miércoles, 29 de mayo de 2013

La historia de mi vida.


Todo empezó con un café en La Recoleta. Al aire libre. O mejor dicho cuando a metros de ese café, la vi con sus ojos húmedos mirando la nada, y con las piernas cansadas por esperar más de una hora a un amor que inmediatamente pasaría a ser: un ex amor.

Odio a los hombres. Me dijo. Son todos iguales. Sólo quieren llevarte a la cama y después te dan una patada…

Reconozco que no me acerqué a ella sólo por las lágrimas en sus ojos. Esa fue una excusa. Vi una oportunidad de compartir mi solitaria tarde, con alguien que causaría envidia a algún amigo mío si me hubiera visto con tan hermosa mujer. Después del café caminamos por Plaza Francia rozándonos la piel de nuestros brazos, charlando de la vida o más bien de pavadas que la hicieran reír. Mechando nuestra conversación con alguna mirada de soslayo. El piso, sus zapatitos, los árboles y el cielo eran sus puntos de referencia en ese campo de batalla. Su nariz recta, sus ojos marrones oscuros, su pequeña oreja izquierda, su cabello castaño con alguna cana que se escapó del teñido y su cuello que soñaba con morder, eran los míos.

Mordí ese cuello pocos días después en mi campo de batalla: mi casa. Desordenada por no poder pagarle a una señora para que mis pocas pertenencias no parezcan desconocidas por mí mismo. Comenzamos una historia de pobres. Rara vez una salida a cenar, alguna al cine, visitas a galerías de arte y cafés literarios. Hay algo que me ha caracterizado en los últimos tiempos: la falta de dinero, como así también enamorarme para que me internen. Por suerte algún encanto me queda porque ella cayó en mi trampa de seducción. Comenzó a amarme con mi misma locura. Un milagro para un tipo como yo, que para ir a su casa, lo hacía con chofer: en el 118 que es el que más cerca me dejaba.

Me dijo, una y mil veces, que le gustaba mi manera de pensar, mi cultura, aunque para mí exagerara. Me decía que su ex, aquél que la dejó plantada el día que la conocí, era totalmente distinto a mí. Es muy básico, era su descripción de él. Entonces de qué te enamoraste, le pregunté. No sé, yo creo que en realidad no estaba tan enamorada. Él me tenía como a una reina; me llevaba a comer a los mejores lugares, me hacía regalos y me llevaba a Uruguay o Brasil, pero, en realidad, nunca fui una mujer que ambicionara esas cosas. Yo quiero amar como te amo a vos, sin importarme el dinero. Con él no podía hablar de otra cosa que no sea de sus negocios. Jamás logré que me acompañara al cine; siempre tenía una reunión con árabes o chinos como excusa. Andá vos, después me contás, era su argumento. El día que me dejó plantada, me llamó, después de una hora esperándolo, para decirme que lo perdonara pero que prefería terminar la relación así, sin discusiones y que además se iba de viaje por un tiempo. Yo creo que se fue con otra mujer. Ya lo notaba un poco raro últimamente. Creo que fue lo mejor que me pasó porque te conocí a vos… Ves, Dios existe.

Después de tal confesión de ella toqué el cielo con las manos. Bailé en una nube. Era la gloria para mí.

Cociné una carne mechada, al horno, con papas a la crema cuando cumplimos un mes. Es lo que mejor me sale. Me gasté una fortuna en un buen vino Malbec, un kilo de helado en la mejor heladería de la ciudad, o por lo menos la más famosa, y alquilé una película romántica que todavía no se había estrenado en los cines. Tengo un boliviano a la salida de la estación Olleros del subte D que siempre tiene lo que vendrá. Un capo el tipo. La cuestión es que con ese gasto no pude cargar el celular porque me quedé sin un peso, pero, ya había arreglado todo con ella el día anterior. La esperaba a las nueve de la noche. Yo no podía llamarla pero ella a mí sí. Me extrañó que no lo hiciera en todo el día, aunque sabía que su trabajo, (es una importante ejecutiva en una empresa multinacional) a veces no le da respiro.

A las once y cuarto de la noche sonó mi celular. Perdoname, no quiero que nadie salga lastimado, me dijo, pero es que anoche, él, tarde, se presentó en casa con flores, una botella de Don Perignon, rogándome que lo perdone y, algo que no pude resistir: dos pasajes a Miami para hoy. Estoy en Ezeiza a punto de embarcar y… Corté la comunicación y apagué el teléfono. Me fui a la cama sin cenar y sin postre.

Es la historia de mi vida.


martes, 1 de enero de 2013

Café, calentito el café.

El día que empezó aquel año terminé mi relación con ella. El día que terminó el año anterior a ese, empezaba mi relación con ella. Así era yo siempre: rápido para los negocios y lento para que perduren.

Un día fui millonario, hace tiempo, logré en un instante lo que a otros les lleva toda una vida: gané la lotería. Cuando cobré el dinero, contante y sonante, contraté -es una manera de decir- a diez mujeres hermosas para que pasaran una semana conmigo, con todas las "aspiraciones" habidas y por haber. Sólo duró un día; me durmieron y se llevaron toda la plata.
Un día me enamoré de una mujer que no viene al caso, al otro día la odié. No pude soportar que no supiera hacer un café que me mantenga siempre despierto. No soporto dormirme desde que aquellas mujeres me robaron.

El día que empezó aquel año supe que iba a ser el último en el que todo me durara "nada", porque me lo propuse. Así no puedo seguir, me dije, ayer conocí a la mujer más maravillosa que se ha cruzado con mi vida, y hoy la pierdo en un cerrar y abrir de ojos. Sí, porque cuando desperté ya no estaba. El aroma del café humeante recién hecho fue lo primero que se metió en mi nariz esa mañana. Por esa razón descubrí dos cosas importantes: algo más podía entrar por mi nariz y ella sabía hacer el más rico café sin que dejara de ser fuerte.
En los días, semanas y meses de aquel año la busqué sin descanso. En los años siguientes también. No volví a tomar café desde el día que empezó aquel año. Pero mi insistencia, mi propuesta a mí mismo, tuvo su premio.

El primer día de este año, la vi de madrugada salir de un cabaret. Flaca, desgarbada, mal vestida y peor pintada. Me desplomé. Mil años le pasaron por encima, y mil hombres también. Era un espantapájaros con su mirada perdida en un horizonte muy lejano.
Ahí nomás, el día que empezó este año, yo empecé otra vez mi relación con ella. Me cambió la vida. Entró nuevamente por mi nariz el aroma del café recién hecho y el perfume de su cuerpo. Nada más, lo juro.

El día que termine este año, sé que terminaré mi relación con ella. No podré soportar más que el día que empiece el nuevo año, mi vida siga siendo tan aburrida y sin "aspiraciones", entonces, la asesinaré, total ya me enseñó a hacer un buen café y muy fuerte.

domingo, 23 de septiembre de 2012

238


Usted tiene varios hermanos, soldado, así que su destino es Malvinas, ¿me entendió? A Roberto no le sirvió de nada su ruego por quedarse en el continente argumentando que su mamá sufre de una enfermedad incurable; para sus superiores, ella no lo necesita, la patria, sí.
Se despidió con un mal presentimiento que lo atormentaba aunque su mamá le dijera que no se preocupara, que volviera pronto, que ella lo iba a estar esperando. Como le decía siempre cuando iba a la escuela y regresaba con el delantal sucio de barro y tierra. Él, que a veces tenía una pelea a la salida del colegio, de esos desafíos vaya a saber porqué, de pronto se embarcaba a un lugar desconocido, en el medio de un océano helado,  para pelearle a uno de los ejércitos más poderosos del mundo, vaya a saber porqué. No tenés que pelearte, Roberto, las cosas se arreglan hablando… Le decía su mamá. Sabia, ella; ignorantes los que provocan.
Estamos ganando, decían por la radio y la televisión. Averiamos al portaaviones Invencible, decían los triunfalistas sentados a un escritorio. Nos están cagando a palos, decían los soldados aguantando en sus trincheras húmedas y congeladas.
La madre de Roberto se moría, no había nada que hacer, su mayor deseo era ver a su hijo nuevamente y besarlo fuerte porque volvía sano y salvo de la guerra. Lo que le pasara a ella no le importaba nada.
Roberto convivía con la muerte. Él que soñaba con trabajar duro para tener su casita y casarse con una noviecita del barrio, sólo veía a sus compañeros morir o quedar mutilados para siempre. Es injusto morir acá, si no me mata un inglés voy a morir congelado. Quiero estar en mi casa, con mi viejita, quiero comer un guiso de lentejas bien caliente y el arroz con leche que nadie hace como ella.
Todos sus hermanos, alrededor de la cama donde su mamá da sus últimos respiros, escuchan decir al médico: se nos va, es cuestión de tiempo. Poco tiempo. Ella lo nombra, Roberto, hijo querido, pronto vas a estar aquí conmigo, lo sé.
Roberto, en un pozo cavado por él mismo en la tierra mojada, soporta el asedio de los misiles que llegan desde los barcos ingleses. Su compañero de trinchera, con el casco agujereado en la frente por una esquirla, tiene los ojos clavados en alguna de los millones de estrellas que sólo no se ven cuando explotan las bombas. No lo quiere mirar, si hasta hace un instante hablaban de fútbol y chicas para darse ánimo. Ahora está mejor que yo, piensa.
Qué frío, por Dios es insoportable, estoy mojado hasta los huesos, grita con la voz temblorosa. Cállese, soldado, le gritan desde una trinchera a no más de diez metros de la suya. Sargento, tengo los dedos entumecidos, si nos atacan no puedo disparar mi Fal… grita con angustia. Aguante soldado, cuando amanezca yo no dispararán, ¿me entiende? Mi mamá me tejía pullóveres y guantes para que yo no tuviera nunca frío… Con los ojos bañados las ve venir, bolas de fuego acompañadas con un silbido penetrante. Explotan iluminando todo el campo. Algún grito desgarrador da fe de que han cumplido su cometido.
Va a morir ahora, susurra el médico y se retira de la habitación del hospital donde ella está internada. Sólo se quedan sus hijos, los hermanos mayores de Roberto, esperando el momento. Acompañándola en el final.
Roberto no puede más, lo presiente, sabe que está todo mal. Sale del pozo y corre por el campo gritando: mamá, mamita querida… La explosión le quema las entrañas, le desgarra la vida, cae empapado por un líquido caliente que lo baña quitándole el frío que hasta hace instantes le endurecía el cuerpo, y queda de espalda mirando como el firmamento se apresta a recibirlo. Mamá… mamá… no te preocupes, no me duele nada…
Roberto, mi amor, estás aquí… Estira sus brazos para abrazarlo. Delira dice uno de sus hijos, se nos va. Estás todo sucio, yo te voy a lavar la ropa, no quiero que te enfermes, ¿tenés frío? No mamita, ya no tengo frío… El le besa la frente,  ella le besa la mejilla y de la mano se elevan al cielo. Sus cordones se cortan, ya viajan muy lejos.
238 tumbas de soldados argentinos hay en el Cementerio Darwin de Malvinas. 123 sin identificar todavía. Allí están, Roberto, Juan, Daniel, Pedro, Ramón, Julio, Jorge… Allí están todos los que fueron a pelear una guerra absurda y no pudieron besar a sus madres al despedirse de este extraño mundo.

lunes, 17 de septiembre de 2012

Don Carlos.

Les voy a contar una historia real, esto no es un cuento que imaginé. Empiezo diciéndoles que por mi trabajo, voy a imprentas de la Capital y Gran Buenos Aires, desde hace casi 6 años. En una de esas imprentas que queda en el barrio de Mataderos, conocí a un señor mayor: Don Carlos, que está siempre en la recepción. Carlos debe tener cerca de 80 años, por lo menos es lo que aparenta. Él atiende a todos los que llegan y conmigo en especial siempre tuvo un profundo respeto y cariño. Y yo por él. 
Carlos es un hombre muy culto. Durante los más de 5 años que voy a esa imprenta, tuvimos muchísimas charlas muy interesantes. Es un hombre amante de la ópera, siempre me habla de óperas de todas las épocas y hasta recita, en italiano, fragmentos de esas óperas. Con la lectura lo mismo, me recomienda libros, autores y su pregunta cuando llego es: ¿Dígame, Ricardo, qué libro está leyendo últimamente? Es capaz de recitar poemas de autores que ni siquiera conozco (ni por asomo he leído lo que él lee). Además ama a los caballos, me cuenta que ha practicado y sigue practicando equitación y salto, (no me imagino cómo porque apenas se puede mover.) Me ha contado, también, que por un trabajo que hacía cuando era joven, recorrió toda América Latina, desde México hasta Tierra del Fuego. Habla de cada ciudad americana que ha visitado con lujo de detalles. Una vez me mostró una foto de su esposa, la tercera de su vida. Una mujer que no debe tener más de 40 años. Cuando vi la foto pensé irónicamente, lo reconozco, si él tiene una mujer así, tengo esperanzas todavía.
En esa imprenta trabaja un amigo de mis épocas de creativo en publicidad. Hace una semana, charlando con mi amigo, me dijo que Carlos había desaparecido, que nadie sabía nada de él. Ayer, después de mucho tiempo tuve que ir a la imprenta y Carlos no estaba en la recepción. Pregunté que sabían, qué me podían contar, y esto fue lo que me dijeron: 
Hace unos días se descompuso, cayó al piso y no quiso que llamaran a un médico ni que lo llevaran a ningún hospital. La empresa pidió un remís para que lo llevara a su casa. Nadie supo jamás dónde vive, nunca se tuvo una dirección exacta. Llegó el remís y lo llevó adonde él le indicó al remisero. Llegaron a una esquina y Carlos le dijo: déjeme aquí… No, lo llevo a la puerta de su casa, le dijo el chofer. Carlos no quiso y se bajó del auto. El hombre lo vio doblar en la esquina, bajó del auto y lo siguió porque se preocupó al verlo tan mal. Lo vio entrar a una casa. Pero no se quedó conforme. Tocó el timbre de la casa y salió a atenderlo una mujer. El remisero le preguntó por Carlos con nombre y apellido. La mujer, un poco asombrada, le preguntó para qué lo buscaba. El hombre le explicó que lo había traído en su auto desde una imprenta para la que Carlos trabaja, pero que estaba preocupado por él porque no se había sentido bien durante el día. La mujer le dijo entonces: Ese hombre al que usted busca es mi papá..., pero murió hace diez años.
Pero esto no termina aquí. En la recepción de la imprenta, en una esquina de la pared, y a una altura que no se puede llegar con la mano, hay un estante pequeño con una calavera, sí, un cráneo humano. Las veces que pregunté cómo llegó eso hasta ahí todos tuvieron una broma para hacer. Un día le pregunté a Carlos, y me dijo, en tono risueño, que antes de que estuviera esa imprenta allí, había otra, y que él trabajaba en aquella imprenta. Cuando aquella imprenta cerró y se instaló la actual, él siguió trabajando como parte del mobiliario. Por eso sabía que esa calavera era de un hombre que trabajó en la antigua imprenta y que había muerto. Un día, alguien, no recuerda quién, trajo la calavera y la puso allí arriba. Por supuesto que lo tomé en broma y me reí con él.
La última vez que vi a Carlos y cuando yo ya me estaba yendo, me dijo: Ricardo, no le perdono que no haya leído, El Nombre de la Rosa, de Umberto Eco. (Yo le había dicho, hacía un tiempo, que compré el libro y nunca lo leí.) Y agregó: Prométame, antes de irse, que lo va a leer. Le dije, ya en la puerta de salida: Se lo prometo… 
Espero que cuando yo vuelva a esa imprenta, él esté sentado en la recepción y me pregunte lo de siempre: ¿Dígame, Ricardo, qué libro está leyendo últimamente? Le voy a contestar: El Nombre de la Rosa, de Umberto Eco.

domingo, 22 de julio de 2012

El Pibe.


Nació un día cualquiera, en una ciudad Argentina de este mundo suspendido en el universo infinito. Fue por la década del 40 del siglo XX de la era llamada cristiana. De allí en más fue: El Pibe. Creció archivando en su cerebro cada instante de su vida: lo que pasa a su alrededor y en el mundo. Un don que adquirió quién sabe de quien. Es capaz de recordar fechas, acontecimientos, o lo que sea que haya ocurrido durante su larga vida; lo que no vivió, lo adivina. Pregúntenle a El Pibe que fue lo que pasó ese día, suelen decir los que quieren enterarse de algo. Por esa razón se vio envuelto, hace mucho tiempo, en un hecho involuntario al que lo introdujeron para que sea voluntario: El crimen de la francesita.

La encontraron muerta una tarde de verano en el barrio de Palermo, justamente en un departamento de la calle Uriarte, envenenada con cianuro en una copa de Martini seco con Vodka, mientras la púa del tocadiscos saltaba y saltaba sobre un simple de Julio Sosa, cantando: Madame Ivonne. Para la policía era simplemente una pebeta del barrio latino que llegó un día con dos amigas desde las Europas, y seguramente conoció a un argentino que le hizo ver la barba de Dios en una maldita noche de celos. La francesita estaba para el crimen, atestiguaron los que la conocían. No había ninguna pista a la vista. Ni una huella digital en la copa que bebió. Los investigadores no daban pie con bola y no iba a ser cosa de tener que afrontar un conflicto internacional. Había que resolver el caso sí o sí.

Lo fueron a buscar a su trabajo, una agencia de publicidad en las que hacía sus primeras armas, aunque jamás hizo un aviso que matara ni a una mosca. Pibe, necesitamos datos que nos abran la cabeza para resolver esto, le dijeron dándole toda la información que tenían. Entonces, acomodándose en su sillón frente a su tablero de dibujo, con plena seguridad y arrogancia en sus palabras, así se expresó El Pibe.

“En el 47, que fue el año en el que cumplí un año; vean, observen esta foto, este soy yo con ojos negros saltones y detrás están mis padres que Dios los tiene en la gloria. Como les decía, en ese año de postguerra, en París, que es de donde dicen ustedes que llegó esta chica, hacer el amor era la mejor diversión; sin importar el amor. Por eso, ¿Parisia dicen que se llamaba? Nació en una casa de amores inexistentes. Luego, en el 65, el año en el que cuatro melenudos de Liverpool empezaban a cambiar el pensamiento de todos los jóvenes del mundo, agobiados por la guerra de Vietnam, se vino a este país con esa amiga inglesa de la que ustedes me hablan: ¿Londresa, no es así?” Sí, le dijeron los investigadores, además de una italiana: Romanía. “Como ven, siguió El Pibe, era una época en la que toda Europa se venía para acá.”

“Parisia, Londresa y Romanía vivieron juntas y felices, hasta que por distintas circunstancias, pero que tienen que ver con el amor tan necesitado por la francesita y por qué no de las tres, comenzaron los problemas. Eso sucedió en el 67, año de gobierno militar en Argentina, yo hice el servicio militar aquél año y no me enorgullezco de eso; una América Latina convulsionada y una guerra fría entre potencias que dominaban al mundo. Romanía se enamoró de un ruso que, decían las malas lenguas, era un espía y Londresa se lo robó una noche más fría que en Siberia; es que no quería dormir sola. Además ocurrió que Parisia se puso de novia con un americano de la embajada de ese país que se llevaba de muerte con el rusito, para él, un comunista peligroso. Sólo faltaba montar una base de misiles en Palermo que apuntaran a Moscú y Washington por como venía la cosa"
"Y llegamos a hoy, en este año 69, con el hombre en la luna; entre nosotros no les creo nada a estos americanos; pura propaganda, se los digo yo que de esto sé algo. Como les decía, en este año aparece esta chica muerta. Un crimen horrendo, terrible, en el que todos son sospechosos: sus amigas europeas, el rusito, el americano y… quizás alguien más.” 
¿Quién? Dijeron todos.

El día que cayeron las Torres Gemelas, el primer año del siglo XXI, el asesino salió en Libertad. Había sido condenado a cadena perpetua, pero, en este país nadie cumple las condenas totalmente. El Pibe les había dicho a todos que el gallego Asturios, portero del edificio de la calle Uriarte de Palermo, nunca soportó que Parisia prefiriera el champagne a la sidra o el tango a la jota y discutía mucho con ella por estas trivialidades. Los investigadores lo fueron a buscar y lo arrestaron inmediatamente. Ese fue el argumento que el jurado esgrimió para condenarlo. Claro, era una época de mucha incertidumbre y las cuestiones se resolvían rápidamente. Lavada de manos y ya está, pasemos a otra cosa y que nadie piense demasiado era el lema del momento. Las relaciones con Francia seguirían siendo buenas, lo mismo que con Inglaterra e Italia por no haber puesto bajo sospechas a sus amigas.
Londresa y Romanía vivieron en Buenos Aires hasta el 78, año del mundial en Argentina y, cuando la cuestión de los derechos humanos se puso pesada, volvieron a sus países.

Hoy, al escribir esto que El Pibe me contó, tengo que reconocer que fue sincero conmigo: nunca supo quién fue el verdadero asesino. Él cree que al gallego Asturios lo condenaron injustamente, porque está convencido de que a la pobre chica la mataron como a la Marilyn Monroe: por saber demasiado. Meterse con un representante de la embajada americana, en este país en ese momento, era como involucrarse con el mismísimo presidente de los Estados Unidos. Por supuesto que las relaciones con el país del norte eran más que importantes.

Hace poco viajé a Italia porque quise saber algo más de aquél caso de la francesita. Llegué a Toscana, lugar donde Romanía pasa sus últimos días, como suele decir ella. Una mujer encantadora que cuida de la tumba de su difunto esposo, un ruso que conoció en Buenos Aires. Me sorprendí al enterarme de esto porque pensé que la tal Londresa se lo había robado. Pero, la vida da sorpresas y vaya si Romanía me las dio al contarme lo siguiente: “Sí, me lo robó, y yo decidí que la mejor manera de recuperarlo era sacándome de encima a la inglesita. Entonces una noche, preparé su bebida preferida, Martini seco con vodka, sí, lo que tomaba Bond, James Bond, ella era fanática, y puse en su copa unas gotas de cianuro que me proporcionó el americano de la embajada porque le dije que había decidido matar al ruso. ¡Él estuvo encantado con eso! Pero, en un descuido mío, al ir a la cocina a buscar aceitunas, llegó Parisia de visita, y fue directamente a agarrar la copa bebiéndose de un saque el Martini seco con vodka preparado con el cianuro; parece que la pobre tenía mucha sed, era un día de mucho calor. Luego de tener terribles convulsiones, murió echando espuma por la boca. Fue horrible. Convencí a Londresa de que no tocara nada porque seguramente el rusito había envenenado el vodka para matarnos a las dos. Limpiamos todo y llamamos a la policía como dos corderitos inocentes. De esa manera lo saqué de su vida, el tipo volvió conmigo y tuvimos una larga vida, juntos. El plan no salió como yo esperaba, pero resultó brillante, ¿no le parece?"

En fin. De vuelta en Buenos Aires, decidí no contarle nada de esto a El Pibe porque supuse que destruiría su ego, pero debería, porque sin duda es un farsante.

sábado, 14 de julio de 2012

Lugares comunes.


Estoy seguro de conocer cada piedra de esta calle por el sólo hecho de haber vivido en esta cuadra los momentos más intensos de mi vida, y no por tener la costumbre de mirar el piso cuando camino, sino porque cuando lo hago, mi mente está perdida en aquella vez que la tuve tan cerca de mí. Mi adorable Erika.
Llegó de lejos, cruzando el inmenso océano que separa su continente del mío en unas  horas, suficiente para que yo dijera: qué chico es el mundo. Nunca pude decir otra cosa que frases hechas; por eso lo que aquí les cuento no es producto de mi imaginación. Lo viví, lo sentí en mi piel y pasé del amor al odio en un santiamén. Por su culpa, su maldita culpa. Sí, porque si tenía que enamorar a ingenuos como yo, lo hubiera hecho en su tierra, a horas de mi ciudad, a doce mil kilómetros de mi vida.
Esta calle, que no es la mía, pero que transito a veces por circunstancias que no vienen al caso en este relato, nos puso frente a frente un día de lluvia en que los dos corríamos para no mojarnos tanto. Chocamos de frente. Claro, yo miro el piso siempre, y parece que ella también. Sentados en el empedrado mojado nos presentamos: Soy  Erika, perdón pero apenas hablo español, me dijo. Soy Ricardo, no te preocupes, yo apenas hablo el mío, le dije, soy muy callado, los Ricardos somos así. Nos reímos hasta que intenté limpiarle la cola empapada por el agua del empedrado con mi mano y, tuve que pedirle perdón por mi torpeza. No es nada, me dijo, ya me la han tocado en el bus. Ustedes los argentinos son… No todos, la interrumpí, la mayoría somos cortados por la misma tijera.
Ella estaba viviendo en un pequeño departamento amueblado que alquilaba por los días que pasaría aquí, a metros de nuestro choque casual. Allí fuimos a secarnos al lado de una estufa a gas y un té caliente que nos calentaba las manos, envueltos en una toalla. En una sola porque era la única que tenía en ese momento. No sólo el té a mí me calentaba las manos. Yo le agradecí al cielo que la otra toalla estuviera en el lavadero de la esquina. Fue mi primer momento de gloria en las alturas: en un segundo piso con vista a la calle.
Casi no me despegaba de ella aunque tuviera que cumplir con mi trabajo, por eso llamaba a la oficina con excusas como: Se murió mi abuela. No dormí bien porque anoche comí algo que me cayó mal. Sigue lloviendo y perdí el paraguas en el subte. Me despidieron. No me preocupé, ya lo haría en otro momento. Erika tenía éuros, suficientes para que yo no me hiciera problemas. Yo la llamaba: mi princesita vikinga y ella me decía, mi gaucho de las pampas salvajes. Un día le pregunté si se quedaría a vivir en mi ciudad, en San Telmo, en este país. Vine con una misión, me dijo, una vez que la cumpla me voy. Allí mismo se me cayó el techo encima; toda mi esperanza de una vida con ella se desplomó en un segundo. ¿Qué misión? ¿Qué puede ser más importante que vivir conmigo para siempre? Recuperar a mi esposo que llegó siguiendo a una argentina que lo cautivó. ¿Qué? ¿Sos casada?
Sueca tenía que ser.
El tipo se enamoró de una minita argentina que había ido a Suecia enganchada con un jugador de fútbol vendido a un club de ese país. Allá se pelearon, pero ella no perdió el tiempo, conoció a este sueco, arquero de no se qué equipo de allí, y se lo trajo de la pestaña sin importarle que fuera casado. Cuando Erika me dijo el nombre del tipo, enseguida me acordé de haberlo visto por la tele probándose en Huracán, Nueva Chicago y algún otro club de fútbol de aquí, pero sin ninguna suerte. Fue suficiente para rastrearlo y encontrarlo con las manos en la masa, pero de otra argentina. La que vino con él, cuando vio que era un fracaso como futbolista, lo dejó. Sin plata a la vista no hay amor que valga. Esta vez fue Erika quien lo agarró de la pestaña y se lo trajo al departamentito de San Telmo. Yo quedé entre dos fuegos y más triste y confundido que un hamster sin ruedita para correr todo el día. Me vieron tan mal que me propusieron hacer un trío. Suecos tenían que ser.
Juro que no acepté. Sé de qué son capaces las suecas pero de los suecos no estoy muy seguro. Esta situación me rompió el corazón y mi dignidad. Yo la amaba con locura y no sabía como reponerme. Sin trabajo y sin posibilidad alguna de volver a hacer el amor con ella. Pero, los argentinos siempre le buscamos la solución a todo. Así salimos de las crisis a las que estamos acostumbrados a vivir. Me hice representante del arquero sueco. Fui a ver a Dios y a María Santísima hasta que lo ubiqué en un club del interior del país. Se fue a jugar allá y Erika se quedó acá. Así que volví al departamentito a vivir mis días de gloria. Los dos solitos. Todo era un golazo… Un mes duró la cosa; el diagnóstico fue: rotura de ligamentos cruzados; seis meses de inactividad. Volvió. Me fui a mi casa con la cola entre las patas.
Hace un año ya de esto; un día llegué para visitarlos con una botella de vodka bajo el brazo, antes me había tomado media botella para darme ánimos, porque fui con la idea de aceptar la propuesta del trío, es que la extrañaba hasta la médula, y el portero me dijo que se habían vuelto a Suecia. Así, sin más y sin una carta, nada para mí. El suicidio rondó en mi cerebro pero como nunca disparé un arma, temí gastar dinero en una pistola, apuntar a mi cabeza y errarle. Por esa razón la empecé a odiar con toda mi alma y les puedo asegurar que es más fuerte cuando se odia que cuando se ama. Por eso ahora, cuando camino por esta calle en los días de lluvia, voy mirando el piso esperando chocar de frente con una europea, de donde sea, de cualquier país, y una vez que estemos sentados en el empedrado mojado, gritarle bien fuerte a la cara: ¿Sabés una cosa? ¡A la princesa Máxima no le llegás a los talones!

jueves, 26 de abril de 2012

Sorpresivo glamour.



Rubia como la Bacall; con el cuerpo de la Gardner y el trasero de la Mansfield, la vi apoyada en la ventana redonda que mira al Pacífico, desde el salón de grandes fiestas con más glamour de todo Santa Mónica. Había acudido hasta allí, después de un mes sin trabajo, por el llamado telefónico de esta impresionante mujer aquella misma mañana a mi oficina. Me acerqué a ella sigilosamente, quería dejar grabada en mis retinas la totalidad de su despampanante cuerpo de espalda. Se dio vuelta hacia a mí antes de que yo dijera algo. Después de quedar impresionado al verla de frente, supe que me iba costar decir algo coherente de ahí en más: no era tan bella por ser su rostro como el de Bette Davis; tenía menos delantera que Humphrey Bogart, y la voz de Clark Gable.
Bienvenido, Mister Flynn, gracias por aceptar mi caso. Me dijo con su penetrante voz.
No he aceptado nada todavía, Miste… digo, My Lady.
Si yo le dijera, Mister Flynn, que mi novio, dueño de todo este enorme salón de fiestas al que acuden todas las estrellas de Hollywood, me engaña con una voluptuosa platinada, usted que me diría.
A usted nada, a él le diría que a la mire siempre de espalda y listo.
¿Sabe una cosa, Mister? él muere por mi espalda.
¿Sabe una cosa, My Lady? a mí casi me pasa cuando la vi de frente.

Volví a mi oficina con el caso aceptado: fotografiar a su novio con su amante rubia, para que… My lady, lo extorsionara de tal manera hasta quedarse con el 50% de las ganancias del salón, que por lo que me dijo, le deja una verdadera fortuna anual al tipo. Claro que también lo acepté por los cinco grandes que yo cobraría. Me llevé mil adelantados y dos botellas del mejor whisky del bar, para empezar a festejar por ese nuevo trabajo esa misma noche. Solo. No sé si fue la bebida, quiero creer que sí, pero tuve toda la noche en mi mente la espalda de ese travesti. Pensé en volarme la cabeza con mi Luger, -el arma que le quité a un oficial alemán muerto en Dresden- pero me juré que sólo por la Monroe haría algo así. De esa manera me salvé la vida.

No me fue difícil seguir al tipo con mi Plymouth y mi vieja Nikon para fotografiarlo con su voluptuosa amante: en la playa de Santa Mónica, en las colinas de Hollywood, en las mejores tiendas de Los Ángeles, en las joyerías más caras de todo California, y en algún motel de las afueras de la ciudad; en realidad, desde las afueras del motel; lamenté mucho no poder fotografiarlos en una habitación, es que esa platinada le quitaba el aliento a cualquiera. Claro que después de tanto trabajo me pregunté: ¿qué hace este tipo con un travesti teniendo una amante como esta? Seguramente aquí había algo que el Mister… o la Lady, no me había dicho, y que me empezó a quemar la cabeza.

Revelé las fotos y pasé por el Snack Bar de Charlie, allí donde como todos los días, especialmente cuando no tengo un céntimo. Él me fía gracias al cielo. Después de pagarle lo que le debía con el dinero que me adelantó el Lady, le pregunté por una novia, actriz secundaria ella, que tuvo hace un tiempo atrás, para ir a verla y hacerle algunas preguntas relacionadas con el caso. No hubo problemas, la vi y me enteré de alguna que otra cosa del mundo del cine. Luego fui con las fotos a ver al despampanante -de espalda por supuesto- que me contrató. Fue raro verlo sin la peluca rubia y sin el vestido blanco glamoroso, es más, creo que no se había afeitado bien esa mañana.
Buen trabajo. -Me dijo después de ver todas las fotos.- Le pagaré los cuatro mil que faltan ahora mismo.
Antes hay algo que debemos aclarar. -Lo interrumpí.- Este tipo no es su novio ni ella la amante de él.
Oiga amigo, usted hizo su trabajo y acá terminó ¿no cree?
No, no creo, Mister, esto no es otra cosa que una estafa y será mejor que lo aclaremos ahora.

Empezó a gritar como un loco, o una loca histérica. Iba de un lado al otro del salón dándole patadas a las sillas, mesas y todo lo que se le interponía –intuí que debió haber sido un gran pateador jugando football en la universidad.- Usted, Mister Flynn, no es otro que un pobre tipo, no tiene vergüenza al acusarme de algo sin ninguna prueba; lo voy a demandar… Ok, le dije, demándeme, pero vaya pensando qué le va a decir al juez de todo lo que lo voy a denunciar yo: ese tipo no es su novio, es más, lo vio una sola vez aquí en alguna fiesta del mundo del cine y, a él, como a otros, los manda a fotografiar con una estrellita de cuarta, pero atractiva, y que además es su socia en esto, para extorsionarlo por dinero o, si no, les mostrará las fotos a su familia. ¿Es así, o me equivoco? Siempre elige tipos casados y, si es posible, productores con mucho dinero, demás está decirle que usted es sólo una vendedora de cigarrillos en este lugar, ¿no es cierto? 
Pero… pero… De dónde saca usted, maldito detective de pacotilla, todas esas…
De sospechas… Cómo voy a creer que un hombre que tiene una amante como esa, vaya a ser su novio… Mister... Además, la ex novia de un amigo, actriz secundaria por ahora, ha venido varias veces aquí, y conoce muy bien a su socia que además es lesbiana… Para que usted sepa, a mi amigo lo dejó por ella.
No puedo creer que la muy maldita me engañó con una mujer… Gritó enfurecido el Lady. Parece que es un travesti que le atraen ciertas mujeres. Qué interesante y raro es este mundo; del cine, claro.

Cuando me fui de allí llevaba en mi bolsillo diez de los grandes. Hacia mucho que no tenía en mis manos tanto dinero junto, ya ni me acordaba desde cuándo. Es lo que me ofreció el Lady para que no lo delatara. Sí, ya sé, y dónde está mi dignidad. Creo que la perdí cuando las deudas me agobiaban tanto que no pude resistirme a ciertas cosas. Les confieso que lo primero que me ofreció para callarme fue la de entregarse a mí. Sólo le pedí que se pusiera aquél vestido blanco con tanto glamour, la peluca rubia, y se quedara en la ventana redonda de espalda mirando el mar de la playa de Santa Mónica; tal cual la vi por primera vez, pero eso si, sin darse vuelta en ningún momento. Luego, tome una botella de whisky de su bar, la abrí, y comencé a beber, a beber y a beber.