martes 13 de marzo de 2012

Debo decirte.


Si yo te dijera
Que tu andar se desliza
En mis ojos cerrados
En mis pupilas impresos.

Si yo te dijera
Que tus labios me besan
En mi soledad absoluta
Y en mis sueños que sueñan.

Si yo te dijera
Que tu piel me acaricia
Desde tu distancia que teme
Perturbar mis temores.

Si yo te dijera
Cuanto deseo
Que no haya barreras
Ni tampoco olvidos.

Si yo te dijera
Todo esto al oído
Serías vos quien me dijera
Que has sentido lo mismo.

viernes 3 de febrero de 2012

En tu día especial.


Le pedí a un colibrí
que me diga a qué saben las flores.
A su piel porque es la más suave, me dijo.

Le pregunté a una abeja
qué puede ser más dulce que su miel.
Sus ojos, me contestó, porque sus lágrimas lo son.

Detuve el vuelo de una mariposa
para que me dijera quién tiene alas más bonitas.
Ella, me confesó, porque son las de un ángel.

Quise saber del sol
a quién iluminaría en este día especial.
A la que más e iluminado durante 42 abriles, fue su respuesta.

Le dije a la luna
que me contara su plan para esta noche.
Entraré por su ventana, me contó, para vestirla de plateado.

Le rogué a una paloma
que surcara los cielos con un mensaje.
Allá voy, me dijo, le susurraré al oído cuanto la sueñas.

miércoles 11 de enero de 2012

La dama del piano.


¿Escuchaste? Anoche, ¿lo escuchaste? No dormí nada del miedo. Estuve casi sin respirar bajo las sábanas. Josefa, tenemos que decírselo a mamá y papá.
Pero, hermana, ¿otra vez? ¡Cuántas veces se lo dijimos y no nos creen! Ni siquiera escuchan lo que nosotras escuchamos tan clarito.
Me quiero mudar de esta casa, no voy a dormir más en mi vida si seguimos acá.
Entonces, María, tenemos que hacer algo.
Qué.
Esta noche vayamos a la sala en punta de pies, sin hacer ruido, y sorprendamos al que toca el piano.
¡Josefa, estás loca! Para mí es un fantasma.
Hermanita, no existen los fantasmas, debe ser alguien que se mete en la casa porque le gusta tocar el piano.
¡Peor! Mirá si es un ladrón y nos mata.
No puede ser un ladrón, si nunca robó nada. Es alguien a quien le gusta la música, nada más.
No sé, me da miedo.

¡Ssshh! María, quitate esas pantuflas que hacen ruido.
Si estoy descalza.
¿Y qué es ese ruido?
Mis dientes.
¡Por Dios, María! Escuchá… Está tocando: “Para Elisa.”
Sí, es la que toca mamá a veces… Entonces es ella… Pero qué tontas somos. Toca el piano de noche porque seguramente está más tranquila.
No, no, María, no puede ser mamá porque...
Corramos a sorprenderla… Mamá, mamá… ¿Qué hacés tocando el piano a esta hor…?
¡Aaaaaaaaaaaa!

A ver, Josefa, qué es todo este escándalo. Qué hacés levantada a medianoche y gritando por los pasillos. Vas a despertar a todas.
Es que fuimos a ver a la que toca el piano en la sala y, María se asustó y salió corriendo a esconderse en el dormitorio.
Otra vez con lo mismo, Josefa...
¿Qué pasa ahí abajo con tanto grito?
Nada, Ricardo, Josefa se asustó de una cucaracha, seguí durmiendo.
¡Ah! Mañana haceme acordar que llame al fumigador.
Bueno, empecemos de nuevo… Por qué gritaste.
Yo no grité, fue María.
¿María? Vos sabés que María...
Sí, es que vimos a la mujer tocando el piano en la sala. Tocaba: “Para Elisa.”
En la sala… El piano.
Sí, la vimos.
¿Qué piano?

Josefa, yo esta noche duermo con vos… Haceme un lugar.
No hace falta que me lo digas, acostate. Sabés, aquí nunca hubo un piano, ni hay. Me lo dijeron recién.
No puede ser, si a mamá le gusta tocar y…
Mamá nunca tocó el piano, María.
¡No me mientas! Yo sé que lo hacía. La escuché y la vi muchas veces.
Ella murió cuando eras un bebé, jamás la viste tocar el piano, ni podés recordarla.
Pero, esta noche la vimos, tocaba… Tengo mucho miedo, Josefa. Voy a llorar.
Yo he llorado muchas veces desde que ella y papá murieron en ese accidente. A los cuatro años de edad entendía todo, no me lo pudieron ocultar. ¡Ssshh…Escuchá! La dama del piano está tocando otra vez.
Sí… Entonces, ¿quién es esa mujer que vimos en la sala?
Es alguien que vimos, pero vos y yo sabemos que no hay piano en esta casa.
Josefa, ¿recordás a mamá después de tanto tiempo? Quizás es el fantasma de ella.
No, María, no la recuerdo muy bien, hace sesenta y ocho años que murió, yo era muy pequeña.
A mi me parece que esa dama que vimos tocando es igual a la de la foto que guardás en tu mesa de luz. Aunque está un poco ajada.
Sí, a mí también me pareció, pero esa foto es mía de cuando era muy joven.
¡Entonces, Josefa! La dama del piano quizás sea la abuela… Escuchá, qué lindo toca… Es un vals… “Olas que al pasar, tarararararararara…”

Silencio, a dormir, se apagarán las luces del pasillo en un minuto. Qué descansen.

María…
Decime, hermana.
La que tocaba el piano en casa no era la abuela, era yo, ¿te acordás cuando éramos niñas?
Sí, Josefa, gracias por volver a tocarlo para mí. Ahora me siento mejor. Qué descanses, hermanita.
Dulces sueños, María.

domingo 18 de diciembre de 2011

Navidad en Tiffany's.


Audrey baja del taxi amarillo y camina hasta el frente del escaparate de Tiffany’s. Lleva en la mano una pequeña bolsa de papel con su desayuno: como todos los amaneceres lo tomará frente a su vidriera preferida. Lo hace con una absoluta naturalidad contrastada por sus anteojos negros y su vestido de noche. La maravillosa melodía de Moon River envuelve a Lucrecia que se siente, en ese milagroso instante, la soberbia mujer de la película: sin dudas la más elegante de la historia del cine. Casi es Navidad en Buenos Aires, Desayuno en Tiffany’s, su única compañía, le humedece los ojos por lo que ha vivido hasta aquí. Por lo que desea olvidar cuando dentro de un instante el cielo de medianoche se ilumine.
Millones de personas están llenando sus copas de burbujas para brindar por una esperanza. Lucrecia lo hace para levantar la suya con el fin de ahuyentar las esperanzas pasadas que no se cumplieron. Ya casi son las doce, la película está en su mejor momento, una luz en el horizonte que se refleja en su ventanal se anticipa desintegrándose en cientos de estrellitas y estallidos. El Niño Dios está llegando al mundo. Un nuevo mundo para ella porque sueña con que, esta vez, la noche buena sea mágica. Sale al balcón en el momento en que un rio de luna la transporta sobre las aguas mansas con aroma a miel, castañas y pan de frutas, acompañando esos manjares con el sabor de los dioses que llega a su garganta estallando antes en su paladar.
Por fin una nueva Navidad. Por fin aquél que le hizo mal ya no lo hará más. Aquellos, corrige, Lucrecia, levantando su copa para luego bebérsela hasta el fondo más blanco. Lo hace una y otra vez, nombrando y exorcizándose de cada maldito que jugó con su ilusión. Los fuegos de artificio siguen en el cielo porque nadie quiere que la Navidad que llega se vaya de pronto. En cada casa una esperanza de paz se convierte en un lugar común: una paz que no será total porque siempre en el mundo habrá un motivo para confrontar, pero, la fe es la de todos los años. Una botella que se termina y otra que Lucrecia descorcha para beberla sola. Con quién estarás festejando esta noche, a quién engañarás como lo hiciste conmigo, le grita a la noche tan ruidosa que nadie la escuchará. Hoy, en esta Navidad, juro por Dios que comenzaré una nueva vida, juro que ya nadie más me hará daño. Seré la Hepburn: libre, auténtica, bella, elegante, codiciada y elegiré a quién me plazca porque ellos morirán por mí. Lo dice con su tercera botella calentándole la garganta. Con su cabeza dándole vueltas en un mareo que quiere dormirla.
The end en la pantalla del televisor, los títulos cierran su película soñada, la música final le dice que debe volver a la realidad. Lucrecia, casi sin poder sostener su anatomía, de pronto lo ve, parado en el centro del living esperándola y extendiéndole los brazos hacia ella en un acto que ya ha vivido otras veces pero que esta vez la llenan de confianza: de una seguridad que necesitaba. No es George Peppard de Desayuno en Tiffany’s, se le parece pero no es él, entonces, quién es este hombre al que se entrega, de dónde salió y como si fuera poco tan guapo. Quién es para quitarle la ropa y levantarla en sus brazos llevándola a su dormitorio. Quién es para que Lucrecia se entregue como lo hace y lo hará toda la noche de Navidad en esa ensoñación producida por el champagne al que no ha respetado ni un instante: ama esa bebida que la pone de la cabeza y de espaldas a la cama sintiendo encima suyo el calor de ese hombre que se mete en su intimidad.
Silencio en la noche que se está yendo es lo primero que escucha al despertar sin escuchar nada. Su cabeza le da vueltas, tantas vueltas que no entiende qué pasó: ese hombre que le hizo vivir una noche de ensueño no está a su lado y parece no haber estado nunca. Todavía no amaneció el día de Navidad. Se levanta con el objetivo claro: será Audrey esa mañana, como todas las que vendrán, porque así se lo gritó a la noche antes de caer en un sueño maravilloso. Se ducha, se peina, perfuma y viste con su mejor ropa de noche, anteojos negros que ocultan sus ojos cansados por la resaca, medialunas de la mañana anterior y café recalentado en un termo.
Lucrecia baja del taxi negro y amarillo y camina hasta el frente del escaparate de una distinguida joyería de la Avenida Alvear. Lleva en la mano una pequeña bolsa de papel con su desayuno; se ha propuesto tomarlo todas las mañanas frente a su vidriera preferida hasta que ocurra un milagro. Lo hará con una absoluta naturalidad contrastada por sus anteojos negros y su elegante vestido de noche. La ciudad duerme todavía después de una noche de brindis, abrazos, deseos y familias queriéndose de una vez por todas. Come y bebe como lo hace Audrey en la película, en la soledad de la mañana observando las luces intermitentes de un arbolito de Navidad, blanco, con adornos plateados en el escaparate de la joyería. Cree escuchar la melodiosa música de Henry Mancini otorgándole una paz que hacía mucho tiempo no sentía. Muerde su medialuna del día anterior que ya no tiene nada de crocante y, una terrible frenada de un auto seguido de un tremendo golpe de chapas contra quién sabe qué, la paraliza.
Estrellado contra una columna de alumbrado ha quedado el auto importado conducido por un hombre, que baja trastabillando del vehículo destrozado, tomándose la frente con un chichón que comienza a crecer por el golpe que se dio en el parabrisas. A Lucrecia, del susto, se le ha caído el termo rociando la vereda de café negro y el último mordisco casi no logra tragarlo. ¿E, e, e, está bien? Le pregunta acercándose temerosa. El hombre, elegantemente vestido pero en un estado un poco deplorable, levanta la vista y la ve: el ángel más glamoroso que vi en mi vida, susurra.
Sí, señorita, fue sólo un golpe en la frente, nada de que preocuparse.
Lucrecia se baja un poco los anteojos negros para verlo mejor y sólo balbucea:
Yo lo vi.
¿Se refiere al choque? Dice él.
No, a usted… Lo vi.
Pero qué torpeza la mía, seguramente estuvimos en la misma fiesta de Navidad, es imperdonable de mi parte no haberla visto, usted es tan…
No –lo interrumpe Lucrecia- no fue en ninguna fiesta.
Acaso nos conocemos de antes –dice el hombre- es imposible que la haya olvidado.
Señor –vuelve a interrumpirlo ella- lo vi anoche… En mi casa.

sábado 10 de diciembre de 2011

El beso eterno.

Cómo puedo describir mi sentimiento de niño por una niña estando ya en el ocaso de mi vida. Rogando a ustedes sepan disculpar mi atrevimiento, trataré de hacerlo en pocas líneas si es que la memoria me lo permite: Ella era tan hermosa, pequeña y frágil ante mis ojos que con sólo mirarla temía hacerle daño. Blanca como el mantel de tela bordada que ponía mi madre en la mesa para recibirme con la merienda cuando volvía de la escuela. Allí la veía, con su delantal inmaculado, pura como la imagen de la virgencita que en los domingos de misa observaba con respeto en la iglesia de mi pueblo. Dulce como el arroz con leche: mi postre preferido de allí y para siempre. Yo daba mi vida por ella en mis noches de insomnio, imaginando que la salvaba de monstruos espantosos para terminar muriendo en sus brazos tan suaves como la lana con la que mi madre tejía mis bufandas. No caminaba: se deslizaba casi en el aire sin molestar al planeta, sin hacerle daño a las piedras, quedándose al pasar con el aroma de las flores silvestres. El sol le hacía una reverencia al salir todos los días. La luna le tenía envidia porque su luz empalidecía ante el brillo de sus ojos.

Mi adorada María Julia creció sin detenerse nunca a mirarme ni un instante. No supo que yo iba a su mismo colegio o por lo menos jamás me lo hizo notar. No me daría por vencido ante ese amor que dolía tanto en mi pecho, por eso no tuve más remedio que esperar con paciencia mi momento que llegó cuando ya éramos adolescentes. Me planté enfrente de su cara en el tren en el que viajábamos al colegio secundario, y largué como un rollo y sin respirar todo lo que había pasado, por ella, dentro de mi corazón, durante mi corta vida. Me mostró sus dientes más blancos que mi cara de terror y con toda naturalidad me dijo: “Qué tonto sos, por qué no me lo dijiste antes.” Caí al piso como una bolsa de papas de sesenta kilos murmurando algo así como: “Me quiero morir bajo las ruedas del tren en este instante y que me entierren para siempre en las vías.” Lo hice sin dejar de mirarle sus ojos más azules que los zapatos de gamuza que usó mi madre en la comunión de mi hermana menor.

Moría por besarla o aunque sea rozarle el brazo con mi codo, pero no había caso, sus catorce años eran inviolables. Mis amigos nos veían juntos a un metro de distancia uno del otro, y así y todo pensaban que éramos noviecitos. Lo éramos si nos preguntaban, no lo éramos si estábamos solos. Cuando me hablaba no escuchaba otra cosa que el sonido de los árboles producido por el viento, el chillido de un gorrión o el zumbido de una abeja husmeando una flor, mientras observaba atontado sus labios moverse. Si pudiera morderlos, les ruego que me permitan hacerlo, suplicaba en las noches juntando las manos y mirando el techo de mi cuarto como si los dioses del Olimpo estuvieran allí para escucharme.

Un domingo a la tarde la vi venir después de esperarla agazapado detrás de una cerca de madera que separaba mi camino del suyo. Ahora o nunca fue mi plan preparado durante días. Me paré en un cajoncito de manzanas para estar más alto que la cerca y, cuando pasó frente a mí, la sorprendí tomándola de las axilas para levantarla como una pluma. Era tan livianita que me creí Superman; ella abrió los ojos enormes al verme a un milímetro de mi cara mirándola como si la fuera a asesinar sin piedad. Le estampé el beso en la boca más largo que he dado en mi vida. Tal cual lo había visto en la película: Lo que el viento se llevó, una tarde de cine, churros y chocolatada. Luego, fui bajándola despacito hasta que sus piecitos tocaron el piso, mientras me miraba a los ojos con su carita de susto que para mí no era otra cosa que la de una niña perdidamente enamorada. Salió corriendo hacia su casa como alma que la lleva el demonio.

Desde ese momento, nuestras vidas tomaron distintos rumbos con diversa suerte a través del tiempo. Aquel beso fue el único beso que le di pero no el último, porque en cada mujer que he besado en mi vida he sentido el sabor de aquella tarde, en que la levanté en vilo hacia mis labios como un ladronzuelo de amores. Fue el gran robo que fui capaz de cometer sin sentir ninguna culpa. Supe que ella no me denunciaría nunca porque lo único que le había robado había sido un instante inolvidable.

Han pasado mil años desde aquel momento memorable, y sigo aquí. Sintiendo cada vez que beso a una mujer que ella me vuelve a decir: “Qué tonto sos.” Aunque hoy lo haga desde el cielo. Porque le tocó irse un maldito día en el que Dios sintió envidia por haber tenido yo la suerte de besar sus labios, y decretó su trágico destino para sorprenderla escondido detrás de una nube.

María Julia fue mi primer gran amor. Ese beso fue mi primer beso y también resultó ser lo que yo deseé cuando sus labios estaban fundidos con los míos: simplemente eterno.

martes 29 de noviembre de 2011

Los niños que debieron ser niños.

La foto que ilustra este cuento no fue tomada por mí.

Sostiene con firmeza la foto que tiene en sus manos después de haber leído varias veces la carta que le dejó un interno sin entender cómo pudo hacerlo, escrita con una caligrafía casi perfecta, ni de que manera consiguió el hombre la foto que no es un recorte de una revista o de un diario: al tacto nota que está recientemente impresa. Antes, ha interrogando minuciosamente a los enfermeros y médicos del instituto para enfermos mentales que ella dirige, sobre la vida de este paciente, tratando de llegar a una conclusión que no la ponga al borde del ridículo: “Doctora, este interno hacía 10 años que estaba aquí. Su esposa lo trajo y a los cuatro años ella murió; no quedó quien pudiera saber de él y visitarlo. Su único hijo desapareció durante la dictadura de los 70 junto a su joven nuera allá lejos en su casita de un pueblo de Santa Fe. De esa cama no se movió durante los últimos tres años. Desde hace bastante tiempo no recordaba ni como se llamaba. Eso si, me sorprendió poco antes de morir, al pedirme que le facilitara papel y lápiz porque tenía que escribir una carta. Insistió tanto que le di el gusto. Pobre, que podría hacer con eso si apenas movía las manos y además, a quién le escribiría. Su única pertenencia era una vieja máquina de fotos con la que se entretenía fotografiando a los demás internos en los primeros años que estuvo aquí. Su esposa se la trajo un día sin película; él nunca lo notó. No entiendo por qué usted se preocupa tanto, ya descansa en paz se lo aseguro y, que Dios me perdone, pero es un alivio para todos los que lo atendimos, es que hacía mucho que su cabeza no estaba en este mundo.”

Los vi con mis propios ojos, Doctora Barrientos. Los fotografié con mi cámara que siempre llevo conmigo. Esta foto que le envío es mi testimonio. Don Sosa me esperó en la estación de tren, y desde el momento en que nos reconocimos después de tantos años sin vernos, -era un viejo amigo de la juventud- no paró de contarme sobre este extraño fenómeno que tiene en vilo al pueblo entero. No ocurre todos los días, sólo cuando llueve porque es la manera de verlo a causa del reflejo en el piso mojado, pero es suficiente para que mucha gente ya no quiera caminar por esa calle: la calle de la tragedia, como la llaman.

Recuerdo cuando me pidió que viajara a ese pueblo de Santa Fe con tanto misterio de su parte. Usted sabía algo, pero prefirió que yo lo averiguara por mí mismo; ahora me pregunto si alguna vez creyó en lo que le decían. Y sabe qué pienso, Doctora, que usted no creía nada de lo que Don Sosa le había dicho en aquella carta que le escribió para que yo viajara lo más pronto posible, creo que esperaba que a mi vuelta yo le dijera lo siguiente: la gente de ese pueblo ve alucinaciones. Si fuera así le aseguro que yo también aluciné. Cualquiera diría que estoy mintiendo, que mi cámara vio lo que mis ojos vieron porque mis ojos lo quisieron; que en esa calle no hay tal cosa porque va en contra de las leyes de la naturaleza: Si estoy de vuelta en mi lugar de siempre y no enloquecí, es porque lo que le cuento es totalmente cierto, salvo que esté loco y no lo sepa o acaso los locos saben que están locos.

Dos días esperé a que lloviera a pesar de que es época de lluvias en la zona. Con las primeras gotas, junto a Don Sosa, fuimos a la calle de la tragedia justo a la hora en que generalmente ocurre este hecho. Allí estaban los cuatro pares de zapatillas con el reflejo en el agua de los niños que las calzan. Estaban los cuatro como si me esperaran a mí. Saqué mi cámara y fotografié varias veces lo que veía. Es más, usted va a pensar que estoy demente, pero en algún momento los escuché reír, cosa que Don Sosa no escuchó. Ahora sé que estaban felices por mi presencia.

Doctora, en sus manos está mi testimonio, mi realidad, lo que nadie cree si no lo ve pero sí lo creen los ciudadanos de ese pueblo porque conviven con esa aparición que dura unos instantes, aunque sólo sea cuando cae agua del cielo.

Usted se preguntará a esta altura de mi carta por qué a esa calle le dicen la de la tragedia, pues se lo cuento para que lo sepa: Allí vivían por los años 70 un joven matrimonio con ideales y sueños futuros para ellos y para todos nosotros también. Un noche llegó una camioneta de color verde cargada de soldados con uniforme verde e irrumpieron en su casa apresándolos. Por más que la familia trató de averiguar el por qué de la detención y su paradero durante años, esos jóvenes jamás aparecieron. Fue una tragedia y un dolor para sus seres queridos imposible de superar, yo se lo aseguro porque me lo han contado hasta sentir en carne propia tanto sufrimiento.

He analizado cuidadosamente este fenómeno y he llegado a una conclusión que usted puede creer o no, pero yo no tengo dudas de lo que pienso y es lo siguiente: esa pareja que no superaba los 22 años de vida, seguramente después de aquella noche en la que fueron apresados, vaya uno a saber por qué, perdieron la vida. Si ellos hubieran tenido la vida que debieron tener hasta envejecer juntos, habrían realizado docenas de cosas que alguien no les permitió, como por ejemplo: progresar, tener y realizar sus sueños, conocer otros lugares, ayudarse y ayudar a otros, construir su hogar, estar con sus familias, tener éxitos y fracasos, ser felices a veces u otras no, y lo más importante: tener hijos que fueran la continuidad de sus sueños cuando ellos ya no estuvieran en este mundo. Todo eso se frustró de repente aquella trágica noche.

Esos niños que usted puede imaginar viendo la foto, Doctora Barrientos, son los niños que debieron nacer. Los cuatro hijos que seguramente esta pareja de jóvenes debió tener porque estaba escrito en algún lugar del cielo. Esos niños están en esa calle, como otros están en las calles en la que vivieron los que serían sus padres que tenían los mismos sueños que los jóvenes de los que le hablo en esta carta. Esos niños no son fantasmas como la gente del pueblo cree; no lo son porque nunca nacieron. Sólo son el futuro que debimos tener.

lunes 21 de noviembre de 2011

Las luces del centro.

La imagen que ilustra este cuento es de una pintura de Toulouse Lautrec: El beso.

Merceditas llegó a la estación Retiro en “El Tucumano” después de recorrer 1.300 kilómetros de vía soportando el traqueteo del hierro contra el hierro durante 36 horas. No se levantó de su asiento ni siquiera para ir al baño. Jamás había dejado su pueblo, Alderetes, en sus 19 años de vida. Allá quedaron su madre y sus 8 hermanos que la despidieron con la ilusión de que alguien de la familia lograra algo importante para paliar la pobreza en la que viven. En su valijita de cartón que su finada abuela trajo cuando llegó de España lleva sus pertenencias: Su poca ropita, unos pesos y un papel con la dirección de su tío: hermano de su papá muerto bajo las afiladas aspas de un arado trabajando en los cañaverales. Nada más.

Se paró en el medio del inmenso hall de la estación deslumbrada por su grandiosidad. Dejó a sus pies la valijita y sin moverse de allí contempló asombrada las marquesinas de luces con mil colores, a los cientos de personas que la esquivan a ella en el apuro por tomar algún tren, un joven que le golpea el hombro pidiéndole disculpas al pasar, a las mujeres vestidas como soñaba vestirse alguna vez y, observó también algo terrible: su valijita de cartón ya no estaba a su lado. Sólo se quedó con lo puesto, tres horas inmovilizada, con la mente en su pueblo lejano sin saber que hacer ni donde ir. Deseando morir.

Che… Nena… ¿Qué te pasa, marmota? Te hiciste pis encima delante de todo el mundo… Reaccioná, boba... Che, aquí estoy, ¿me ves?

Pero vos estás loca, te encontrás a cualquier pendeja en Retiro toda meada y me la traés acá. Hace casi un día entero que está durmiendo...

Pero callate, esta piba es oro en polvo, me lo vas a tener que agradecer.

Merceditas despertó totalmente desnuda en una habitación sin ventana sobre una cama grande que hacía ruido a resortes apenas ella se movía un poquito; las paredes pintadas de colorado, cuadros horrorosamente obscenos, su ropa sobre una silla y una palangana con agua con una toalla dobladita, arriba de un pequeño mueble de madera pintado de azul. Se lavó la cara, alisó su pelo, se vistió y salió del cuarto. Escuchó voces de mujeres que reían en el piso de abajo; hacia allí fue. Bajó las escaleras para encontrarse con esas mujeres, inescrupulosamente casi desnudas. Sólo vestidas con ropa interior de encajes, portaligas, zapatones de tacos altos y pintadas como en carnaval. La mayor de todas, con los brazos en jarra, se acercó a centímetros de su cara recorriéndola de arriba abajo con la mirada. Le apretó los pechos logrando que Merceditas lanzara una exclamación de horror. Le golpeó la cola comprobando su firmeza y le levantó el vestidito para verla mejor. Sí, pajuerana, estás buena, decime, ¿sos virgen? Está bien, no importa, ya veremos. De ahora en más te llamás, Mecha.

La bañaron con agua de azahares, la vistieron igual que a ellas, la maquillaron de la misma manera y unos días después, Mecha, perdió su virginidad por culpa de un obeso baboso y desagradable que pagó una pequeña fortuna para eso. Fue el dolor y la humillación más grande que había sentido. Pero aprendió a vivir al convertirse con el tiempo en una experta en el arte de amar. Los clientes del prostíbulo de la calle 25 de Mayo pedían por Mecha: la más sexy del centro. Fue de repente la preferida de la madama que la bautizó con su nuevo nombre, era la que más dinero le hacía ganar. Merceditas, supo hacerse valer ante su jefa y comenzó a ganar la plata que nunca hubiese imaginado. Hojeaba la revista Para Ti para saber cómo vestirse bien. Compró ropa fina en las mejores tiendas de la ciudad que recorría en sus ratos libres. Si mis hermanos vieran lo grande que es esto, las luces que hay en el centro, no lo podrían creer, pensaba orgullosa por haber triunfado ante tanta magnificencia. Aprendió a comportarse como una Lady para que nadie sospechara de su profesión. Se instruyó leyendo todo lo que caía a sus manos, cosa que las otras mujeres no hacían para nada. Sentada en la confitería La Biela, en las tardes libres, tomando un copetín, fue haciendo sus mejores clientes. Ricachones de la zona que le ofrecían el oro y el moro por sus encantos. En una de esas tardes lo conoció: un tal, no viene al caso su nombre, digamos que cirujano de profesión, picaflor por naturaleza. Se enamoró perdidamente de ese tipo que comenzó siendo su mejor cliente para luego hablar de negocios mutuos con él. Lo convenció de abrir juntos un prostíbulo en la otra cuadra del que ella trabajaba sabiendo que sería una competencia directa con la madama que la regenteó. Eso es lo de menos, decía, negocios son negocios.

Viajó a Alderetes, esta vez en avión, con regalos y dinero para toda la familia. Fue una revolución el pueblo cuando la vieron transformada en una mujer como la de las revistas de moda y la tele. De vuelta a Buenos Aires se llevó a tres de sus hermanas menores para enseñarles el oficio más antiguo del mundo prometiéndoles la vida que soñaban. A los dos años, su establecimiento, “La Mecha”, era el lugar que visitaban los clientes más pudientes de la ciudad: políticos, hombres del deporte, de negocios y de la sociedad porteña. Sus hermanas eran codiciadas como ella lo había sido una vez y, mientras tanto, la madama con su prostíbulo de la otra cuadra se fue a la ruina en picada.

Te voy a matar, hija de puta, te voy a matar porque me arruinaste la vida. A mí que te di fama y plata, desagradecida de mierda, le gritó una noche la madama entrando a “La Mecha” totalmente borracha, desgarbada y fuera de si en pleno establecimiento atestado de clientes y putas ocupadas con su trabajo. Las “chicas” la tomaron de la espalda para detenerla pero al ver que la mujer sacaba un enorme cuchillo de su cartera se hicieron a un lado asustadas. No pudieron con la enfurecida mujer que se abalanzó sobre Merceditas con el propósito de atravesarla de lado a lado. Los años de trabajo duro en Alderetes la curtieron para saber defenderse en un caso como este, por eso le metió un certero derechazo al mentón a la ciega mujer que cayó al piso con tanta mala suerte que su sien fue a dar en el borde recto de un mueble yéndose directo a ver a San Pedro sin avisar, por esa razón no la atendió y la mandó al infierno de un saque.

Veinte años le dieron a Merceditas. Su socio, el eminente cirujano, cortó por lo sano, no se supo de él en el juicio ni en ningún otro lado. Fue como si no existiese. Ella, con un vientre que iba creciendo mes a mes nunca pidió por él que ni se enteró de que iba a ser papá; en realidad eso es lo que dijeron las malas lenguas. Lo amaba tanto que jamás mancharía el buen nombre y honor de este señor. Se fue sola con su dolor a cumplir la condena en el penal de mujeres de Ezeiza. Sus hermanas volvieron a su pueblo donde, con el dinero que ahorraron trabajando de putas, abrieron una tienda de ropa femenina llamada, “La Mecha”, con un slogan fuerte en la marquesina: “La más distinguida de la ciudad.”

Mechita nació en el penal y allí se crió, jamás salió de ese lugar. No conoce otra cosa en su corta vida. Hoy, trece años después, conocerá el mundo que le enseñará su mamá, Merceditas, que recupera su libertad por una conducta intachable y con un objetivo muy claro: Volver a triunfar en las luces del centro. Firme, altanera, con toda su sabiduría deja la cárcel y su pasado llevando a su hija de la mano con total convicción. Su pequeña es el diamante con el que nuevamente se hará rica.