. Madrid es lindo por donde se lo mire. Un lugar distinguido como se la veía a ella caminando derechita con su bolso y sus rodillas rozándose. Yo llevaba mi maleta arrastrando y un bolso en mi hombro con mucho esfuerzo porque estaba cargado de alfajores, dulce de leche, mi cámara de fotos y dos discos de tangos. Ella nunca intentó ayudarme, por eso le pregunté con sorna: ¿Cómo estás? “Feliz” me contestó sin dejar de sonreír, mirando al frente como una princesa. A mi me gustaba su altanería.

Ya en su departamento, pequeño pero muy bonito, me enseñó cada cosa que me había descrito en sus mail y en las charlas que tuvimos: Sus plantas, una jaula con periquitos que no paraban de chillar, un pequeño balconcito adornado con estilo andaluz, su cocina de estilo mexicano. Yo estaba muy feliz de estar allí. En el medio del living nuevamente la abracé y la besé, pero ahora lo hice con pasión, con caricias y diciéndole cuanto la amaba. Nos mirábamos a los ojos estudiándonos, preguntándonos sin hablar del por qué habíamos esperado tanto para ese momento que deseábamos. Sus labios carnosos me eran dulces y sentía ganas de morderlos hasta hacerle daño, mis labios pequeños se perdían en la inmensidad de su boca que tanto había mirado en la pantalla de la computadora preguntándome como sería besarlos. Ahora lo estaba haciendo y podía quedarme así todo el tiempo que quisiera porque ya no era un sueño, era real, la tenía con toda su anatomía pegada a mi cuerpo. Luego, le dije que necesitaba ducharme y afeitarme, además llevaba muchas horas sin dormir, no como ella que se había quedado dormida esa mañana incomprensiblemente.

Saqué mis cosméticos de la maleta, me dio una toalla diciéndome que luego quería que descansara; ella velaría mi sueño. Me afeité y duché en su baño que es toda una paquetería de buen gusto. Secándome, desnudo, me quedé mirando al espejo un buen rato sabiendo que no iba a dormir, no, quería hacer el amor y me preguntaba siendo ella tan joven si todo saldría bien de mi parte, pero me sentía más que bien a pesar del cansancio por tan largo viaje. Era un reto, no podía fallar.

sábado, 19 de febrero de 2011

Así como se lo cuento. Capítulo 2.

Ella y yo nos encontraríamos en Barajas y había que planear de que manera, en que momento estaríamos juntos, solos, dónde, y por supuesto cómo sería cada segundo nuestro en Madrid. Lo programó con su ansiedad por tenerme; todo se presentaba correcto. Pensó en que deberíamos irnos de la ciudad a algún sitio lejano. Imaginó viajar a Córdoba o Galicia, pero al fin lo decidió: Lisboa era un buen lugar para escaparnos. ¡Qué locura! Ni nos conocíamos casi y nos iríamos a una habitación de tres por tres en Lisboa. Para mi era impensado, irracional. Lo hablábamos y nos divertía mucho la situación imaginándonos en ese hotel que finalmente encontró por internet y que contrató por mail: una albergaria en una ciudad que ella ya conocía pero que para mi era un mundo nuevo. Compró los pasajes de avión Madrid-Lisboa y ya no había vuelta atrás; abril estaba planeado.

El avión de Air Madrid en el que yo viajaría, llegaría al aeropuerto de Barajas a las siete y treinta de la mañana del martes 11 de abril y ella iba a estar allí, esperándome en la Terminal 1. Todo era tan extraño, que me daba lugar a hacerle bromas sobre ese momento que íbamos a vivir después de tanto tiempo sin vernos. Le decía que se escondería detrás de un hombre con los brazos en jarra a la cintura, para espiar a través de ellos, hasta verme aparecer con mi maleta y si no le gustaba como me veía, salir corriendo hacia su casa dejándome solo allí.

Me preparé para el viaje con la culpa de haber dejado todo por ella. Los últimos días en Buenos Aires los vivía con temor a que algo sucediera y me impidiera viajar. Quería que los días que se me hacían interminables pasaran rápido, mientras nos escribíamos y hablábamos dejando que el destino hiciera lo que quisiera con nosotros. Soñábamos conque ese destino nos diera una sorpresa grata e inolvidable; lo que pasaría con nosotros en mis días de abril en Madrid no nos asustaba porque nos sentíamos tan seguros de nuestro amor que nada podía salir mal.

El 10 de abril, día de mi partida, me moví en el aeropuerto de Ezeiza casi deslizándome, con mi corazón bombeando muy pausadamente, sin prisa. Quería vivir cada minuto como si fuera el último, disfrutar cada segundo del viaje sin ansiedad. Así me sentía, no estaba nervioso porque lo que estaba haciendo me gustaba más de la cuenta. Siempre me atrajeron los aeropuertos a pesar de lo poco que he viajado: amo las esperas caóticas por la salida del vuelo, la gente con sus maletas yendo de un lado para el otro, los monitores que anuncian las salidas y llegadas, las largas veredas metálicas que lo llevan a uno sin caminar. Cruzar la manga que me lleva hacia el avión, la comida chatarra en bandejas de plástico o de cartón que sirven las azafatas. La sensación de irme hacia otro lugar lejano y, lo más extraño, saber que en pocos minutos ya estoy muy lejos de donde vivo. Ver todo desde el cielo es increíble, volar no tiene sentido si nos imaginamos que estamos dentro de una máquina pesadísima, que por más que me lo expliquen, jamás entenderé como hace para elevarse y menos para desplazarse como un pájaro en el aire. Los campos, las ciudades, los ríos, los valles, el océano inmenso e interminable, el cruzar la cordillera de Los Andes, como lo he hecho en más de una oportunidad. Ver todo desde el cielo es una gran suerte que tenemos los que nos ha tocado vivir desde el siglo pasado hasta acá. Volar es maravilloso para mí y por eso quería expresarlo en este párrafo.

El avión iba casi completo, por eso me tocó estar solo en mi lugar casi a la cola. No duermo en los vuelos porque no lo puedo hacer sentado. Miraba, cuando anocheció, las luces de ciudades sudamericanas allá abajo como libélulas por la forma extraña y divina que forman. Pensaba en esa mujer que me esperaba pero también en todo lo que quedaba detrás de mí, allá lejos. El largo recorrido sobre el océano tan negro como la noche, con monstruos marinos que tratan de atraer a la nave con sus encantos, pero, por suerte, como el avión no piensa, no siente, sigue su camino con su carga de seres humanos que sí piensan y sienten, por eso, si esos monstruos descubrieran esa carga, sus cantos que encantan estarían dedicados a esas personas y muchos aviones se precipitarían al mar para ser devorados sin piedad.

Fue un viaje tranquilo, con la comida servida a tiempo para matar el tiempo más que el hambre, un par de películas para matar la ansiedad y el desayuno a casi metros de empezar a volar sobre el continente europeo. Observé a mi derecha las luces de Las Canarias, e imaginaba a sus habitantes soñando con sus historias distintas y quizá alguna como la mía. Calculaba el tiempo que faltaba para llegar al aeropuerto de Barajas, y a ella, ya despertándose para ir a esperarme a la Terminal 1 de ese inmenso lugar no sé cuantas veces más grande que el nuestro de Ezeiza. Desde allí, todo empezó a ser raro, extraña sensación por lo que iba a suceder, la vería otra vez cara a cara después de dos años y medio. Y fue en el momento en el que los tímpanos parecen hincharse, en el que todo se siente lejano por una sordera inesperada, en el que el estómago sube hasta la garganta por descender varios cientos de metros repentinamente, y cuando sólo el zumbido de las turbinas se escucha como entre sueños, porque ya nadie se mueve de su lugar, en el que caí en la cuenta: ¡Qué diablos estaba haciendo yo a 10.000 kilómetros de mi casa y sobre suelo español!