martes, 10 de febrero de 2009

Colores intensos.

Marta descorre las cortinas del ventanal de su dormitorio, descubriendo una hermosa mañana de domingo. Sonríe, presagiando un buen día para ella. 
Por un momento, se queda mirando el cielo gris totalmente despejado. La luz blanca del sol, que tiñe de variados grises las hojas de los árboles frondosos, por la pronta llegada del verano, le lastiman apenas sus grandes ojos negros.

En la cocina, su mamá, le agrega leche al humeante café, mientras, su papá, lava el impecable Ford negro con llantas blancas estacionado a la acera de la casa. Marta toma el desayuno mientras le cuenta a su madre lo feliz que se siente por haber conocido la noche anterior a un joven, que es primo de Graciela, su amiga, y que llegó de la capital a pasar el verano en la pequeña ciudad.
Su papá entra a la cocina atraído por el aroma del café; la joven, entonces, no puede evitar ruborizarse por lo que le está contando a su madre. Aunque seguramente su padre no haya escuchado ni una palabra, sus mejillas se ponen de un gris intenso mientras baja la vista escondiendo su tímida sonrisa. La falda negra y la blusa blanca con un estampado de flores de variados grises que Marta lleva puesta preocupan al padre, que ve cómo su pequeña niña ya ha crecido lo suficiente, como para ser presa de los ojos de esos muchachones que andan por ahí.

Como todos los domingos a media mañana, Marta se encuentra con sus amigas en el Snack Bar de siempre, pero esta vez deseosa por saber más del apuesto primo de Graciela.
-Por favor cuéntame que dijo tu primo. ¿Te habló de mí? ¡Vamos, dime! Le imploró a su amiga.
-Bueno..., el muy tonto no es de hablar mucho, pero, ¿te cuento? esta noche vamos a ir al cine y...
-Yo voy con ustedes; y no me digas que no, ¿qué vamos a ver? La interrumpe Marta muy ansiosa.
Graciela, sazonando una ensalada de tomates bien grises y lechuga muy apetitosa, le contesta:
-Vamos Martita, como si te importara la película..., pero, está bien, es una que se llama: "Rebelde sin causa".
-¿En serio? ¡James Dean, Natalie Wood! Se entusiasmó Marta, poniendo sus enormes ojos negros bien chiquitos y soñadores.
Graciela, con picardía, le dice entonces: -Pero mira tú, ahora resulta que ya te olvidaste de mi primo.

Allí está Graciela con su primo, esperando a la puerta del cine. La fachada blanca con su marquesina de luces brillantes, resalta todos los matices de grises del afiche de la película, como así también a los autos negros algunos y otros blancos, estacionados enfrente del cine. Marta llegó seductoramente iluminada por su maquillaje y sus labios grandes y bien negros, que ni siquiera llamó la atención del joven, que en realidad, nunca se había fijado demasiado en la amiga de su prima.
Pero sí, la enigmática belleza de Marta impactó en el joven boletero del cine, que ya la había visto en el colegio, aunque el uniforme gris y negro de los días de clase no la diferenciaba mucho de las otras chicas. Esta noche de domingo, ella está realmente hermosa.
Se sentaron en las butacas negras del cine. Compraron helados de frutilla gris oscuro y limón blanco. Se apagaron las luces. La oscuridad se hizo total y la pantalla de cine, de repente, increíblemente se lleno de colores. Rojos, azules, verdes, amarillos; colores de los más intensos que cualquier persona pudiera imaginar. Luego pasión, besos, muerte, llanto y todo a color.
Terminó la película y el primo de Graciela habló; es más, Marta se dio cuenta de que era la primera vez que escuchaba su voz.
-No me gustó- dijo -prefiero las de vaqueros. Y siguió hablando de los tiros, duelos, vacas y búfalos que le apasionan tanto.
-"Un estúpido"- pensó Marta desilusionada -"Cómo va a decir semejante tontería, si James Dean es lo más lindo que vi en mi vida, y Natalie Wood es divina, y todo en colores ¡Es un tarado!".
Mientras salían del cine fue Marta quién esta vez prestó su atención en el chico de la boletería. Se sorprendió al verlo porque jamás lo había visto antes. Él la siguió con la mirada hasta que ella fue un punto en la tarde de matices grises de la calle, los edificios, los autos y la gente.

-¡Fue una de las desilusiones más grandes de mi vida, mamá!
Se lamentó, mientras jugueteaba con el tenedor en ese puré que no iba a comer nunca, o por lo menos esa noche.
-Vamos querida- la consoló su madre -mejor que pasó eso. Si ese chico no puede ver la belleza de verdad, ¿cómo vas a esperar que alguna vez vea la belleza de tu alma?
-¿Qué están cuchicheando?- Se quejó el padre desde el living, mirando un programa de preguntas y respuestas en el televisor blanco y negro.
-Nada; cosas de mujeres.- Contestaron las dos al mismo tiempo.
                                                                     
Hacía mucho calor ese primer día de verano. Marta decidió ir a la biblioteca de la ciudad a buscar un libro para entretenerse en esos aburridos días de vacaciones: "Mujercitas", sí, "Mujercitas" le llamó la atención por esa ilustración de la tapa en blanco y negro con infinitos matices de grises. Tomó el libro y comenzaba a ojearlo, cuando una voz la sorprendió: -¿Te gustó la película?
Se dio vuelta y allí estaba; el chico de la boletería del cine.
-¡Si! Claro que me gustó; esos colores tan hermosos, las mejillas rosadas de Natalie Wood, los colores de la ropa, el pelo rubio de James Dean, todo me gustó.- Dijo Marta entusiasmada, ruborizándose luego al darse cuenta de su inesperada vehemencia.
-Yo la vi varias veces- le dijo el joven boletero -y tengo decidido ir a la capital a estudiar cine en colores, porque algún día, hasta la televisión va a ser en colores.
-¿En serio? ¿Hay gente que te puede enseñar a hacer cosas en colores?
-¡Claro!- se entusiasmó el joven -Es gente muy especial que está dispuesta a lograr que personas como tú y yo veamos las cosas como son.
Ella lo miró con desconfianza -Vamos, si todo es en blanco y negro- se lamentó -el cine... el cine es algo especial, no sé... Alguien lo pintará, qué se yo.
-Por supuesto que alguien lo pinta. Ya te dije que es gente muy especial. Son como duendes que están en las filmaciones con unos pinceles y le van poniendo color a cada toma que se filma- le aseguró el joven -y, además, pueden darle color a otras cosas.
-¿Duendes? A mi me gustaría ver eso, te lo aseguro.
-Bueno, probemos; cierra los ojos- le dijo el joven -Vamos, no tengas miedo, ciérralos y vas a ver.
Marta, descreída y con una sonrisa burlona, cerró los ojos y esperó. Pasaron unos segundos y, de pronto, sintió el calor de unos labios que la besaban suavemente en sus labios, lo que provocó que se echara hacia atrás rápidamente abriendo sus ojos y gritando:
-¿Qué haces? Eres un... 
No había nadie frente a ella. El chico de la boletería se había esfumado como por arte de magia. Enfurecida, fue hasta su casa con el libro "Mujercitas"entre sus brazos. No lo podía creer; haber sido engañada de esa manera y luego desaparecer. Resulta que el único tonto no era el primo de Graciela. Ahora para Marta, había otro.
Ya en su cuarto y, con mucha rabia por lo que le había pasado, se dio cuenta de que nunca había dejado de abrazar muy fuerte contra su pecho el libro "Mujercitas" que retiró de la biblioteca. Entonces, decidió comenzar a leerlo para olvidar el incidente con el maleducado de la boletería del cine. Cuando miró su portada se quedó helada. La ilustración de la tapa, ahora, era totalmente a color. Colores intensos. Rojos, amarillos, azules, verdes. Todos, absolutamente todos los que había visto en la película aquel domingo.

Corrió al cine. Llegó exhausta a la boletería. Para su desencanto, el boletero era el mismo de siempre: Don Mario, un señor mayor, bastante obeso, al que ya conocía de otras funciones de domingo y, que diferenciaba mucho del joven que había visto la otra vez en ese mismo lugar. 
-Hola Don Mario, dígame, el chico que atiende la boletería ¿Dónde está, no vino hoy?
-Pero Marta, si tú sabes que el único que ha atendido la boletería de este cine en los últimos veinte años soy yo.
-¿Está seguro?- dijo Marta con desconsuelo -No puede ser.
Se quedó un rato pensativa, con una mueca de tristeza, sin saber qué hacer.
-Déme un boleto por favor.
-Mira que la película empezó hace media hora.
-No importa.
Allí estaban: James Dean y Natalie Wood, para descontento de Marta tal cual como era el mundo: en blanco y negro.
Salió del cine, recibió desde la boletería el saludo de Don Mario y se alejó calle abajo pensando en que todo lo que le pasó fue sólo un sueño. Los colores. Ese chico. El libro. ¡El libro!, sí, el libro era su última esperanza. Corrió hasta su casa y fue directamente a su cuarto donde lo había dejado. Allí estaba. Lleno de colores maravillosos. 
No, esto no lo soñó. Fue verdad. El chico la había besado y le enseñó a ver los colores. ¿Era un duende? Tendría que averiguarlo. Marta supo que no descansaría hasta volver a encontrarse con él, aunque gastara una fortuna yendo al cine. Él era su esperanza futura.
Jamás devolvió ese libro a la biblioteca. Lo guardó como su más preciado tesoro y no permitió que alguien lo viera. Sus colores le pertenecían. Tuvo miedo de que se los robaran.

Santiago, acostado en la alfombra del living de su casa, mira en la televisión una vieja película de los Hermanos Marx en blanco y negro.
-Abu, abuela, ¡hey! ¿Te quedaste dormida?
Marta abrió sus ojos negros tan grandes como siempre, pero ahora, rodeados de algunas arrugas que no eran otra cosa que testigos del tiempo.
-No mi amor, sólo estaba pensando en cosas y... Bueno ¿qué decías?
-Quiero saber si antes todo era blanco y negro como en esta película ¿Ves?
Marta se queda mirando por un momento a Groucho Marx haciendo su parodia con sus hermanos, tomándose un tiempo para contestarle a su pequeño nieto.
-No, eso sólo ocurre en las películas y a veces en los sueños.
-Como en el tuyo recién, cuando estabas dormida, ¿no?
-Ya te dije que estaba pensando.
-Si, pero entonces ¿por qué esta película no tiene colores?
El abuelo de Santiago levanta su vista del libro que está leyendo, interrumpiendo el diálogo del niño con su abuela:
-Porque en la filmación de esa película no hubo un duende.
-¡Ah!- parece asombrarse el niño- Y tú abuelo, ¿dónde estabas entonces?
-Tratando de enamorar a tu abuela con un truco. Resulta que ella tenía un libro en su mano, así de esta manera, ¿ves? y... 
Marta inmediatamente le recrimina a su esposo por su arrogancia.
-Pero... ¿Qué le has dicho a Santiago? ¿Que eres un duende?
-¿Acaso no lo es?- dice el niño  -Si a todos los chicos les gusta ver al Gordo y el Flaco aquí en casa porque es en el único lugar dónde se ven en colores.- Y dirigiéndose a su abuelo le dijo: -Vamos abu, muéstrale. Colorea a Groucho.

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