jueves, 26 de abril de 2012

Sorpresivo glamour.



Rubia como la Bacall; con el cuerpo de la Gardner y el trasero de la Mansfield, la vi apoyada en la ventana redonda que mira al Pacífico, desde el salón de grandes fiestas con más glamour de todo Santa Mónica. Había acudido hasta allí, después de un mes sin trabajo, por el llamado telefónico de esta impresionante mujer aquella misma mañana a mi oficina. Me acerqué a ella sigilosamente, quería dejar grabada en mis retinas la totalidad de su despampanante cuerpo de espalda. Se dio vuelta hacia a mí antes de que yo dijera algo. Después de quedar impresionado al verla de frente, supe que me iba costar decir algo coherente de ahí en más: no era tan bella por ser su rostro como el de Bette Davis; tenía menos delantera que Humphrey Bogart, y la voz de Clark Gable.
Bienvenido, Mister Flynn, gracias por aceptar mi caso. Me dijo con su penetrante voz.
No he aceptado nada todavía, Miste… digo, My Lady.
Si yo le dijera, Mister Flynn, que mi novio, dueño de todo este enorme salón de fiestas al que acuden todas las estrellas de Hollywood, me engaña con una voluptuosa platinada, usted que me diría.
A usted nada, a él le diría que a la mire siempre de espalda y listo.
¿Sabe una cosa, Mister? él muere por mi espalda.
¿Sabe una cosa, My Lady? a mí casi me pasa cuando la vi de frente.

Volví a mi oficina con el caso aceptado: fotografiar a su novio con su amante rubia, para que… My lady, lo extorsionara de tal manera hasta quedarse con el 50% de las ganancias del salón, que por lo que me dijo, le deja una verdadera fortuna anual al tipo. Claro que también lo acepté por los cinco grandes que yo cobraría. Me llevé mil adelantados y dos botellas del mejor whisky del bar, para empezar a festejar por ese nuevo trabajo esa misma noche. Solo. No sé si fue la bebida, quiero creer que sí, pero tuve toda la noche en mi mente la espalda de ese travesti. Pensé en volarme la cabeza con mi Luger, -el arma que le quité a un oficial alemán muerto en Dresden- pero me juré que sólo por la Monroe haría algo así. De esa manera me salvé la vida.

No me fue difícil seguir al tipo con mi Plymouth y mi vieja Nikon para fotografiarlo con su voluptuosa amante: en la playa de Santa Mónica, en las colinas de Hollywood, en las mejores tiendas de Los Ángeles, en las joyerías más caras de todo California, y en algún motel de las afueras de la ciudad; en realidad, desde las afueras del motel; lamenté mucho no poder fotografiarlos en una habitación, es que esa platinada le quitaba el aliento a cualquiera. Claro que después de tanto trabajo me pregunté: ¿qué hace este tipo con un travesti teniendo una amante como esta? Seguramente aquí había algo que el Mister… o la Lady, no me había dicho, y que me empezó a quemar la cabeza.

Revelé las fotos y pasé por el Snack Bar de Charlie, allí donde como todos los días, especialmente cuando no tengo un céntimo. Él me fía gracias al cielo. Después de pagarle lo que le debía con el dinero que me adelantó el Lady, le pregunté por una novia, actriz secundaria ella, que tuvo hace un tiempo atrás, para ir a verla y hacerle algunas preguntas relacionadas con el caso. No hubo problemas, la vi y me enteré de alguna que otra cosa del mundo del cine. Luego fui con las fotos a ver al despampanante -de espalda por supuesto- que me contrató. Fue raro verlo sin la peluca rubia y sin el vestido blanco glamoroso, es más, creo que no se había afeitado bien esa mañana.
Buen trabajo. -Me dijo después de ver todas las fotos.- Le pagaré los cuatro mil que faltan ahora mismo.
Antes hay algo que debemos aclarar. -Lo interrumpí.- Este tipo no es su novio ni ella la amante de él.
Oiga amigo, usted hizo su trabajo y acá terminó ¿no cree?
No, no creo, Mister, esto no es otra cosa que una estafa y será mejor que lo aclaremos ahora.

Empezó a gritar como un loco, o una loca histérica. Iba de un lado al otro del salón dándole patadas a las sillas, mesas y todo lo que se le interponía –intuí que debió haber sido un gran pateador jugando football en la universidad.- Usted, Mister Flynn, no es otro que un pobre tipo, no tiene vergüenza al acusarme de algo sin ninguna prueba; lo voy a demandar… Ok, le dije, demándeme, pero vaya pensando qué le va a decir al juez de todo lo que lo voy a denunciar yo: ese tipo no es su novio, es más, lo vio una sola vez aquí en alguna fiesta del mundo del cine y, a él, como a otros, los manda a fotografiar con una estrellita de cuarta, pero atractiva, y que además es su socia en esto, para extorsionarlo por dinero o, si no, les mostrará las fotos a su familia. ¿Es así, o me equivoco? Siempre elige tipos casados y, si es posible, productores con mucho dinero, demás está decirle que usted es sólo una vendedora de cigarrillos en este lugar, ¿no es cierto? 
Pero… pero… De dónde saca usted, maldito detective de pacotilla, todas esas…
De sospechas… Cómo voy a creer que un hombre que tiene una amante como esa, vaya a ser su novio… Mister... Además, la ex novia de un amigo, actriz secundaria por ahora, ha venido varias veces aquí, y conoce muy bien a su socia que además es lesbiana… Para que usted sepa, a mi amigo lo dejó por ella.
No puedo creer que la muy maldita me engañó con una mujer… Gritó enfurecido el Lady. Parece que es un travesti que le atraen ciertas mujeres. Qué interesante y raro es este mundo; del cine, claro.

Cuando me fui de allí llevaba en mi bolsillo diez de los grandes. Hacia mucho que no tenía en mis manos tanto dinero junto, ya ni me acordaba desde cuándo. Es lo que me ofreció el Lady para que no lo delatara. Sí, ya sé, y dónde está mi dignidad. Creo que la perdí cuando las deudas me agobiaban tanto que no pude resistirme a ciertas cosas. Les confieso que lo primero que me ofreció para callarme fue la de entregarse a mí. Sólo le pedí que se pusiera aquél vestido blanco con tanto glamour, la peluca rubia, y se quedara en la ventana redonda de espalda mirando el mar de la playa de Santa Mónica; tal cual la vi por primera vez, pero eso si, sin darse vuelta en ningún momento. Luego, tome una botella de whisky de su bar, la abrí, y comencé a beber, a beber y a beber.

jueves, 5 de abril de 2012

Lo de Poncho no es cuento.


La foto que ilustra este cuento es de archivo.

-Che, gallego, otro cortadito...
Los cuatro jóvenes que acostumbran a encontrarse en una mesa del café de mitad de cuadra de algún lugar del barrio de Victoria, de pronto se preguntan lo que nunca se preguntan:
-Che, siempre veo esa placa ahí arriba y nunca se me dio por saber qué significa.
-¿Qué placa?
-Esa que está ahí arriba del ángulo de la ventana.
-Ah, es verdad, ni me había dado cuenta..., a ver que dice: “En este lugar se hizo más grande un grande: Poncho.”
-¿Qué habrá pasado en este café de mala muerte para que se haga grande alguien?
-Perdón que los interrumpa, pibes, pero conozco la historia y se las puedo contar, si me permiten y con el mayor respeto.

Un hombre, ya no tan joven, sentado a un par de mesas de los jóvenes que sí lo son, se dirige a ellos con total convicción sobre el significado de esa placa que allí está, pero que a veces parece que nadie ve. Es como una simple parte de la escenografía del café y nada más. Los cuatro muchachos, sorprendidos por la interrupción, se miran entre ellos y…, bueno, está bien, cuente nomás.

“En este café no pasó nada importante -comienza el hombre su relato- pero sí pasó antes de que existiera. Hace muchos años en toda la manzana había una cancha de fútbol del club ya desaparecido: Los Pibes de Victoria. Con una tribuna para no más de cien personas, un cartel grande con el nombre del club y debajo una frase: “Con el Victoria siempre a la victoria.” Pero nunca se lograba otra cosa que ganar de vez en cuando algún partido. El campeonato zonal lo ganaba casi siempre: La Pasión de San Fernando, además de tener de hijos a Los Pibes de Victoria, que tenían que hacer un esfuerzo tremendo para recordar cuando había sido la última vez que los vencieran.
A esta altura, los cuatro muchachos de la mesa, al hablarles el hombre de fútbol, comienzan a interesarse por el relato; se acomodan en sus sillas, y lo dejan seguir con la historia no sin antes pedir cuatro cafés más y un vermucito para éste señor que peina canas.

“Hace unos 40 años, por primera vez en la historia, el club llegó a la última fecha del campeonato barrial a un punto de La Pasión de San Fernando, y justo en esa última fecha se enfrentaban para cerrar el título que seguramente ganarían los de siempre. Para Los Pibes de Victoria era un sueño vencerlos, por eso se jugarían el todo por el todo. En el equipo jugaba un tal Poncho, sí, porque nadie se acordaba jamás de su nombre, para todos era Poncho, el pibe que llegaba siempre del barrio de Tigre. Decir que jugaba también es un decir, porque en todo el año no había pisado el césped ni una vez. Bueno, lo del césped también es un decir, porque en esa época, en cualquier cancha brillaba por su ausencia; todo era pura tierra y ni que hablar del barro cuando llovía.
El día de la gran final la tribuna de cien personas crujía por el peso porque más del doble de aficionados se instalaron allí. En todo el resto del perímetro de la cancha no cabía un alfiler. Fue una conmoción la que se generó en todo el barrio de Victoria por este partido que se había convertido en una esperanza vecinal. Hasta el cura de la iglesia del barrio llegó con la imagen de la Virgencita de Luján para bendecir el campo de antemano. 
Los equipos salieron a la cancha con los que siempre jugaban de titulares; Poncho, por supuesto, fue al banco de suplentes como todo el año. El partido comenzó y a medida que pasaban los minutos se iba haciendo más áspero, durísimo. Por suerte para Los Pibes de Victoria la puntería de sus rivales era muy mala esa tarde, porque los 10 jugadores de campo, vivían en su área y no había manera de sacarlos de ahí para atacarlos. Terminó el primer tiempo 0 a 0, lo cual era un triunfo para el Victoria, pero mentiroso, porque los de San Fernando salían campeones con el empate por estar un punto arriba. Claro, por esa razón, en el segundo tiempo, le entregaron la pelota a los de Victoria y se dedicaron a aguantar el empate con total tranquilidad porque no había caso, que les hicieran un gol era una misión imposible de lograr. Faltaba un minuto más el descuento para el final, la hinchada de San Fernando ya festejaba el título y…, ocurrió un milagro: al 9 del Victoria le partieron su pierna derecha de una patada terrible; sí, la única pierna con la que podía patear con alguna chance quien era la estrella del equipo. Ya estaba todo dicho, la historia volvía a repetirse.”

- Pero, mister, ¿por qué fue un milagro?
-Dejame que te siga contando, no te impacientes…
“Poncho, entrás por el 9… -dijo el técnico del Victoria apesadumbrado y con total desilusión- Poncho no se movió del banco por lo acostumbrado que estaba a estar allí todo el año futbolístico. ¡Poncho, entrás vos! Le gritó el técnico totalmente sacado. Poncho se levantó como un resorte y entró a la cancha por primera vez en el campeonato… Por primera vez en la historia del club.
Era la última jugada; el fin de otro año sin pena ni gloria. Un corner para el Victoria; el último y luego vendría el pitazo final y la vuelta olímpica para los de San Fernando. Llegó el centro…, llovido…, el 5 del Victoria parado al borde del área grande la calza de volea y revienta el travesaño…, la pelota vuelve al campo como un misil. Poncho, que estaba parado pisando el área chica la toca por única vez..., por única vez en su vida… La redonda le da de lleno en la cara…, vuelve en cámara lenta hacia el arco…, el estadio enmudece…, el arquero hace vista confiando en su intuición ganadora, y…” ¡Gallego, me traés unas aceitunitas más!

-¿Pero qué pasó, señor? ¿San Fernando salió campeón o qué? ¿Entró? ¡Traele las aceitunas de una vez, gallego! Y otro vermouth.
-Pará pibe, pará, dejame terminar…
“La pelota, impulsada por la cara de Poncho, se metió en el ángulo superior izquierdo del arco… Cuando despertó, porque el pelotazo lo durmió hasta cien por lo menos, lo llevaban en andas dando la vuelta olímpica por primera vez en la historia del club. Fue la gran tarde de Los pibes de Victoria, pero sobretodo de Poncho: un crack para toda la afición…”

-¿Y qué pasó después con Poncho, señor…?
“Al año siguiente se vendieron los terrenos para construir un edificio de 24 pisos con pileta, parque y la mar en coche, y el club desapareció. Se construyeron en toda esta cuadra locales para alquiler y en este lugar el café con esa placa recordando aquella tarde de gloria… A Poncho no lo volvieron a ver nunca más… Por eso esa placa está allí, porque justo en ese lugar estaba el ángulo del arco por donde se metió la pelota que le dio el título a los de Victoria…”

Los cuatro jóvenes terminan su café, saludan al hombre agradeciéndoles la historia sobre Poncho y se van murmurando cosas como:  
–Yo no le creo nada a este tipo, dice uno, bueno, por lo menos nos entretuvo un rato, dice otro… ¿¡Qué va a haber un club acá, qué va a haber…!? ¡Ese Poncho no existió nunca…! Andá a saber… ¿Un gol de cara dijo que fue, quién te lo va a creer?

El mozo gallego, que no es gallego pero así le dicen por llamarse Manuel, mientras limpia la mesa donde estuvieron los cuatro jóvenes, ve que el vaso con el vermouth del hombre que contó la historia ya está vacío…
-¿Qué tal otro vermucito, Poncho? Como siempre invita la casa… Este, ¿y si la próxima le agrega una mujer a la historia? Eso siempre le da un toque más… Sí, qué sé yo, un toque.

martes, 13 de marzo de 2012

Debo decirte.


Si yo te dijera
Que tu andar se desliza
En mis ojos cerrados
En mis pupilas impresos.

Si yo te dijera
Que tus labios me besan
En mi soledad absoluta
Y en mis sueños que sueñan.

Si yo te dijera
Que tu piel me acaricia
Desde tu distancia que teme
Perturbar mis temores.

Si yo te dijera
Cuanto deseo
Que no haya barreras
Ni tampoco olvidos.

Si yo te dijera
Todo esto al oído
Serías vos quien me dijera
Que has sentido lo mismo.

viernes, 3 de febrero de 2012

En tu día especial.


Le pedí a un colibrí
que me diga a qué saben las flores.
A su piel porque es la más suave, me dijo.

Le pregunté a una abeja
qué puede ser más dulce que su miel.
Sus ojos, me contestó, porque sus lágrimas lo son.

Detuve el vuelo de una mariposa
para que me dijera quién tiene alas más bonitas.
Ella, me confesó, porque son las de un ángel.

Quise saber del sol
a quién iluminaría en este día especial.
A la que más e iluminado durante 42 abriles, fue su respuesta.

Le dije a la luna
que me contara su plan para esta noche.
Entraré por su ventana, me contó, para vestirla de plateado.

Le rogué a una paloma
que surcara los cielos con un mensaje.
Allá voy, me dijo, le susurraré al oído cuanto la sueñas.

miércoles, 11 de enero de 2012

La dama del piano.


¿Escuchaste? Anoche, ¿lo escuchaste? No dormí nada del miedo. Estuve casi sin respirar bajo las sábanas. Josefa, tenemos que decírselo a mamá y papá.
Pero, hermana, ¿otra vez? ¡Cuántas veces se lo dijimos y no nos creen! Ni siquiera escuchan lo que nosotras escuchamos tan clarito.
Me quiero mudar de esta casa, no voy a dormir más en mi vida si seguimos acá.
Entonces, María, tenemos que hacer algo.
Qué.
Esta noche vayamos a la sala en punta de pies, sin hacer ruido, y sorprendamos al que toca el piano.
¡Josefa, estás loca! Para mí es un fantasma.
Hermanita, no existen los fantasmas, debe ser alguien que se mete en la casa porque le gusta tocar el piano.
¡Peor! Mirá si es un ladrón y nos mata.
No puede ser un ladrón, si nunca robó nada. Es alguien a quien le gusta la música, nada más.
No sé, me da miedo.

¡Ssshh! María, quitate esas pantuflas que hacen ruido.
Si estoy descalza.
¿Y qué es ese ruido?
Mis dientes.
¡Por Dios, María! Escuchá… Está tocando: “Para Elisa.”
Sí, es la que toca mamá a veces… Entonces es ella… Pero qué tontas somos. Toca el piano de noche porque seguramente está más tranquila.
No, no, María, no puede ser mamá porque...
Corramos a sorprenderla… Mamá, mamá… ¿Qué hacés tocando el piano a esta hor…?
¡Aaaaaaaaaaaa!

A ver, Josefa, qué es todo este escándalo. Qué hacés levantada a medianoche y gritando por los pasillos. Vas a despertar a todas.
Es que fuimos a ver a la que toca el piano en la sala y, María se asustó y salió corriendo a esconderse en el dormitorio.
Otra vez con lo mismo, Josefa...
¿Qué pasa ahí abajo con tanto grito?
Nada, Ricardo, Josefa se asustó de una cucaracha, seguí durmiendo.
¡Ah! Mañana haceme acordar que llame al fumigador.
Bueno, empecemos de nuevo… Por qué gritaste.
Yo no grité, fue María.
¿María? Vos sabés que María...
Sí, es que vimos a la mujer tocando el piano en la sala. Tocaba: “Para Elisa.”
En la sala… El piano.
Sí, la vimos.
¿Qué piano?

Josefa, yo esta noche duermo con vos… Haceme un lugar.
No hace falta que me lo digas, acostate. Sabés, aquí nunca hubo un piano, ni hay. Me lo dijeron recién.
No puede ser, si a mamá le gusta tocar y…
Mamá nunca tocó el piano, María.
¡No me mientas! Yo sé que lo hacía. La escuché y la vi muchas veces.
Ella murió cuando eras un bebé, jamás la viste tocar el piano, ni podés recordarla.
Pero, esta noche la vimos, tocaba… Tengo mucho miedo, Josefa. Voy a llorar.
Yo he llorado muchas veces desde que ella y papá murieron en ese accidente. A los cuatro años de edad entendía todo, no me lo pudieron ocultar. ¡Ssshh…Escuchá! La dama del piano está tocando otra vez.
Sí… Entonces, ¿quién es esa mujer que vimos en la sala?
Es alguien que vimos, pero vos y yo sabemos que no hay piano en esta casa.
Josefa, ¿recordás a mamá después de tanto tiempo? Quizás es el fantasma de ella.
No, María, no la recuerdo muy bien, hace sesenta y ocho años que murió, yo era muy pequeña.
A mi me parece que esa dama que vimos tocando es igual a la de la foto que guardás en tu mesa de luz. Aunque está un poco ajada.
Sí, a mí también me pareció, pero esa foto es mía de cuando era muy joven.
¡Entonces, Josefa! La dama del piano quizás sea la abuela… Escuchá, qué lindo toca… Es un vals… “Olas que al pasar, tarararararararara…”

Silencio, a dormir, se apagarán las luces del pasillo en un minuto. Qué descansen.

María…
Decime, hermana.
La que tocaba el piano en casa no era la abuela, era yo, ¿te acordás cuando éramos niñas?
Sí, Josefa, gracias por volver a tocarlo para mí. Ahora me siento mejor. Qué descanses, hermanita.
Dulces sueños, María.

domingo, 18 de diciembre de 2011

Navidad en Tiffany's.


Audrey baja del taxi amarillo y camina hasta el frente del escaparate de Tiffany’s. Lleva en la mano una pequeña bolsa de papel con su desayuno: como todos los amaneceres lo tomará frente a su vidriera preferida. Lo hace con una absoluta naturalidad contrastada por sus anteojos negros y su vestido de noche. La maravillosa melodía de Moon River envuelve a Lucrecia que se siente, en ese milagroso instante, la soberbia mujer de la película: sin dudas la más elegante de la historia del cine. Casi es Navidad en Buenos Aires, Desayuno en Tiffany’s, su única compañía, le humedece los ojos por lo que ha vivido hasta aquí. Por lo que desea olvidar cuando dentro de un instante el cielo de medianoche se ilumine.
Millones de personas están llenando sus copas de burbujas para brindar por una esperanza. Lucrecia lo hace para levantar la suya con el fin de ahuyentar las esperanzas pasadas que no se cumplieron. Ya casi son las doce, la película está en su mejor momento, una luz en el horizonte que se refleja en su ventanal se anticipa desintegrándose en cientos de estrellitas y estallidos. El Niño Dios está llegando al mundo. Un nuevo mundo para ella porque sueña con que, esta vez, la noche buena sea mágica. Sale al balcón en el momento en que un rio de luna la transporta sobre las aguas mansas con aroma a miel, castañas y pan de frutas, acompañando esos manjares con el sabor de los dioses que llega a su garganta estallando antes en su paladar.
Por fin una nueva Navidad. Por fin aquél que le hizo mal ya no lo hará más. Aquellos, corrige, Lucrecia, levantando su copa para luego bebérsela hasta el fondo más blanco. Lo hace una y otra vez, nombrando y exorcizándose de cada maldito que jugó con su ilusión. Los fuegos de artificio siguen en el cielo porque nadie quiere que la Navidad que llega se vaya de pronto. En cada casa una esperanza de paz se convierte en un lugar común: una paz que no será total porque siempre en el mundo habrá un motivo para confrontar, pero, la fe es la de todos los años. Una botella que se termina y otra que Lucrecia descorcha para beberla sola. Con quién estarás festejando esta noche, a quién engañarás como lo hiciste conmigo, le grita a la noche tan ruidosa que nadie la escuchará. Hoy, en esta Navidad, juro por Dios que comenzaré una nueva vida, juro que ya nadie más me hará daño. Seré la Hepburn: libre, auténtica, bella, elegante, codiciada y elegiré a quién me plazca porque ellos morirán por mí. Lo dice con su tercera botella calentándole la garganta. Con su cabeza dándole vueltas en un mareo que quiere dormirla.
The end en la pantalla del televisor, los títulos cierran su película soñada, la música final le dice que debe volver a la realidad. Lucrecia, casi sin poder sostener su anatomía, de pronto lo ve, parado en el centro del living esperándola y extendiéndole los brazos hacia ella en un acto que ya ha vivido otras veces pero que esta vez la llenan de confianza: de una seguridad que necesitaba. No es George Peppard de Desayuno en Tiffany’s, se le parece pero no es él, entonces, quién es este hombre al que se entrega, de dónde salió y como si fuera poco tan guapo. Quién es para quitarle la ropa y levantarla en sus brazos llevándola a su dormitorio. Quién es para que Lucrecia se entregue como lo hace y lo hará toda la noche de Navidad en esa ensoñación producida por el champagne al que no ha respetado ni un instante: ama esa bebida que la pone de la cabeza y de espaldas a la cama sintiendo encima suyo el calor de ese hombre que se mete en su intimidad.
Silencio en la noche que se está yendo es lo primero que escucha al despertar sin escuchar nada. Su cabeza le da vueltas, tantas vueltas que no entiende qué pasó: ese hombre que le hizo vivir una noche de ensueño no está a su lado y parece no haber estado nunca. Todavía no amaneció el día de Navidad. Se levanta con el objetivo claro: será Audrey esa mañana, como todas las que vendrán, porque así se lo gritó a la noche antes de caer en un sueño maravilloso. Se ducha, se peina, perfuma y viste con su mejor ropa de noche, anteojos negros que ocultan sus ojos cansados por la resaca, medialunas de la mañana anterior y café recalentado en un termo.
Lucrecia baja del taxi negro y amarillo y camina hasta el frente del escaparate de una distinguida joyería de la Avenida Alvear. Lleva en la mano una pequeña bolsa de papel con su desayuno; se ha propuesto tomarlo todas las mañanas frente a su vidriera preferida hasta que ocurra un milagro. Lo hará con una absoluta naturalidad contrastada por sus anteojos negros y su elegante vestido de noche. La ciudad duerme todavía después de una noche de brindis, abrazos, deseos y familias queriéndose de una vez por todas. Come y bebe como lo hace Audrey en la película, en la soledad de la mañana observando las luces intermitentes de un arbolito de Navidad, blanco, con adornos plateados en el escaparate de la joyería. Cree escuchar la melodiosa música de Henry Mancini otorgándole una paz que hacía mucho tiempo no sentía. Muerde su medialuna del día anterior que ya no tiene nada de crocante y, una terrible frenada de un auto seguido de un tremendo golpe de chapas contra quién sabe qué, la paraliza.
Estrellado contra una columna de alumbrado ha quedado el auto importado conducido por un hombre, que baja trastabillando del vehículo destrozado, tomándose la frente con un chichón que comienza a crecer por el golpe que se dio en el parabrisas. A Lucrecia, del susto, se le ha caído el termo rociando la vereda de café negro y el último mordisco casi no logra tragarlo. ¿E, e, e, está bien? Le pregunta acercándose temerosa. El hombre, elegantemente vestido pero en un estado un poco deplorable, levanta la vista y la ve: el ángel más glamoroso que vi en mi vida, susurra.
Sí, señorita, fue sólo un golpe en la frente, nada de que preocuparse.
Lucrecia se baja un poco los anteojos negros para verlo mejor y sólo balbucea:
Yo lo vi.
¿Se refiere al choque? Dice él.
No, a usted… Lo vi.
Pero qué torpeza la mía, seguramente estuvimos en la misma fiesta de Navidad, es imperdonable de mi parte no haberla visto, usted es tan…
No –lo interrumpe Lucrecia- no fue en ninguna fiesta.
Acaso nos conocemos de antes –dice el hombre- es imposible que la haya olvidado.
Señor –vuelve a interrumpirlo ella- lo vi anoche… En mi casa.

sábado, 10 de diciembre de 2011

El beso eterno.

Cómo puedo describir mi sentimiento de niño por una niña estando ya en el ocaso de mi vida. Rogando a ustedes sepan disculpar mi atrevimiento, trataré de hacerlo en pocas líneas si es que la memoria me lo permite: Ella era tan hermosa, pequeña y frágil ante mis ojos que con sólo mirarla temía hacerle daño. Blanca como el mantel de tela bordada que ponía mi madre en la mesa para recibirme con la merienda cuando volvía de la escuela. Allí la veía, con su delantal inmaculado, pura como la imagen de la virgencita que en los domingos de misa observaba con respeto en la iglesia de mi pueblo. Dulce como el arroz con leche: mi postre preferido de allí y para siempre. Yo daba mi vida por ella en mis noches de insomnio, imaginando que la salvaba de monstruos espantosos para terminar muriendo en sus brazos tan suaves como la lana con la que mi madre tejía mis bufandas. No caminaba: se deslizaba casi en el aire sin molestar al planeta, sin hacerle daño a las piedras, quedándose al pasar con el aroma de las flores silvestres. El sol le hacía una reverencia al salir todos los días. La luna le tenía envidia porque su luz empalidecía ante el brillo de sus ojos.

Mi adorada María Julia creció sin detenerse nunca a mirarme ni un instante. No supo que yo iba a su mismo colegio o por lo menos jamás me lo hizo notar. No me daría por vencido ante ese amor que dolía tanto en mi pecho, por eso no tuve más remedio que esperar con paciencia mi momento que llegó cuando ya éramos adolescentes. Me planté enfrente de su cara en el tren en el que viajábamos al colegio secundario, y largué como un rollo y sin respirar todo lo que había pasado, por ella, dentro de mi corazón, durante mi corta vida. Me mostró sus dientes más blancos que mi cara de terror y con toda naturalidad me dijo: “Qué tonto sos, por qué no me lo dijiste antes.” Caí al piso como una bolsa de papas de sesenta kilos murmurando algo así como: “Me quiero morir bajo las ruedas del tren en este instante y que me entierren para siempre en las vías.” Lo hice sin dejar de mirarle sus ojos más azules que los zapatos de gamuza que usó mi madre en la comunión de mi hermana menor.

Moría por besarla o aunque sea rozarle el brazo con mi codo, pero no había caso, sus catorce años eran inviolables. Mis amigos nos veían juntos a un metro de distancia uno del otro, y así y todo pensaban que éramos noviecitos. Lo éramos si nos preguntaban, no lo éramos si estábamos solos. Cuando me hablaba no escuchaba otra cosa que el sonido de los árboles producido por el viento, el chillido de un gorrión o el zumbido de una abeja husmeando una flor, mientras observaba atontado sus labios moverse. Si pudiera morderlos, les ruego que me permitan hacerlo, suplicaba en las noches juntando las manos y mirando el techo de mi cuarto como si los dioses del Olimpo estuvieran allí para escucharme.

Un domingo a la tarde la vi venir después de esperarla agazapado detrás de una cerca de madera que separaba mi camino del suyo. Ahora o nunca fue mi plan preparado durante días. Me paré en un cajoncito de manzanas para estar más alto que la cerca y, cuando pasó frente a mí, la sorprendí tomándola de las axilas para levantarla como una pluma. Era tan livianita que me creí Superman; ella abrió los ojos enormes al verme a un milímetro de mi cara mirándola como si la fuera a asesinar sin piedad. Le estampé el beso en la boca más largo que he dado en mi vida. Tal cual lo había visto en la película: Lo que el viento se llevó, una tarde de cine, churros y chocolatada. Luego, fui bajándola despacito hasta que sus piecitos tocaron el piso, mientras me miraba a los ojos con su carita de susto que para mí no era otra cosa que la de una niña perdidamente enamorada. Salió corriendo hacia su casa como alma que la lleva el demonio.

Desde ese momento, nuestras vidas tomaron distintos rumbos con diversa suerte a través del tiempo. Aquel beso fue el único beso que le di pero no el último, porque en cada mujer que he besado en mi vida he sentido el sabor de aquella tarde, en que la levanté en vilo hacia mis labios como un ladronzuelo de amores. Fue el gran robo que fui capaz de cometer sin sentir ninguna culpa. Supe que ella no me denunciaría nunca porque lo único que le había robado había sido un instante inolvidable.

Han pasado mil años desde aquel momento memorable, y sigo aquí. Sintiendo cada vez que beso a una mujer que ella me vuelve a decir: “Qué tonto sos.” Aunque hoy lo haga desde el cielo. Porque le tocó irse un maldito día en el que Dios sintió envidia por haber tenido yo la suerte de besar sus labios, y decretó su trágico destino para sorprenderla escondido detrás de una nube.

María Julia fue mi primer gran amor. Ese beso fue mi primer beso y también resultó ser lo que yo deseé cuando sus labios estaban fundidos con los míos: simplemente eterno.