martes, 29 de noviembre de 2011

Los niños que debieron ser niños.

La foto que ilustra este cuento no fue tomada por mí.

Sostiene con firmeza la foto que tiene en sus manos después de haber leído varias veces la carta que le dejó un interno sin entender cómo pudo hacerlo, escrita con una caligrafía casi perfecta, ni de que manera consiguió el hombre la foto que no es un recorte de una revista o de un diario: al tacto nota que está recientemente impresa. Antes, ha interrogando minuciosamente a los enfermeros y médicos del instituto para enfermos mentales que ella dirige, sobre la vida de este paciente, tratando de llegar a una conclusión que no la ponga al borde del ridículo: “Doctora, este interno hacía 10 años que estaba aquí. Su esposa lo trajo y a los cuatro años ella murió; no quedó quien pudiera saber de él y visitarlo. Su único hijo desapareció durante la dictadura de los 70 junto a su joven nuera allá lejos en su casita de un pueblo de Santa Fe. De esa cama no se movió durante los últimos tres años. Desde hace bastante tiempo no recordaba ni como se llamaba. Eso si, me sorprendió poco antes de morir, al pedirme que le facilitara papel y lápiz porque tenía que escribir una carta. Insistió tanto que le di el gusto. Pobre, que podría hacer con eso si apenas movía las manos y además, a quién le escribiría. Su única pertenencia era una vieja máquina de fotos con la que se entretenía fotografiando a los demás internos en los primeros años que estuvo aquí. Su esposa se la trajo un día sin película; él nunca lo notó. No entiendo por qué usted se preocupa tanto, ya descansa en paz se lo aseguro y, que Dios me perdone, pero es un alivio para todos los que lo atendimos, es que hacía mucho que su cabeza no estaba en este mundo.”

Los vi con mis propios ojos, Doctora Barrientos. Los fotografié con mi cámara que siempre llevo conmigo. Esta foto que le envío es mi testimonio. Don Sosa me esperó en la estación de tren, y desde el momento en que nos reconocimos después de tantos años sin vernos, -era un viejo amigo de la juventud- no paró de contarme sobre este extraño fenómeno que tiene en vilo al pueblo entero. No ocurre todos los días, sólo cuando llueve porque es la manera de verlo a causa del reflejo en el piso mojado, pero es suficiente para que mucha gente ya no quiera caminar por esa calle: la calle de la tragedia, como la llaman.

Recuerdo cuando me pidió que viajara a ese pueblo de Santa Fe con tanto misterio de su parte. Usted sabía algo, pero prefirió que yo lo averiguara por mí mismo; ahora me pregunto si alguna vez creyó en lo que le decían. Y sabe qué pienso, Doctora, que usted no creía nada de lo que Don Sosa le había dicho en aquella carta que le escribió para que yo viajara lo más pronto posible, creo que esperaba que a mi vuelta yo le dijera lo siguiente: la gente de ese pueblo ve alucinaciones. Si fuera así le aseguro que yo también aluciné. Cualquiera diría que estoy mintiendo, que mi cámara vio lo que mis ojos vieron porque mis ojos lo quisieron; que en esa calle no hay tal cosa porque va en contra de las leyes de la naturaleza: Si estoy de vuelta en mi lugar de siempre y no enloquecí, es porque lo que le cuento es totalmente cierto, salvo que esté loco y no lo sepa o acaso los locos saben que están locos.

Dos días esperé a que lloviera a pesar de que es época de lluvias en la zona. Con las primeras gotas, junto a Don Sosa, fuimos a la calle de la tragedia justo a la hora en que generalmente ocurre este hecho. Allí estaban los cuatro pares de zapatillas con el reflejo en el agua de los niños que las calzan. Estaban los cuatro como si me esperaran a mí. Saqué mi cámara y fotografié varias veces lo que veía. Es más, usted va a pensar que estoy demente, pero en algún momento los escuché reír, cosa que Don Sosa no escuchó. Ahora sé que estaban felices por mi presencia.

Doctora, en sus manos está mi testimonio, mi realidad, lo que nadie cree si no lo ve pero sí lo creen los ciudadanos de ese pueblo porque conviven con esa aparición que dura unos instantes, aunque sólo sea cuando cae agua del cielo.

Usted se preguntará a esta altura de mi carta por qué a esa calle le dicen la de la tragedia, pues se lo cuento para que lo sepa: Allí vivían por los años 70 un joven matrimonio con ideales y sueños futuros para ellos y para todos nosotros también. Un noche llegó una camioneta de color verde cargada de soldados con uniforme verde e irrumpieron en su casa apresándolos. Por más que la familia trató de averiguar el por qué de la detención y su paradero durante años, esos jóvenes jamás aparecieron. Fue una tragedia y un dolor para sus seres queridos imposible de superar, yo se lo aseguro porque me lo han contado hasta sentir en carne propia tanto sufrimiento.

He analizado cuidadosamente este fenómeno y he llegado a una conclusión que usted puede creer o no, pero yo no tengo dudas de lo que pienso y es lo siguiente: esa pareja que no superaba los 22 años de vida, seguramente después de aquella noche en la que fueron apresados, vaya uno a saber por qué, perdieron la vida. Si ellos hubieran tenido la vida que debieron tener hasta envejecer juntos, habrían realizado docenas de cosas que alguien no les permitió, como por ejemplo: progresar, tener y realizar sus sueños, conocer otros lugares, ayudarse y ayudar a otros, construir su hogar, estar con sus familias, tener éxitos y fracasos, ser felices a veces u otras no, y lo más importante: tener hijos que fueran la continuidad de sus sueños cuando ellos ya no estuvieran en este mundo. Todo eso se frustró de repente aquella trágica noche.

Esos niños que usted puede imaginar viendo la foto, Doctora Barrientos, son los niños que debieron nacer. Los cuatro hijos que seguramente esta pareja de jóvenes debió tener porque estaba escrito en algún lugar del cielo. Esos niños están en esa calle, como otros están en las calles en la que vivieron los que serían sus padres que tenían los mismos sueños que los jóvenes de los que le hablo en esta carta. Esos niños no son fantasmas como la gente del pueblo cree; no lo son porque nunca nacieron. Sólo son el futuro que debimos tener.

2 comentarios:

  1. Maravilloso, querido Capara. Escribís muy bien y lo digo porque llegás a emocionar al lector. Quien emociona al lector es un buen escritor. ¿Por qué no te dedicás a escribir más seguido?

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    1. Gracias, Miguel, es un gran halago que me lo digas vos.

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